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Tras el CIS: Botiquín para emergencias demoscópicas

¿Qué es una muestra? ¿Qué es una encuesta? ¿Por qué se habla tanto de los indecisos? ¿Qué es el voto oculto? ¿Por qué importa la simpatía que los encuestados declaran por los partidos? ¿Qué es la intención directa de voto? ¿Por qué necesitamos una cocina? La estimación del CIS: la simpatía y el voto+simpatía...

El CIS agranda la ventaja del PSOE hasta los 13,4 puntos con una caída de PP y Unidos Podemos

El CIS agranda la ventaja del PSOE hasta los 13,4 puntos con una caída de PP y Unidos Podemos

Las encuestas de opinión y, sobre todo, las que ayudan a estimar la intención de voto siempre han generado interés. Pero lo que estamos viendo en los últimos tiempos es quizás un interés extraordinario.

Queremos en este artículo facilitar la comprensión de algunos conceptos técnicos que permitan a nuestros lectores desentrañar las noticias que estos días nos asaltan aquí y allá. Aunque somos un blog para la divulgación del análisis de datos, este es un post atípico. Más que una entrada convencional es casi un glosario que explica conceptos esenciales y que, en el mejor de los casos, hará la lectura de la actualidad demoscópica más amena y transparente.

¿Qué es una muestra?

Cuando es imposible, impráctico o muy costoso preguntar a una población completa (lo que en términos estadísticos se llama “el universo”), nos aproximamos a ella seleccionando una muestra, es decir, un subconjunto representativo de la población objeto de estudio, y consultándoles sobre las cuestiones que nos interesen (intención de voto, hábitos, opiniones, actitudes hacia un tema, etc.). Que la muestra sea representativa de la población que nos interesa describir significa que ésta tenga las mismas características relevantes que la población de la que se extrae. Los atributos sobre los que se selecciona la muestra varían de un estudio a otro, pero el municipio de residencia, el sexo y la edad de las personas entrevistadas son algunas de las más comunes. El objetivo es que mi muestra esté seleccionada de acuerdo a las características que son relevantes para mi investigación y que el trabajo de campo se haya podido cumplir exitosamente (por ejemplo, que se haya podido alcanzar el número de entrevistados previsto para todas las combinaciones de atributos básicos). Si se consigue esto… ¡hurra!, entonces mi muestra es una foto suficientemente fiable, aunque inevitablemente imperfecta (por eso hablamos de la existencia de error muestral) de la población de la que se extrae, con las mismas características básicas. En consecuencia, la información que extraiga de ella es generalizable. Por eso podemos realizar afirmaciones como “el 35% de los españoles considera X”, cuando en realidad solamente hemos consultado a una pequeña parte de los ciudadanos.

¿Qué es una encuesta?

Una vez definido el tema que nos interesa estudiar, la población objeto de estudio a la que me quiero aproximar y la definición de la muestra, se debe seleccionar un instrumento de recogida de los datos adecuado. Estos son numerosos y la selección varía en función de cuestiones como lo ordinario o extraordinario del tema, la cantidad de información que se desee extraer o las dificultades para acceder a la población objeto de estudio. La encuesta, bien sea telefónica, online o presencial, es uno de los instrumentos más habitualmente utilizados. De manera frecuente la encuesta es simplemente una sucesión de preguntas que se formulan para recopilar datos sobre el entrevistado. Suele consistir en un cuestionario que debe estar perfectamente construido para que sea ágil pero comprehensivo, comprensible pero preciso, coherente, no tendencioso… y que facilite la conversión de la información en datos numéricos para su posterior análisis. 

Y cuando intentamos hacer estimaciones de voto con una encuesta, ¿por qué se habla tanto de los indecisos?

