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Mapas cerebrales


En las últimas semanas se han hecho públicos dos grandes proyectos destinados a realizar nuevos mapas funcionales del cerebro humano. El proyecto europeo se denomina "Human Brain Project", busca producir un "modelo funcional" del cerebro humano y está financiado a 10 años con 1000 millones de euros. El norteamericano, anunciado por el presidente Obama en su discurso de investidura, cuenta con 3000 millones de dólares para el mismo período, y se lama "Brain Activity Map". Obama ha presentado esta idea apoyándose en el éxito y la rentabilidad del Proyecto Genoma Humano: “Cada dólar que invertimos en el mapa del genoma humano ha devuelto 100 dólares a nuestra economía”

Estos dos grandes inversiones (4.400 millones de dólares en total) anuncian el comienzo de una nueva "década del cerebro" y son una excelente noticia. Pero la neurociencia se encuantra en un estadio muy diferente al que estaba la genética en el inicio del Proyecto Genoma. Al fin y al cabo, se trataba de transcribir un libro cuyo alfabeto ya conocíamos perfectamente y disponíamos de métodos para leerlo y el mayor desafío del proyecto genoma consistía en desarrollar métodos de lectura rápida que permitieran abordar con eficacia la extrema longitud del texto. La mayor parte de los beneficios económicos a los que se refiere el presidente Obama corresponden al desarrollo y comercialización de estas tecnologías, en muchos casos no para su uso en seres humanos, sino en plantas o bacterias. Con todo, la secuenciación de ADN sólo nos permite una descripción unidimensional del genoma. Las otras dimensiones, especialmente la temporal, estamos todavía empezando a atisbarlas.

El intento de realizar "mapas cerebrales" no es sólo un desafío técnico, sino sobre todo conceptual. No existe no siquiera consenso sobre la existencia de un "código básico" (algo como el código genético) primordial que rija el funcionamiento del cerebro. Los patrones de conectividad y actividad eléctrica de las neuronas son condiciones necesarias, pero no suficientes para la mayoría de las funciones. Existen, por ejemplo, numerosos aspectos moleculares que no se reflejan directamente en la actividad eléctrica o en conexiones estables. Disponer de mapas anatómicos o de actividad eléctrica más precisos será muy útil, ya que nos proporcionará marcos de referencia más precisos para investigar otros aspectos esenciales, pero ni siquiera supone una descripción unidimensional de la actividad cerebral.

Sin embargo, en el fondo, importa poco que los objetivos sean realistas o no. La enorme ventaja que presentan estos grandes proyectos es que son un fuerte acicate para el desarrollo de tecnologías que, de otro modo, no habrían encontrado su primera aplicación. Un compromiso serio de inversión en las neurociencias animará a muchas empresas a arriesgarse y a desarrollar productos nuevos sabiendo que habrá posibles compradores. El uso de estas tecnologías en la investigación demostrará su utilidad para cosas que no se habían previsto en un principio —por ejemplo, uno de los orígenes del proyecto "Brain Activity Map" es la propuesta de traducir descargas neuronales a ADN—, y surgirán aplicaciones comerciales que harán rentable la inversión inicial. Para ser eficaz —y rentable—, la investigación científica no necesita llegar a donde pretendía en un principio. Lo importante no es el mapa, lo importante es el viaje.

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