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Venezuela. Dejà vu

Simpatizantes del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, se reúnen en un cabildo este sábado, en Caracas (Venezuela).

Antonio Acosta

Catedrático de Historia de América en la Universidad de Sevilla —

En Venezuela se acaba de producir otro de los graves momentos de los que ha vivido el país en lo que va de siglo, que hay que sumar a la larga lista de durísimos tránsitos que ha sufrido a lo largo de su historia.

Venezuela es un país singular, como lo son todos y cada uno de los del continente. Es imposible generalizar en la región. Las diferencias étnicas, geográficas, históricas, de sus bases económicas y recursos naturales, más sus distintas relaciones internacionales, hacen del continente una realidad muy compleja. Esta complejidad se refleja incluso entre distintas regiones en el interior de cada país. Pero aún así, la América Latina ha vivido y vive en el marco de procesos internacionales que, cruzados con la propia dinámica interna de cada una de las naciones, componen su evolución histórica.

Sin remontarse a fechas anteriores, con el crecimiento industrial en occidente a fines del siglo XIX, la intensidad de estos procesos: la presión económica exterior sobre América Latina y las desigualdades producidas por las políticas de las oligarquías, crecieron. Entre los países extranjeros, Estados Unidos fue adquiriendo un protagonismo indiscutible ya en la década de 1920. Las injerencias norteamericanas, que contaban normalmente con las simpatías de las minorías en el poder, se habían venido haciendo notar sobre todo en México, en el Caribe, en América Central y en países del norte del subcontinente.

Así, por ejemplo en Venezuela, Estados Unidos fue desde 1908 el principal apoyo de la presidencia de Juan Vicente Gómez, el dictador que facilitó el fabuloso y barato negocio de las empresas petroleras, no solo norteamericanas, en la nación. De este modo se aceleró en Venezuela la construcción, piedra sobre piedra y de forma consciente y acumulativa, de un país aún más reprimido y fracturado socialmente de lo que ya estaba, de una oligarquía riquísima en torno a la dictadura y con un desequilibrio extraordinario de su estructura económica nacional. Aquellas fueron las raíces de la Venezuela que, con más dictaduras y gobiernos corruptos, llegaría hasta finales del siglo XX. Y Venezuela era solo un ejemplo. No se puede comprender en absoluto la historia de América Latina mirando solo a los Estados Unidos, pero tampoco se puede entender sin su poder. Es preciso la mirada de un camaleón, hacia dentro y hacia fuera del continente, para poder explicar lo que ha venido sucediendo. Poco a poco los grandes empresarios y oligarcas latinoamericanos se dieron cuenta de que su solidez y crecimiento quedaban garantizados con la presencia y la influencia de Estados Unidos en la región.

También desde fines del siglo XIX se fueron creando nuevos partidos políticos, sindicatos y organizaciones que, por diferentes vías y en distinta medida, intentaban cambiar el orden que las oligarquías estaban construyendo. Pero, de nuevo, salvo excepciones, aquellos intentos fueron reprimidos. Tras la II Guerra Mundial y el triunfo de la democracia y la libertad sobre los totalitarismos, sectores de las sociedades latinoamericanas, que habían apoyado en todas sus exigencias a Estados Unidos antes y durante la guerra, le pidieron que el cambio se reflejase en la región: que cesaran las intervenciones norteamericanas en los asuntos internos nacionales y que apoyasen a la democracia. Pero tal petición no fue atendida en absoluto. En los años siguientes a la guerra, como ha analizado el historiador Lars Schoultz, Estados Unidos prefirió apoyar a dictadores que a gobiernos democráticos y, así, se produjo la mayor concentración de dictaduras en la región durante su historia contemporánea.

Ante esta situación, cualquier intento de cambio de las injustas relaciones económicas, sociales y políticas en América Latina fue abortado por la alianza de las oligarquías reaccionarias y los intereses norteamericanos. Y no es verborrea. En 1954, por ejemplo, en Guatemala el gobierno democrático de Jacobo Arbenz, liberal y sensible a las desigualdades sociales del país, había iniciado cambios económicos dirigidos a los intereses de las mayorías. Una de sus medidas era una moderada reforma agraria que afectaba parcialmente a la United Fruit Co. El cambio democrático, las políticas económicas y particularmente la última decisión llevaron a Estados Unidos a derribar al gobierno constitucional y democrático de Guatemala. Para ello contó con la colaboración de la oposición conservadora y con la mayoría de los altos mandos militares que habían sido captados previamente para el golpe.