Cuando nos enfrentamos a los datos ofrecidos por una encuesta tarde o temprano aparece ese colectivo de ciudadanos que fastidian nuestras ansias de certidumbre: los indecisos. ¿Quiénes son? ¿Cómo se identifican? ¿Qué problemas producen en la estimación? ¿Cómo podemos saber de qué pata cojean? Los indecisos son lisa y llanamente aquellos cuyas respuestas expresan de una forma u otra no tener decidido el voto ante unas hipotéticas elecciones. En una encuesta se pueden detectar formulando diferentes preguntas, algunas de forma directa y otras algo más indirectas. Por ejemplo, en las preelectorales del CIS es habitual preguntar, sin rodeos, si se tiene o no decidido el voto. Con este tipo de preguntas el porcentaje de encuestados que podemos catalogar como indecisos raramente baja del 25%. Esto da para titulares bien gordos: ¡El Gobierno en mano de los indecisos! Pero lo cierto es que si contamos a los indecisos computando a los que en la pregunta directa de voto dicen “no saberlo todavía” –una medida más tradicional– las cosas se relajan.

La existencia de indecisos en una encuesta, además de deslucir el producto, supone realmente un problema cuando las diferencias de estos con los que sí tienen el voto decidido son sistemáticas. En términos generales, ambos grupos de encuestados suelen ser bastante parecidos. No obstante, existen suficientes argumentos teóricos para sospechar que aquellas personas con bajo nivel de estudios, poco interesados en la política o con una ideología moderada estén sobrerrepresentados entre el colectivo de indecisos. En ese caso la utilidad de los datos de voto brutos pierden fuerza analítica, pues una interpretación que ignore dicho sesgo se alejará con una alta probabilidad de la realidad. Lo cual nos invita –guste o no guste– a cocinar estimaciones.

Para saber qué partidos tienen mayores posibilidades de pescar en el caladero de indecisos (si los datos están disponibles) suele ser bastante útil analizar el perfil de estos encuestados en términos de recuerdo de voto, probabilidades de votar a cada partido, ideología, etc. etc. Así, con una perspectiva más fina, la información respecto a los indecisos puede pasar de ser algo fastidioso a algo útil para entender mejor las dinámicas de la competición política.

¿Qué es el voto oculto?

Es el comportamiento de los entrevistados que deciden no declarar de manera sincera su intención de voto. La ocultación del voto puede tomar varias formas, desde no responder a la pregunta cuando en realidad sí que se tiene una intención real de votar por un partido, como declarar una preferencia por A cuando en realidad la intención es votar por B. La resistencia a declarar la intención de voto de manera veraz se explica, entre otros motivos, por razones de “deseabilidad social”, es decir, porque no está bien visto socialmente apoyar a ese partido. La presencia de voto oculto en las encuestas sesga los resultados de la intención de voto cuando los votantes de un partido son mucho menos proclives a declarar su preferencia que los de otros partidos. Esto ha ocurrido con varios partidos españoles a lo largo de la historia reciente: afectó al PSOE en los 90, al PP y al PSE en el País Vasco durante décadas, por poner solo unos ejemplos.

¿Por qué importa la simpatía que los encuestados declaran por los partidos?

Una manera de solucionar el problema de la gente que no declara su voto pasa por preguntar a qué partido político se sienten más cercanos o por el que tienen más simpatía. Esto es una forma aproximada de conocer la "identificación" con los partidos y algunas teorías nos empujan a creer que "a la hora de la verdad" esa identificación se activará en la campaña (en buena parte de los electores), por lo que puede ser una forma razonable de anticipar lo que harán en el futuro los que hoy "no saben, no contestan". 

No obstante, la simpatía solo lo soluciona parcialmente, pues todavía nos quedan encuestados que podemos presumir que terminarán votando, pero para quienes ni la intención directa de voto ni la simpatía nos permiten saber por quién lo harán. Por otra parte, el paso de la simpatía al voto supone, tal vez, el máximo voto posible (su potencial movilizador), más que una estimación realista (Ver abajo, Voto+Simpatía)

¿Qué es la intención directa de voto?

La intención directa de voto es la respuesta a la pregunta de “Si hubiera unas elecciones generales mañana, ¿a qué partido votaría Ud.?” Los encuestados dan sus respuestas directas y espontáneas y mencionan el partido al que darían su apoyo. Por ejemplo, en la encuesta publicada ayer por el CIS, el 21,7% contestaba que votaría al PSOE, el 15,3% a Ciudadanos, el 12,6% al PP y el 12,1% a Unidos Podemos o sus confluencias.

