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Los 38 sanitarios carecen de síntomas

Trabajadores de la Sanidad. EFE

"Los trabajadores de la salud, a diferencia de los respiradores o las salas hospitalarias, no pueden fabricarse con urgencia ni funcionar al 100% de su capacidad durante largos períodos. Es vital que los gobiernos vean a los trabajadores no simplemente como peones para ser desplegados, sino como individuos humanos."

Editorial, The Lancet. 21 de marzo de 2020.

Te adelanto que este texto lo va a concluir La Oreja De Van Gogh. Escribo como pediatra que, en estos momentos, trabaja en un centro de salud de Madrid capital. Previamente he escrito un texto dirigido a toda la ciudadanía, pero ahora escribo para dirigirme a todos mis compañeras y compañeros de nuestro sistema nacional de salud. A enfermeras, médicos y médicas, administrativos, auxiliares, celadores, técnicos sanitarios, fisioterapeutas, conductores de ambulancias y resto de personas que trabajan en la sanidad pública, en la privada, o en la militar. Les escribo a ellas pensando también en nuestras familias y amigos.

Todo mi amor y cariño para las personas que han fallecido y las que en estos días están perdiendo a sus seres queridos. No imagino un dolor peor. Pero sé que, tras ese, que más de cerca o más de lejos también nos va a tocar a nosotros, el más grande que concibo es el que estamos sufriendo o vamos a sufrir los profesionales de la salud.

He cometido muchos errores desde que empezó la actual pandemia del coronavirus SARS-CoV-2 y el primero fue minusvalorar el reto al que nos enfrentábamos. Lo adelanto porque no pienso criticar lo que hacen o han dejado de hacer los demás, incluidos nuestros responsables políticos. Cada uno de nosotros puede, con seguridad, hacer una lista particular de cosas que, vistas a posteriori, resultaron erróneas o mejorables y con perspectiva aprenderemos qué pudimos haber hecho mejor.

Ahora solo me valen la confianza y la unidad sin fisuras, que es lo único que como sociedad podemos hacer para enfrentar esta tragedia de dimensiones históricas que solo está empezando. Una cosa es la realidad que quisiéramos y otra cosa es la realidad. Asumamos, con humildad, que no estábamos preparados. 

Mientras escribo en esta madrugada insomne -mañana la cifra será mayor-, 5.400 de los casi 40.000 casos confirmados de Covid-19, el 13,6%, son médicos, enfermeras y otros trabajadores de la salud. Teniendo en cuenta que hay muchos no diagnosticados y la letalidad de esta infección, puede que de alrededor a un 3% o un 5% en nuestro contexto, basta con hacer una regla de tres para darse cuenta del impacto particular que ya estamos sufriendo y que vamos a sufrir. Ha ocurrido en China, está ocurriendo en Italia y va a seguir ocurriendo aquí, como en el resto del mundo.

Ni somos soldados que van a librar la guerra, ni somos héroes o heroínas. No existe el gen del heroísmo. Sí existen, en cambio, las personas que asumimos nuestra responsabilidad lo mejor que sabemos, como lo hacen muchos otros colectivos en este momento, o quien se queda en casa cumpliendo estrictamente las restricciones establecidas (#YoMeQuedoEnCasa). Confiamos en que las autoridades sanitarias y la sociedad en su conjunto colaboren para que tengamos los equipos de protección y recursos necesarios para desarrollarla con seguridad.

En especial en las regiones más afectadas por esta pandemia, como Madrid, o algunas zonas de Cataluña, el País Vasco, La Rioja y Navarra, entre otras, varias generaciones de sanitarias y sanitarios estamos y vamos a estar expuestos de forma creciente en estos días, no solo a la infección y al miedo de contagiar a quienes queremos, sino a un escenario inconcebible de dolor y de decisiones que en otro contexto nunca tendríamos que tomar. También al agotamiento físico y mental, así como a una cantidad de sentimientos que incluirán la incredulidad, la sensación de inutilidad y el miedo.

Como médico, solo en una ocasión, trabajando en un campo de refugiados en Tanzania, he experimentado algunas de esas sensaciones y una de las cosas que me ocupan estos días, compañeras y compañeros, es el impacto que esto va a tener en nuestras vidas, no solo en la mía propia.