Carlos Castillo Armas, uno de los militares opuesto al gobierno democrático e impuesto como dictador por la potencia del norte, mantuvo y agravó la situación original existente en Guatemala, y reprimió a los sectores que habían apoyado la democracia. Castillo Armas, formado en Fort Leavenworth, Kansas, llegó a decir al vicepresidente Richard Nixon: “Vd. dígame lo que quiera que haga y lo haré”.

Se afinaba el modelo de agresión que Estados Unidos estaba desarrollando en el mundo, no solo en América Latina, para derribar gobiernos que iniciaran políticas no acordes con sus intereses. El modelo incluía e incluye los siguientes componentes: (1) trabajo diplomático de zapa desde la embajada norteamericana con políticos de la oposición y sectores del ejército en el interior del país cuyo gobierno había –hay- que derribar; (2) presión sobre la política económica del país en relación con su comercio, finanzas y con el precio internacional de las materias prima que el país exportaba-a; (3) apoyo y financiación desde Estados Unidos de la oposición, tanto política como económica, en el interior del país; (4) campaña política y mediática internacional en y por los países socios de Estados Unidos, con participación de gobiernos, partidos políticos, instituciones sociales y académicas y, sobre todo, de medios de comunicación. Las campañas incluían, -e incluyen- mensajes acusando al gobierno en cuestión de dictadura –lo que era y es un escarnio tras las que Estados Unidos apoyaban en el mundo; en España, por ejemplo, la de Franco-, de comunista o –en la actualidad- de populista. Estos últimos calificativos han cambiado con el tiempo, pero cualquier término era y ha sido válido para agredir a un gobierno en el contexto capitalista internacional, como por ejemplo haber acusado a Jacobo Arbenz de comunista o a Hugo Chávez de dictador.

No hay espacio para detenernos en Fulgencio Batista y el asalto al cuartel de Moncada en 1953, en la dictadura y el asesinato de Anastasio Somoza en 1956, en la dictadura y también el asesinato de Carlos Castillo Armas en 1957, en Bahía de Cochinos en 1961, en el desembarco de 23.000 marines en República Dominicana en 1965, en la reacción ante la revolución de Perú en 1968, en la presión y el golpe a Allende en 1973 y la dictadura de Pinochet en Chile, en el asedio a Nicaragua desde 1979 y el escándalo Irán-Contra; o en las guerras internas en el Salvador y Guatemala en los años 1980 y 1890. En todos estos casos y en algunos más se han venido repitiendo variantes del modelo que, utilizando una expresión ganadera, podría calificarse de acoso y derribo, Estados Unidos practica con los países que se resisten a sus intereses. Fue el modelo que se aplicó a Guatemala en 1954.

Y es el mismo, ahora perfeccionado y afilado con las nuevas tecnologías, que se viene aplicando a Venezuela desde que llegó Hugo Chávez a la presidencia en 1999. Chávez subió al poder tras una historia de dictaduras sangrientas como la de Marcos Pérez Jiménez, condecorado por los Estados Unidos en 1954 con la Legion of Merit con el grado de comandante, o de gobiernos corruptos como, por ejemplo, el de Carlos Andrés Pérez, amigo, por cierto, que fue de Felipe González, o del débil pero sólido representante de la burguesía venezolana, Rafael Caldera, que dejaron un país deshecho y con desigualdades sociales extremas. No importó que Chávez reorientara la nación con políticas económicas progresistas resistentes al capitalismo internacional o que convocara más de una decena de elecciones bajo observadores internacionales. Siempre fue acusado de dictador por la oposición interna y buena parte de la exterior orquestada desde Estados Unidos. El grado de agresión incesante que ha sufrido Venezuela desde entonces ha sido altísimo y ahora, cuando finalmente el país ha sido destruido, se repite otro intento de golpe de estado y vuelve a crecer la presión internacional. En España partidos políticos, medios de comunicación, analistas y “expertos” académicos de centros privados y públicos se pronuncian y pontifican contra el gobierno venezolano, formando parte del coro necesario para que funcione el modelo de agresión dirigido por Estados Unidos. Como dijo Castillo Armas: “Vd. dígame lo que quiera que haga y lo haré”. Lamentablemente es un dejà vu, una resistencia a toda costa opuesta a que cambien las relaciones económicas, sociales y políticas en América Latina.

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