Si las encuestas fueran un instrumento perfecto, este dato nos serviría para predecir cuál sería el resultado de unas elecciones en la actualidad. Todos los encuestados contestarían precisa y fehacientemente y podríamos confiar en la expresión directa del voto de los ciudadanos en la encuesta.

El problema es que la intención de voto no nos sirve como dato inequívoco de cuál será el partido por el que votará la ciudadanía. En las elecciones de junio de 2016, en la preelectoral la intención de voto era un 18,3% para Unidos Podemos + confluencias, 16,8% para el PP, un 14,6% para el PSOE, un 8,5% para Ciudadanos. Resultados no solo alejados de los porcentajes finales, sino que además nos daban un orden incorrecto.

Eso nos muestra que hay varios problemas con la intención de voto. Uno primero es que la gente nos puede mentir u ocultar su voto; es decir, responden que van a votar a un partido, pero en realidad lo harán por otro. Otro problema puede ser que haya gente a la que le cueste reconocer el voto porque en ciertos entornos su preferencia es menos aceptable. Este ha sido el caso en algunas épocas con el voto al PP (y en Reino Unido se suele hablar de este problema en relación a los Tories). Una pista es que cuando preguntamos a la gente qué votó en las elecciones anteriores, los resultados con frecuencia se parecen muy poco a la realidad.

Otro problema fundamental en las encuestas es que mucha gente dice no saber a quién va a votar o dice que no lo hará, pero podemos estar bastante confiados en que lo terminarán haciendo. Este problema ha sido en un obstáculo todavía mayor para las encuestas en los últimos años. El aumento de la desafección y la crisis de representación llevó a que más y más ciudadanos contestaran que no sabían a quién van a votar, que lo haría en blanco o que se abstendrían, además de los que directamente no contestaban. Esta tendencia, en cualquier caso, ha disminuido notablemente en los últimos tiempos.

Sea por unas razones u otras, la intención directa de voto es una expresión imperfecta de lo que los ciudadanos votarán, además de que deja mucho voto sin "adjudicar".

¿Por qué necesitamos una cocina?

En ninguna encuesta del mundo la gente dice con veracidad que irá a votar, no digamos ya al partido que votará. Simplemente, nos da apuro decir que nos abstendremos y tendemos a ocultarlo. En segundo lugar, mucha gente no dice lo que va a votar, por motivos tan variados como la genuina indecisión, la pereza, la vergüenza o porque les molesta la pregunta.  En tercer lugar, ninguna muestra es totalmente representativa de la población y, en cuanto a las cuestiones políticas, los desequilibrios, a veces, son considerables. Aunque solo sea por esas tres razones, hay que “cocinar” los datos de las encuestas electorales: ponderarlos para que se parezcan lo más posible a la población; imputar algún tipo de intención a quienes no nos informan de ello; validar la veracidad de la intención de ir a votar de las personas antes de hacer una predicción. 

¿Es importante ponderar la muestra?

Toda encuesta, incluso las más fiables, requiere de ajustes técnicos para mejorar sus estimaciones, aunque solo sea por el error muestral (ver arriba ¿Qué es una muestra?). Las estimaciones son mejores cuanto más representativa es la muestra con respecto a cuestiones que nos interesa averiguar (ver más arriba sobre las muestras). Por ejemplo, como sabemos cuánta gente vive en ciudades o pueblos de distinto tamaño, usamos esa información y planeamos la encuesta para que tenga un número de entrevistas representativo de cada tipo de población, porque eso nos importa, para las elecciones y para muchas cosas. Pero también sabemos cuántos ciudadanos tienen distintos niveles educativos, y sabemos que es también es importante para las elecciones, pero, a diferencia del tamaño del pueblo donde vive, no sabemos el nivel educativo de una persona hasta que le hacemos responder a la encuesta y se lo preguntamos. Lo que hacemos, a posteriori, es ajustar el número de respuesta que tenemos, por ejemplo, de personas con estudios secundarios, al número que deberíamos tener. A eso se llama, como término común, ponderar la encuesta (postestratificar y calibrar son términos relacionados).

