El análisis de datos orbitales revela que las estaciones se han desajustado incluso entre territorios situados a la misma altura del planeta
Las estaciones suelen venir acompañadas de una idea bastante concreta del tiempo que debe de hacer en cada momento del año. El invierno se asocia al frío y a las precipitaciones, la primavera a un aumento progresivo de las temperaturas y a la floración, el verano al calor y a la sequía en muchas regiones, y el otoño a un descenso térmico con lluvias más frecuentes. Esas asociaciones funcionan como una guía para la agricultura, la vida cotidiana y la planificación de actividades, aunque no siempre se cumplen de forma uniforme.
En la práctica, hay lugares donde la primavera no coincide con un único periodo de crecimiento o donde el verano no implica la misma ausencia de agua. Esa distancia entre lo esperado y lo observado obliga a comprobar con datos hasta qué punto esos patrones se mantienen.
El seguimiento desde el espacio reveló ritmos biológicos desacompasados
Un equipo de investigadores ha analizado dos décadas de imágenes satelitales para reconstruir los ciclos estacionales de la vegetación en todo el planeta y ha identificado que las estaciones no siempre avanzan al mismo ritmo en regiones cercanas. El trabajo, publicado en Nature, muestra que los picos de crecimiento de plantas y ecosistemas pueden estar desfasados incluso a corta distancia, con calendarios distintos dentro de una misma franja geográfica. Esa asincronía aparece cartografiada a escala global y permite señalar áreas donde la relación clásica entre estación y tiempo esperado se rompe de forma sistemática.
Los focos más claros de asincronía se concentran en regiones de climas mediterráneos y en montañas tropicales. En zonas como California, Chile central, Sudáfrica o Australia, la combinación entre lluvias estacionales irregulares y veranos secos genera calendarios de crecimiento que no siguen un único patrón. En paralelo, las montañas tropicales presentan gradientes de altitud que crean microclimas con estaciones desfasadas entre valles y laderas cercanas. En ambos casos, la estación del año no basta para anticipar cuándo se produce la mayor actividad biológica.
Ese desfase se aprecia con claridad al comparar territorios próximos. En el desierto de Sonora, algunas áreas dependen de las lluvias invernales mientras otras concentran su crecimiento con el monzón de verano, pese a compartir latitud y condiciones generales. En Colombia, plantaciones de café separadas por cadenas montañosas presentan floraciones y cosechas que no coinciden, lo que obliga a adaptar la gestión agrícola a calendarios mucho más concretos. Estos ejemplos muestran que el tiempo que debería hacer según la estación no determina por sí solo la respuesta de los ecosistemas.
Los desajustes temporales alteraron relaciones ecológicas y productivas
Las consecuencias de esa asincronía afectan a la relación entre especies y a su evolución. Cuando la floración de una planta no coincide con la presencia de sus polinizadores, la reproducción se reduce o se desplaza en el tiempo. Ese desajuste puede generar aislamiento reproductivo entre poblaciones cercanas, con cambios genéticos progresivos. En ecosistemas terrestres, esa dinámica ayuda a explicar la elevada diversidad de algunas regiones montañosas, donde los calendarios biológicos no se solapan de forma regular.
El fenómeno no se limita a tierra firme. En mares y océanos, el fitoplancton presenta desfases de hasta 50 días entre zonas cercanas, sobre todo en áreas de transición entre corrientes. Dado que ese organismo marca la base de la cadena alimentaria marina, los cambios en su calendario influyen en la disponibilidad de alimento para peces y en la planificación de la pesca.
Además, el calentamiento global intensifica estas diferencias, ya que no todas las regiones responden del mismo modo al aumento de temperaturas y a la alteración de las lluvias, lo que convierte la asincronía estacional en un indicador temprano de reorganización ecológica.
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