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La casta y el futuro del Reino Unido

A diferencia de lo que sucede en Cataluña, en el Reino Unido los argumentos y sentimientos anti-política se solapan con los del independentismo escocés y con el autonomismo inglés. La reacción defensiva de la clase política puede conducir, de forma no prevista, a una crisis del modelo Westminster.

En este tiempo hablamos mucho de casta política en España, pero el alejamiento de la clase política también forma parte del debate político en otros países. De hecho, en el reciente referéndum de independencia sobre Escocia, un discurso parecido al de la casta política ha estado muy presente en la campaña por el “Sí ” de Alex Salmond.

La “casta” política en el Reino Unido ha sido identificada con los partidos políticos que tradicionalmente han dominado la política en el parlamento central (Westminster): Conservadores, Laboristas y Liberales. Alex Salmond se refirió a ellos durante la campaña como el “equipo Westminster” (team Westminster) frente al “equipo Escocia” (team Scotland). De esta manera buscaba atraer hacia su causa el desencanto con la clase política. Los nacionalistas presentaban la disyuntiva entre independencia o permanencia en la Unión como una decisión entre continuar bajo el dominio de los partidos del “establishment” o desvincularse de ese modelo bajo el paraguas de un nuevo Estado. Este discurso bebe (y contribuye a reforzar) el alejamiento de la política que predomina entre los votantes favorables a la independencia. La gran mayoría de ellos piensa que a los políticos no les preocupan los ciudadanos y más del 50% confía nada o casi nada en sus representantes parlamentarios[1].

El papel del argumento “anti-casta” a la hora de alimentar el discurso independentista parece distinto en el caso escocés que en el catalán. Aunque la crisis económica e institucional y la corrupción seguramente han servido como catalizadores de las demandas soberanistas en Cataluña, la vinculación entre desafección hacia la clase política y ruptura con España en el discurso independentista ha sido más débil que en el caso escocés. De hecho, el perfil socioeconómico de quienes apoyan la independencia en Cataluña (más educación, mayores ingresos) está generalmente asociado a mayores niveles de interés y confianza en la política. Al contrario de lo que ocurre en Escocia, en Cataluña la visión negativa de la política predomina en mayor medida entre quienes prefieren un modelo territorial centralizado que entre quienes defienden la independencia[2].

A diferencia de otros países, el impacto del discurso “anti-establishment” en el mapa político británico no solo ha derivado en un aumento de los apoyos a partidos en los extremos del eje ideológico. También ha contribuido a definir la división entre partidos sobre la cuestión territorial. El argumento antiestablishment alimenta no solo el discurso nacionalista escocés. También se mezcla con dosis de nacionalismo inglés en el discurso del líder del UKIP, Nigel Farage, uno de los principales promotores del discurso anti-Westminster y cuyos partidarios son favorables a que Inglaterra posea un parlamento propio o incluso a que la región se independice del resto[3].

¿Languidecerá la conexión entre discurso “anti-casta” y nacionalismo tras el triunfo del “No” en el referéndum? No parece probable. La manera en que los partidos unionistas plantearon una mayor descentralización del poder para Escocia – en la última semana de campaña y como reacción ante la posibilidad de perder el referéndum - ha servido en bandeja al SNP y al UKIP el argumento de que los políticos de Westminster juguetean con la reforma constitucional como un instrumento más de supervivencia política. La reacción de Cameron tras su victoria en el referéndum no ha hecho más que reforzar esta idea. El Primer Ministro ha manifestado su intención de ampliar la descentralización a Inglaterra en paralelo al proceso devolution a Escocia y pretende llegar a las próximas elecciones generales con este debate encima de la mesa. ¿Qué puede ganar con ello?

En primer lugar, puede querer “compensar” los potenciales costes electorales que las negociaciones durante los próximos meses sobre la devolution en Escocia tenga entre su electorado y entre los votantes del UKIP. Manteniendo la propuesta de autonomía para Inglaterra lo suficientemente abierta (sin concretar si está vinculada a la creación de un parlamento propio o no), conseguiría atraer a los votantes conservadores ingleses (mayoritariamente a favor de que las cuestiones que afectan a Inglaterra sean decididas solo por los diputados ingleses en Westminster) y a los votantes del UKIP (cuyas posiciones son más autonomistas). En segundo lugar, llevar este debate a las próximas elecciones generales profundizaría un dilema en los laboristas. Su electorado en Gales y en Escocia está a favor de la devolution en sus territorios, pero no ocurre lo mismo con sus bases de apoyo en Inglaterra. En esta región el electorado laborista es el menos favorable a cambiar el statu-quo[4].

En definitiva, la lógica electoral de la propuesta de Cameron parece clara, pero no así sus repercusiones sobre el desprestigio de los partidos tradicionales. La devolution fue lanzada por los partidos unionistas en plena campaña del referéndum escocés como último recurso para salvar la unidad del país, el modelo de Westminster y, de paso, salvarse a sí mismos. La paradoja es que, la manera en la que estos partidos han gestionado este proceso y la persistencia en esa misma forma de proceder por parte de Cameron ante la reforma constitucional puede reforzar un discurso que se lleva por delante a su clase política y, con ella, al propio modelo de Westminster.

 

[1] British Election Study 2015 wave 2.

[2] Ver encuesta postelectoral europea CIS 3028. Pregunta “los políticos no se preocupan mucho de la gente como Ud.” o “Esté quien esté en el poder, siempre busca sus intereses personales”.

[3] Ver British Election Study 2015 wave 2. Pregunta “englandGovern” cruzada por identificación con partido (partyId).

[4] British Election Study 2015 wave 2.

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