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Enterrado Benedicto XVI tras un funeral multitudinario en la plaza de San Pedro del Vaticano

Jesús Bastante

en Religión Digital —

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Sobrio, solemne, discreto, tal y como él lo había deseado. En latín, italiano, alemán, inglés, castellano. Y seguido con absoluto respeto por parte de los casi cien mil fieles que llenaron la plaza de San Pedro para despedir a Joseph Ratzinger, el Papa emérito. El hombre que, con su renuncia, abrió una nueva etapa para la Iglesia católica.

Una espesa niebla acogió la llegada del féretro de Benedicto XVI a la mayor plaza de la Cristiandad. Porque hasta el clima se alió con la mística del momento. La bruma se fue levantando lentamente, pero en el ambiente quedó el poso de la tristeza y la serenidad por quien ya hacía tiempo que se había ido, pero que no había abandonado su 'barca', pese a lo que muchos llegaron a acharcarle después de que el 11 de febrero de 2013 anunciara su histórica renuncia al pontificado.

En la basílica, tras el cierre este miércoles de la capilla ardiente, que han visitado casi 200.000 personas, los restos del papa emérito fueron introducidos en un féretro de madera de ciprés, como manda la tradición.

El libro de los Evangelios, abierto sobre la caja de madera de ciprés en la que reposaban los restos de quien fuera Papa entre 2005 y 2013. Con su escudo en el centro. Tras él, la silla blanca desde donde Francisco presidió el funeral por su antecesor. Bergoglio hizo su entrada pocos minutos antes, en silla de ruedas, para revestirse de rojo sangre y la mitra blanca.

El papa Francisco llegó minutos antes de la procesión en silla de ruedas y se sentó en un sillón colocado especialmente para él en el altar.

Fue una ceremonia sobria, como quiso Ratzinger, a la a que se sumó el clima. A la derecha del féretro, el lugar reservado a sus familiares, quienes le acompañaron durante sus últimos años: su secretario Geörg Ganswein, y las memores domini, que tanto han cuidado del pontífice emérito. Hasta el final.

Miles de sacerdotes ocupaban buena parte del ala izquierda de la plaza, mientras los fieles se agolpaban en las sesenta mil sillas habilitadas, y por las calles aledañas. La mitad de la Via della Conzliazione estaba llena de gente, como ya sucediera en los tres días de capilla ardiente, con 200.000 fieles que quisieron acercarse a despedir al pontífice alemán y que superaron las mejores expectativas del Vaticano.

No hubo luto en el Vaticano, en esta extraña normalidad con la que se está viviendo, en Navidad, la muerte de un Papa. Un funeral que paró el mundo, como lo hiciera –aunque no hay comparación posible–, hace 18 años, la despedida de Juan Pablo II.

A diferencia de entonces, no hubo gritos de “santo súbito” ni peticiones públicas. Los fieles no portaron banderas, ni lanzaron proclamas, apenas alguna pancarta agradeciendo a Benedicto su misión. No estamos ante los Papa boys de Wojtyla, sino ante una feligresía que quiso acompañar, en silencio, al pontífice que permaneció callado durante la década.

No fue un funeral de Estado, aunque acudió una nutrida presencia de representantes de una docena de países. La delegación española no fue, ni mucho menos, la menor, pese a los críticos de siempre. Francisco, presidiendo la ceremonia, no fue el protagonista. Tampoco quiso serlo, despidiéndose, en pie, del féretro, antes de que el ataúd fuera trasladado a las grutas vaticanas. La gran protagonista fue la mística, ese misterio que, pese a todo, sigue imbuyendo momentos históricos como el que hemos vivido esta mañana, entre la bruma, en San Pedro del Vaticano.

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