Aquella experiencia, que no le llega a esta ni a la suela de los zapatos, supuso para mí un punto de inflexión vital. Tras solo un mes, a la vuelta y durante varias semanas no era capaz de sentir nada y se acabó en apenas diez días mi relación de pareja con la persona, también médica, que volvía con su drama particular de trabajar en el contexto de la epidemia de ébola que todos recordamos. Es cierto que desde entonces gané en empatía, que valoro cualquier pequeña cosa como un regalo de la vida y que procuro quejarme lo mínimo porque soy un privilegiado por abrir el grifo y que salga agua. Pero eso es otra de las cosas que solo aprendemos con perspectiva, cuando todo pasa. 

Esto también pasará, pero ahora, querida compañera, querido compañero, déjame decirte lo siguiente con todas mis limitaciones y todo mi amor, esto que me repito a mí mismo. Al menos a mí me está ayudando a encontrar cierta paz interior en medio de este huracán arrasador. 

No te culpes si nunca previste que esto pudiera pasar, muy pocos lo vieron venir. Como casi todo el mundo, sabemos identificar con facilidad la ola de un tsunami o las bombas que caen, pero no una amenaza invisible que produce los primeros dramas lejos de aquí o entre las asépticas paredes de algunos hospitales y residencias.

Siempre que sea posible mantén con tus compañeros las medidas de distanciamiento social reiteradas, a veces nos contagiamos entre nosotros por la falsa seguridad que nos transmitimos al ser sanitarios. Comportémonos, por tanto, como si todos estuviéramos infectados y actuemos en consecuencia.

Tampoco somos máquinas, descansa, vas a desarrollar mejor tu labor. Seamos conscientes de nuestros límites y de que no podremos hacer mucho por algunas personas. No te culpes, sé compasivo o compasiva contigo y con tus compañeros, muchas cosas no dependen de ti. 

Al tiempo estás haciendo y harás lo mejor que puedas por muchas otras. Y muchas de ellas saldrán adelante por eso que hiciste, que haces, que harás. Pocas cosas en la vida, si acaso alguna, puede superar esa satisfacción.

Comparte tu dolor y tus miedos. Yo tengo ambos y vamos a apoyarnos mutuamente. Asume también que, cuando esto acabe, la vida continuará. Y que surgirán muchas cosas buenas, como nuestra conciencia y preparación para la próxima epidemia, o muchas otras que tienen que ver con nuestra humanidad, solidaridad y compasión. Ayudémonos unos a otros, como ya estamos haciendo. Cuídate, cuidémonos.

Si vives en una región menos afectada y tienes la voluntad de hacerlo, confío en que las autoridades correspondientes actúen con solidaridad y faciliten tu traslado a las áreas más críticas. Apuesto a que la sociedad entera se volcará para alojarte en un lugar seguro.

Si vives en otro país y lees estas líneas, solo puedo decirte que te prepares para ello y que lo hagas de inmediato, especialmente si trabajas en grandes áreas urbanas. Cada uno, cada una, afrontamos desde nuestra perspectiva particular, retos que nunca imaginamos. Y sé, sabemos, que la próxima vez lo haremos mejor.

Gracias nuevamente a todas y todos los que, desde vuestra responsabilidad, dais lo mejor de vosotros mismos. Desde las humanidades, la cultura, la educación, y tantos otros sectores que os podéis considerar frustrados por la percepción errónea de que no estáis aportando lo suficiente, sí lo estáis haciendo. Si eres maestra, busca formas de enseñar. Si eres poeta, haznos poesía. Si sabes cantar, cántanos. Si ahora tienes infinidad de tiempo para pensar, piensa. Grandes cosas surgieron de momentos parecidos. Sea cual sea tu labor habitual, hazla lo mejor que sepas. Valorad como si fuera oro vuestro imprescindible granito de arena. No os imagináis lo importante que es y será todo eso.

Parafraseando a Jack Nicholson en Mejor… Imposible, diríase que las catástrofes, como el amor, hacen que queramos ser mejores personas. Recordemos esto cuando podamos de nuevo besarnos, abrazarnos y brindar. Porque entre todas y todos vamos a tener por delante el fascinante reto de construir un mundo mejor. Que el aplauso que cada tarde a las ocho brota en nuestras ventanas y balcones esté dirigido a toda nuestra sociedad, quizás diría a todo el planeta. Que hora tras hora y día tras día nos digamos con amor, como cantan los de Donostia, que puedes contar conmigo.

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