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Agua del grifo, por favor

En tiempos en los que todo tiene un precio defender el agua, sin la que sería imposible vivir, como un bien común y un derecho humano me parece una pequeña revolución

Vender agua en una botellita (si es bonita mola más, es más guay, las hay hasta de diseño) es uno de los negocios más lucrativos que existen

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Vaso de agua.

Vaso de agua.

Menú del día. Con bebida -vino de la casa, agua embotellada o cerveza- incluida en el precio. También el postre. Pedimos un primero y un segundo. Para beber, agua. Del grifo, por favor.

El mundo se paraliza. Las miradas, que nos escrutan como bichos raros, exigen explicación. El agua mineral entra en el precio, nos dicen. Sí, sí, perfecto, pero queremos una jarra de agua del grifo.

Si lo que degustamos no es el menú diario, las miradas, las caras y las respuestas de quienes atienden son distintas: desde el “no hay problema”, al “solo puedo poner un vaso no una jarra”, pasando por el “solo servimos embotellada”. Entonces, pedimos una cerveza, porque no nos dejan pagar por nuestra jarra de agua.

Por estos lares informativos, evito enormemente hablar de mí, de mis problemáticas e inquietudes, aunque tengo claro que lo personal es político. No comparto, aunque respeto, la tendencia periodística de incluir a la persona narradora en los textos, aunque defiendo el periodismo situado. Evito también decir lo que pienso en espacios amplios o con gente desconocida. Pero, como mañana, 22 de marzo, es el Día Mundial del Agua, hago una excepción. Porque desde hace años, todo lo relacionado con la temática del llamado manidamente ‘oro azul’ me apasiona y mueve. Es decir, que escribo desde el yo situado, pero también desde la experiencia adquirida por muchos textos escritos, entrevistas realizadas, documentación leída y presencia en diferentes foros de debate.

En tiempos en los que todo tiene un precio, incluida la luz del sol, defender el agua, sin la que sería imposible vivir, como un bien común y un derecho humano me parece una pequeña revolución. Y, también, mi insignificante aporte para lograr un mundo más sano, justo y equitativo. Quien me conoce sabe que éste es mi empeño personal: siempre bebo agua del grifo. Y lo explico.

Desde el año 2010, el acceso al agua y al saneamiento son derechos humanos reconocidos por las Naciones Unidas; por lo que todas podemos y debemos exigir agua de calidad y retretes. Además, como bien común, no debería ser privatizable, aunque sabemos que se hace, obviamente.  Porque si no, ¿cómo es posible que nos cobren por un agua que es de todas? Pregunto: ¿de quién son los manantiales, los ríos, los acuíferos o el agua de la lluvia? Entiendo que debe haber derechos de uso y defiendo que se pague por el servicio de canalización, saneamiento, depuración, etc., pero no por beber agua. No. Tampoco pago (aún) por respirar. Sí, ya sé que aquí el debate es amplio y podríamos hablar de comida o vivienda, pero de esas sé menos.

Vender agua en una botellita (si es bonita mola más, es más guay, las hay hasta de diseño) es uno de los negocios más lucrativos que existen en esta sociedad en la que casi todo se mide en términos de ganancias: mueve más dinero que el petróleo y empresas como Coca-Cola ganan tanto o más por el agua que venden que por comercializar su proyecto estrella. Es fácil de entender: no hay apenas costes, son todo beneficios. Beber agua de botella cuesta un mil veces más que del grifo.

Por otro lado, ¿de verdad pensamos que es de mejor calidad la embotellada? Pues no siempre, o no debe de serlo. Son habituales noticias sobre agua mineral que es apenas tomada del grifo con algún mínimo añadido -un ejemplo: un estudio (datado en Florida) dice que el 25 por ciento del agua en botella es agua corriente-. Si la que sale de nuestro grifo no es del todo buena, debemos exigir que lo sea. Pero, no olvidemos, que es potable (con excepciones puntuales) en un 99,5 por ciento de los casos en el Estado español, según el Ministerio de Sanidad.

Derechos, costes, calidad… ¿y medio ambiente? En tiempos de la economía circular y verde, de la reutilización, o del reciclaje, no se puede obviar lo que implica una botellita de plástico. Bajo mi punto de vista, mejor que reciclar es no consumir. Pensemos en la cantidad de plástico que usamos para beber 50 centilitros de agua: un trago y a la basura… ¿y luego qué? Beber agua da vida, pero también puede matar.

Podría escribir mucho más  - sobre acaparamiento, sobre guerras,  sobre ríos, sobre depuración, sobre contaminación...-; podría citar a  Pedro Arrojo y su teoría de costes (no se puede pagar lo mismo por llenar una piscina privada que por una ducha); podría dar una vuelta al tema del lucro desmedido y los casos de corrupción ligados a la gestión del agua; podría enrollarme con las privatizaciones que empeoran el servicio y enriquecen al político de turno; me encantaría hablar de presas y desplazamientos; pero eso da para muchos reportajes y en ello andamos.

Por eso hoy me quedo con la simplicidad y la fuerza de beber agua del grifo. Bueno, si es verano y estoy en mi tierra, Extremadura, bebo del botijo.

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