El debate sobre el envío de tropas a Ucrania vuelve a situar en un terreno incómodo a la izquierda
Desde que Vladimir Putin comenzó a acumular fuerzas militares en la frontera rusa con Ucrania, el contexto global emprendió un giro que obligó a los principales gobiernos del mundo a cambiar sus estrategias. Europa pasó en poco tiempo de hablar de la gestión de la pandemia, de la fortaleza de los Estados del bienestar, a pensar en cómo rearmarse, literalmente, para los nuevos tiempos. Y en España ese debate ha prendido con una coalición progresista en el Gobierno y con una alianza de partidos de izquierda que han tenido que enfrentarse a la contradicción constante de apoyar a un PSOE que ha dado pasos en contra de sus programas electorales.
Ocurrió primero con Unidas Podemos en el Ejecutivo, en la pasada legislatura, en la que el envío de armamento a Ucrania provocó discusión crucial y en la que España organizó una cumbre de la OTAN que también generó tensiones. Y siguió después, a partir de 2023, ya con Sumar en el Gobierno, con el programa de rearme europeo, los planes de Pedro Sánchez para incrementar el presupuesto militar, el tránsito de armas a Israel y con la última discusión sobre el envío de tropas a territorio ucraniano.
El martes pasado, tras reunirse con varios líderes europeos, Sánchez anunció que iniciaría una ronda de contactos con los grupos del Congreso para plantearles el envío de tropas a Ucrania cuando finalice la guerra. Se trata de una de las cuestiones que salió en la declaración de la llamada Coalición de Voluntarios, que conforman una treintena de países, y que aborda desde hace tiempo el posible despliegue de una fuerza internacional una vez se alcance un alto el fuego en Ucrania.
El anuncio volvió a generar como en otras ocasiones un intenso debate entre los partidos que respaldan al Gobierno y sobre todo en la coalición de Sumar, que se reunió para pactar una posición conjunta. Entre esas fuerzas está Izquierda Unida, una formación especialmente sensible con la cuestión de la guerra, que nació precisamente al calor de las manifestaciones contra la entrada de España en la OTAN, en el 82.
Su portavoz en el Congreso, Enrique Santiago, se mostró muy cauteloso esta semana tras escuchar el anuncio y puso sobre la mesa las condiciones para apoyar un despliegue de ese tipo. “Cualquier fuerza de interposición o verificación de cualquier acuerdo de paz tiene que actuar bajo el mandato del derecho internacional y eso es un mandato de Naciones Unidas con un acuerdo del Consejo de Seguridad, porque eso refrenda un acuerdo que sea realmente entre ambas partes. Lo que no vamos a apoyar es enviar tropas a un escenario de conflicto armado”, dijo en una entrevista en Hora 25.
El problema es que a día de hoy los planes que ha encabezado especialmente el presidente francés, Emmanuel Macron, son confusos y, dijo Santiago, “peligrosos”. “En primer lugar, ha hablado de una fuerza multinacional bajo la dirección de Francia y Reino Unido no para supervisar la tregua sino para la reconstrucción de las fuerzas armadas de Ucrania y respaldar la disuasión ante Rusia. Eso es una fuerza de confrontación, es entrar en una guerra”, advirtió.
Horas más tarde, los partidos de la coalición pactaron un comunicado en el que plasmaban las condiciones para apoyar un envío de tropas. La propia IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y los Comuns establecieron como criterio que el despliegue sea para la “observación y verificación” de un acuerdo de alto el fuego “que permita el fin de los combates y siempre bajo un mandato multilateral”, de organismos como la Organización de Naciones Unidas (ONU).
En paralelo, Podemos rechazó de plano cualquier envío de tropas, en línea con la posición que han mantenido desde el principio y que ya provocó un fuerte choque dentro del Gobierno en marzo de 2022, cuando se opuso frontalmente al envío de armamento a Ucrania. Su secretaria general, Ione Belarra, entonces ministra de Derechos Sociales, llegó a llamar al PSOE “partido de la guerra”.
En un momento en el que la escena internacional marca la agenda de manera más acentuada que en legislaturas anteriores, la izquierda ha aprovechado el marco exterior para marcar terreno político. Sumar ha tratado de hacerlo presionando al PSOE desde dentro, por ejemplo, con el conflicto en Oriente Medio, primero con el reconocimiento del Estado Palestino y después con el embargo de armas a Israel. Y los de Ione Belarra desde fuera con fuertes críticas al Ejecutivo por la política de rearme.
