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Juanfran Pérez Llorca y el síndrome de Nasidenius

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En una de sus Sátiras escritas a finales del siglo I antes de nuestra era, el poeta latino Horacio se burla de Nasidenius, un advenedizo que torna la ostentación en ridículo. Falto de un sentido innato de comedimiento, Nasidenius se libra, en su desesperada búsqueda de protagonismo, a un comportamiento que - por desmedido y extravagante- lo lleva a rozar un esperpento similar al que rozan nuestros “comedidos” servidores públicos con acciones en las que lo correcto y lo cuestionable conviven en una tensión incómoda. ¿Cómo encajar sin pestañear la reciente incorporación a la Diputación de Valencia de Vanesa Soler, actual pareja del Presidente de la Generalitat Juanfran Pérez Llorca? Su elección es cuanto menos sorprendente. No ya por el suculento aumento salarial - 52.000 euros anuales, aproximadamente el doble del percibido anteriormente- ni por el hecho de poder trabajar a escasos metros del Palau de la Generalitat, donde Pérez Llorca ocupa su cargo, sino por toda esa serie de “extrañas” circunstancias o carambolas del destino que rodean la adjudicación de la vacante. ¿No será que somos unos malpensados y en realidad la elección de Vanesa Soler responde única y exclusivamente a criterios laborales y de experiencia acumulada en la escala administrativa? Según Pérez Llorca todo se hizo bajo la más estricta tenencia a los cauces legales del procedimiento administrativo. ¡Nada de extrañas carambolas y manos invisibles moviendo hilos entre bambalinas!

Qué duda cabe que la presunción de inocencia siempre va por delante como también va por delante el hecho de que el destino puede ser a menudo caprichoso con determinadas personas. Pero más que de destino lo de Vanesa Soler debe ser cosa de carambolas. ¡Bendito destino, bendita carambola y bendito momento! Apenas cuatro meses después de haber substituido a Carlos Mazón al frente de la presidencia valenciana, parece que Pérez Llorca comparte con el expresidente una concepción bastante casera de la política y si a alguien, por lo que fuera, se le ocurre alzar la voz, maquinar o insinuar que la designación de Vanesa Soler se hizo simplemente a dedo y por ser quien es, ahí está él para fulminar al atrevido aduciendo que ese argumento destila un cierto tufillo machista. De hecho, para Pérez Llorca las críticas lanzadas desde la oposición son el fruto de un “machismo” velado ¡Bravo presidente! ¡Usted sí que sabe! Seguramente si el puesto lo hubiera ocupado su hermano, su primo o su suegro, en lugar de machismo nos habría hablado de “feminismo” velado por parte de la oposición. En fin, ya se sabe. En política todo es posible y lo mismo y su contrario nunca se oponen realmente. ¿Feminismo? ¿Machismo? ¡Qué más da el uno o el otro! Lo importante es saber capear el temporal. Además, si las críticas arrecian queda sacarse el as bajo la manga o el conejo de la chistera para denunciar en tonos apocalípticos una persecución política. De todo eso sabía mucho su querido amigo Mazón, que tenía el notable mérito de contradecirse en todos los terrenos, no sabemos si por senilidad prematura o por un amor a la paradoja llevado a los últimos extremos.

En fin, no seamos malpensados. Bien ponderado la culpa no es de Pérez Llorca ni de Vanesa Soler, sino de los políticos españoles en su conjunto. De verdad que nos tienen malacostumbrados con sus moralinas administradas en dosis purgantes contra cualquiera que se atreva a poner su gestión en entredicho. Y en este punto el Presidente de la Generalitat no iba a ser menos que los otros. Guiado por los altísimos principios morales que profesa defiende su honorabilidad y la de su compañera sentimental por encima de todas las cosas. Si la suerte sonríe a Vanesa Soler será solo por méritos propios o debido al karma, y no de injerencias externas que generan infundadas sospechas entre los miembros de la oposición. Ya conocemos la cantinela. Estamos vacunados contra ella. No importa el andamiaje ni la ideología política: todos son iguales, repiten las mismas pautas, exhiben las mismas reacciones y eso no va a cambiar, al menos a corto plazo. Lo que, ingenuamente tal vez, esperamos de un servidor público es un mínimo de decencia y responsabilidad. O como decía Clarín un poco de “higiene”. Pero eso, como digo, no va a pasar. Y como no va a pasar mejor seguir tragando. No sé lo que piensan ustedes. Pero a mí, personalmente, más que cosa del karma o de una carambola del destino, lo de Vanesa Soler me parece digno de una buena sátira horaciana.

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