La (im)posible unidad de la izquierda
Existen en todas las sociedades momentos críticos, excepcionales, que solamente mucho tiempo después (a veces siglos) se reconocen como tales. Otros, en cambio, ya son percibidos así por sus contemporáneos, o al menos por los más atentos observadores entre ellos.
Cuando esto ocurre, a veces hay personas con influencia en la sociedad, bien sea por su autoridad moral, o por el papel público que ocupan, que no solo los perciben como momentos críticos, sino que están dispuestos a actuar en consecuencia. Incluso superando las diferencias con quienes hasta ese momento han podido ser adversarios e incluso enemigos.
Nos podemos remontar a la antigüedad griega, cuando los componentes de la Liga de Delos supieron superar sus acerbas diferencias para enfrentarse juntos a un enemigo común, el imperio persa, que hubiera acabado con la civilización, tal como ellos la conocían.
En tiempos más recientes, y a pesar de la lamentable política de la Europa de entreguerras, hubo quienes supieron reconocer en el nazismo un peligro para la civilización, bastante peor que el que en su día representó el imperio de Jerjes el Grande, y supieron dejar a un lado sus diferencias para enfrentarse a él, en la convicción de que la victoria del nazismo y el fascismo hubiera representado una vuelta a la barbarie en toda Europa.
Después de la segunda guerra mundial, y para evitar otra catástrofe similar, hubo quienes en Francia y Alemania supieron superar los odios y recelos consecuencia de la guerra, y promover la fundación de la CECA, embrión de la actual Unión Europea.
En nuestro propio país, y en el ocaso del franquismo, la “Platajunta” (Unión de la Junta Democrática y la Plataforma de Convergencia Democrática) integró a prácticamente toda la oposición a la dictadura, desde democristianos y carlistas hasta socialistas y partidos regionalistas.
Somos muchos los que pensamos que los países occidentales están ahora en una situación similar, con el avance aparentemente imparable del fascismo, incluso en capas de la población que, de llegar al poder las fuerzas fascistas, serían las primeras en sufrir las consecuencias.
Ocurre también así en España, por la deriva hacia el fascismo de la derecha, antes defensora de los valores democráticos. Que es cada vez más evidente: insultos constantes a la izquierda, intentos de demonizar al contrario, incluso amenazándole con la cárcel tan pronto abandone el poder, persecuciones a periodistas (entre ellos algunos de este diario), oposición frontal a cualquier política que intente paliar las consecuencias del cambio climático (del cual hay pruebas científicas para aburrir), trabas a las mujeres que desean ejercer su derecho al aborto, etc.
En otras circunstancias, se podría pensar que se trata sobre todo de palabrería encaminada únicamente a conseguir el poder, a costa de lo que sea. Pero los últimos acontecimientos en el todavía país más poderoso del mundo, USA, al cual, nos guste o no, siguen en demasiadas ocasiones los países occidentales, no permiten albergar demasiadas esperanzas en este sentido. Por el contrario, hay muchas posibilidades de que la situación sobrepase un punto de no retorno.
Sin embargo, los líderes de los partidos de izquierdas parecen ajenos totalmente a esta situación. Siguen haciendo oídos sordos al clamor popular, cada vez más evidente, por una unidad de la izquierda. Que en una situación tan grave como la actual, requeriría una nueva edición del frente popular de los años 30, aunque fuera con otros nombres para no asustar a los bien pensantes. Uno obtiene la impresión de que lo que realmente les preocupa es garantizarse un buen puesto en las listas electorales, por encima de cualquier otra consideración, y que son incapaces de superar los odios africanos personales y las luchas cainitas.
¿Será posible dar la vuelta a esta situación, y será posible que algunos líderes sean capaces de intuir la situación crítica en la que nos encontramos, demostrar altura de miras y sentido de estado, y dejar de lado sus diferencias personales, encubiertas por discusiones metafísicas sobre el sexo de los ángeles, versión izquierdista? Yo lo dudo.
Pero acordémonos de Antonio Gramsci: “Pesimismo de la razón, pero optimismo de la voluntad”. Quiero quedarme con la última parte de la frase y esperar, y desear, que se llegue a la unidad de la izquierda, con los líderes actuales o con otros que sepan responder mejor al deseo de unidad de muchos ciudadanos.
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