El recuerdo de voto y ponderar por recuerdo de voto

Cuando a la gente se le pregunta qué votó en las últimas elecciones, el resultado de la encuesta nunca se parece demasiado a la realidad. Se conocen varios motivos: uno es que la memoria es falible; otra es que está sujeta a deseos, y uno puede casi casi recordar haber votado al que ha ganado aunque, en realidad, dudara y no lo hiciera;  otra es que nos gusta la coherencia, y decir que hemos votado lo mismo que pensamos votar, aunque hayamos cambiado; otra es que, simplemente, la gente de izquierdas responde de forma más abierta a las encuestas -aquí y en Sebastopol- que la gente más conservadora (hay algunos países que no es así, pero pocos). 

Como resultado, el voto al PSOE suele estar más representado que el voto al PP en las encuestas, especialmente cuando gobierna el PSOE (cuando gobierna el PP la cosa se puede compensar un poco) Por ejemplo, en el último barómetro del CIS (octubre) solo el 21,7 % de los que dicen haber votado en 2016 recuerdan haber votado al PP, pero en realidad fueron el 33%, once puntos más, y los que recuerdan haber votado al PSOE son el 26,9%, aunque en realidad fueron el 22,6%, cuatro puntos menos. Para algunos, estas discrepancias justifican ponderar “al alza” el voto del PP y ponderar “a la baja” el voto al PSOE en la estimación final (en España, casi siempre se hace). Ahora bien, no se puede ponderar tal cual, como si se tratara del nivel educativo de las personas: precisamente porque el recuerdo está influido por deseos, puede indicar que haya un cambio real de actitud. Para algunos, lo correcto sería,  por eso, no ponderar, pero se puede decir que son minoría.

La estimación del CIS: la simpatía y el voto+simpatía

Cuando alguien no nos dice lo que va a votar, pero creemos que sí va a hacerlo, tenemos que suponerle una intención de voto. Una manera de solucionar el problema de la gente que no declara su voto pasa por preguntar a qué partido político se sienten más cercanos o por el que tienen más simpatía. Es una forma muy simple de “imputar” respuestas, pero no funciona mal y es la más utilizada. Esto da lugar a un indicador llamado “voto más simpatía”, la suma de dos preguntas y que se suele considerar como una media del “potencial de voto” de cada partido si su electorado se moviliza. Es la medida que el CIS está utilizando como su indicador principal, y que la prensa recoge como la estimación del CIS.

Como estimación este método tiene dos supuestos: el primero es que, como la imputación nunca es perfecta, pues siempre nos quedan encuestados que no dicen ni lo que van a votar ni su simpatía, hay que suponer que esa gente al final no votará; el segundo es que se supone que todos los simpatizantes votan, y eso, a veces, es mucho suponer.  En particular, en el barómetro de octubre el 82% de los entrevistados expresan su intención de voto o su simpatía, por lo que la estimación basada en ese indicador que publica el CIS supone que van a votar todos ellos, lo que parece poco probable: en 2016 votó el 66,5% y la máxima de participación alcanzada, en 1982, ha sido el 80%. 

La participación

Como acabamos de ver, a veces, en lugar de faltar respuestas (gente que no da información), nos sobran: tenemos demasiada gente que creemos que va a votar. En algunas elecciones, como las europeas, esto es especialmente dramático, pues vota alrededor de la mitad del censo, pero la gente dice que va a votar casi como si se tratara de unas elecciones generales. El truco de cocina aquí es el de descartar votantes improbables mediante algunas preguntas más o menos sutiles.  Ya que el CIS elige no hacer una ponderación de sus resultados, podría emplear un filtro de votantes improbables, con lo que se recortaría el “electorado potencial” y se parecería más al “electorado probable”.  Pero es solo una idea.

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