En términos generales, a la izquierda le genera incomodidad este debate: la cuestión de ley y orden no es una cuestión propia
Pero al mismo tiempo Sumar ha sufrido en todo momento las contradicciones de pertenecer a un Gobierno que, a pesar de que ha mantenido una posición diferenciada a la del resto de socios en la OTAN, por ejemplo, ha ido aprobando un gran incremento del gasto militar, igual que le ocurrió a Podemos con el envío de armamento a Ucrania mientras estaban dentro del gabinete de ministros. En una situación de minoría dentro del Ejecutivo y con los socialistas liderando, los partidos de la coalición tienen margen escaso para cambiar el rumbo de la política exterior. Igual que ha ocurrido con otras coyunturas, como el caso Santos Cerdán, el debate se acaba reduciendo a la disyuntiva entre pagar el coste electoral de mantener el Gobierno y tratar de presionar desde dentro o salirse y provocar una crisis de magnitud imprevisible para la estabilidad de la legislatura.
El análisis del comportamiento electoral en el pasado muestra sin embargo que la izquierda tiene poco margen para mover el voto de la gente con las cuestiones de política exterior. “En términos generales, a la izquierda le genera incomodidad este debate, la cuestión de ley y orden no es una cuestión propia”, reconoce Lluís Orriols, doctor en ciencia política por la Universidad de Oxford y profesor en la Universidad Carlos III de Madrid. Pero señala que hay matices entre el electorado: no es lo mismo una intervención atlantista, bajo el mando de la OTAN, que una intervención militar con fines humanitarios, tal y como se vio en la posición de Sumar sobre el envío de tropas. Quizás eso explica también que Sánchez añadiese esta semana Palestina como otro destino al que enviar tropas de paz en el futuro.
Orriols pone el ejemplo del caso ucraniano en el que conviven esas múltiples sensibilidades de la izquierda, que luego se reflejan en las posiciones políticas de los partidos. “Por un lado, es una defensa de una causa justa, un territorio menor frente a las ansias imperialistas de otro, dentro de un paraguas europeo. Por otro lado, hay ese elemento de liderazgo de Estados Unidos bajo un paraguas atlantista”, resume.
Hasta ahora, las evidencias muestran que las guerras, las intervenciones militares o cualquier elemento de política exterior opera muy poco en el comportamiento electoral de la gente, salvo cuando por alguna razón tiene repercusión nacional. “En cuanto a comportamiento electoral la política exterior importa poquísimo. Una guerra puede llegar a influir a nivel electoral, pero si contamina la política interna”, explica David Campo, máster en Análisis Político por la Universidad Oberta de Catalunya, que afirma que las principales preocupaciones a la hora de decidir el voto son siempre de ámbito nacional, como el paro, la marcha de la economía, ahora la vivienda o la cuestión de la inmigración.
La política internacional importa más que antes
Pero sí hay datos que muestran diferentes percepciones entre los votantes de izquierda y de derecha sobre la guerra. En un reciente barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), los encuestados que se autoubican en posiciones ideológicas de derechas se mostraban a favor de un sistema de defensa europeo en un 87,4%, casi veinte puntos más que los situados a la izquierda. Curiosamente, destaca Campo, cuando se habla de un ejército europeo, los votantes de derechas lo tienen menos claro y solo un 67,1% lo apoya, por un 63,1% en la izquierda.
Pero como también apuntaba Orriols, hay conflictos que son especialmente sensibles para la izquierda, como el de Oriente Próximo. Ese mismo barómetro apuntaba que casi un 80% de los votantes de izquierda estaban muy preocupados o bastante preocupados por los ataques de Israel en la Franja de Gaza por solo un 51,8% en la derecha. “La izquierda se siente muy vinculada a la lucha histórica del pueblo palestino por distintas causas, y a la inversa, el contexto actual de apoyo de Donald Trump a Israel hace que la derecha se identifique. Hay un mayor nivel de polarización a la hora de analizar el conflicto en Oriente Próximo que el de Ucrania”, apunta.
En el escenario actual, parece claro, sin embargo, que las posiciones sobre política internacional tienen una importancia mucho mayor que, al menos, en el pasado reciente, como está ocurriendo con el ataque ilegal de Estados Unidos a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro.
“Quizás no se puede afirmar de forma contundente que ahora la política exterior influye más en el voto, no hay esos datos entre otras cosas porque harían falta unas elecciones generales para comprobarlo, pero los ingredientes que tenemos van en esa línea”, afirma Orriols, que ve condiciones para que eso pase: “Hay más interés por esos temas, la gente tiene más conocimiento y hay más polarización”.
El experto otorga una gran importancia a este último asunto: “Para que sea un tema importante tiene que haber polarización, la gente tiene que observar que las cosas pueden ser distintas si se vota a un partido o a otro”. Cuando hay un elemento de polarización, razona, como ocurrió con la Guerra de Irak o como estamos viendo ahora, es cuando se pueden producir cambios en el comportamiento del votante.
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