Artabán fue el cuarto rey mago del que nunca hemos oído hablar (se empezó a popularizar en 1895)

Los Reyes Magos de Oriente

Adrián Roque

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Todos conocemos a Melchor, Gaspar y Baltasar. Sabemos qué regalos llevaron, cómo llegaron a Belén y por qué aparecen puntuales cada 6 de enero. Lo que casi nadie sabe es que, según una antigua leyenda popularizada a finales del siglo XIX, no eran tres, sino cuatro. Y que el cuarto, llamado Artabán, jamás llegó a tiempo.

La historia del Cuarto Rey Mago no aparece en los Evangelios ni forma parte del relato canónico. Su origen es literario y simbólico. Pero eso no ha impedido que, desde 1895, su figura haya fascinado a generaciones enteras.

El cuarto Rey Mago que se quedó atrás

Según esta leyenda, Artabán —a veces escrito como Artaban— formaba parte del mismo grupo de sabios que Melchor, Gaspar y Baltasar. Los cuatro habían acordado reunirse en una antigua ciudad de Mesopotamia para iniciar juntos el viaje hacia Belén y adorar al Mesías recién nacido.

Mientras los otros llevaban oro, incienso y mirra, Artabán cargaba con piedras preciosas, joyas de enorme valor destinadas al mismo fin. Pero su historia se torció antes siquiera de empezar.

De camino al punto de encuentro, Artabán encontró a un anciano enfermo, pobre y abandonado. Tenía una decisión inmediata que tomar: seguir adelante y cumplir el plan… o detenerse y ayudar. Eligió lo segundo.

Cuando llegó al lugar de reunión, los otros reyes ya habían partido.

Un viaje que nunca terminó

Lejos de rendirse, Artabán decidió continuar solo. Viajó hacia Belén, pero llegó tarde. José y María ya habían huido hacia Egipto, escapando de la persecución ordenada por Herodes. El niño al que debía ofrecer sus regalos no estaba.

A partir de ahí, la historia se convierte en un largo peregrinaje. Artabán decide seguir buscando a Jesús. Y en ese camino, una y otra vez, se cruza con personas necesitadas: enfermos, hambrientos, prisioneros, pobres. Cada vez que alguien le pide ayuda, él entrega una de sus piedras preciosas.

Su tesoro va disminuyendo. Su objetivo, alejándose. Pero nunca deja de ayudar.

Treinta y tres años después

El tiempo pasa. Décadas. Artabán envejece. Y tras treinta y tres años de búsqueda —la edad simbólica de Cristo— llega a Jerusalén, al monte Gólgota, donde asiste a la crucifixión de un hombre al que llaman el Mesías.

En ese momento solo le queda una joya: un rubí. Está dispuesto a ofrecerlo por fin. Pero incluso entonces, aparece alguien que necesita más ayuda que él: una mujer que va a ser vendida como esclava para saldar una deuda ajena. Artabán entrega la última piedra para comprar su libertad.

Lo pierde todo. Incluida, aparentemente, su misión.

Agotado, herido y moribundo tras un terremoto, Artabán cree haber fracasado. Nunca adoró al Mesías. Nunca le entregó sus regalos. Nunca llegó a Belén.

El final que da sentido a todo

Según la leyenda, en ese momento escucha una voz que enumera todos los actos de compasión que ha realizado durante su vida: dar de comer al hambriento, beber al sediento, vestir al desnudo, liberar al cautivo. Confundido, Artabán pregunta cuándo hizo todo eso por el Mesías.

La respuesta es simple y demoledora: cada vez que ayudaste a los demás, lo hiciste por mí.

Y así, el cuarto Rey Mago comprende que sí cumplió su misión. Solo que lo hizo de otra manera.

Una historia que se popularizó en 1895

La figura de Artabán se difundió sobre todo a partir de 1895, con la publicación del relato The Other Wise Man, del escritor estadounidense Henry van Dyke. Desde entonces, la historia ha sido reinterpretada en libros, obras de teatro, adaptaciones infantiles y reflexiones religiosas.

Nunca pretendió ser un relato histórico. Es una alegoría moral, una fábula sobre el sentido de la vida, la compasión y el verdadero significado de la fe.

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