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Antes de que el clima se nos haga bola

Nuestro actual modelo agroalimentario está acelerando el agotamiento de los recursos naturales, la pérdida de biodiversidad y el empobrecimiento de los suelos: unas consecuencias que ponen en riesgo la alimentación de las futuras generaciones

El cambio climático aumenta hasta un 50 % la probabilidad de guerra, según un experto

EFE

Las manifestaciones de los adolescentes a favor del medio ambiente y contra el cambio climático son ya la mayor rebelión en defensa del planeta a escala mundial.

Este llamado '15M verde', liderado por la joven Greta Thunberg, está emergiendo de los institutos con una frescura y una fuerza tremendas. Cada viernes millones de jóvenes de todo el mundo se saltan las clases y salen a las calles de sus ciudades para pedir un alto el fuego climático.

Sus eslóganes, en letras de colores sobre cartulinas escolares, son una mezcla de candidez y osadía, pero demuestran que saben perfectamente lo que está en juego. Y lo que está en juego es nada más y nada menos que su futuro.

"No os comáis nuestro futuro". Ése era uno de los lemas que exhibía una joven estudiante de secundaria en una de las concentraciones de este viernes en Australia ¿o tal vez era en Uganda, Colombia, India o Alemania? En cualquier caso, ésa frase alzada entre las cabezas de nuestros jóvenes señalaba una de las principales amenazas del calentamiento global: la de garantizarnos el acceso seguro al alimento.

Nuestro actual modelo agroalimentario, basado en una ganadería y una agricultura intensivas, está acelerando el agotamiento de los recursos naturales, la pérdida de biodiversidad y el empobrecimiento de los suelos. Unas consecuencias que, agravadas por los efectos del cambio climático, ponen en riesgo la alimentación de las futuras generaciones.

Para dejar de devorar el futuro de nuestros nietos debemos cambiar la forma de cultivar la tierra, pero también nuestra forma de comer.

El informe Hacia una Europa agroecológica en 2050 elaborado por el Instituto de Desarrollo Sostenible y Relaciones Internacionales (IDDRI), deja claro que para mitigar los efectos del calentamiento global en la agricultura (y viceversa) es necesario reducir la producción de carne y las grandes extensiones de monocultivos y apostar por la agroecología.

Una forma de producir alimentos que no tiene nada de nuevo, sino que regresa a los orígenes para cultivar los campos en armonía con los ecosistemas naturales donde se integran. La agroecología pone en valor el conocimiento adquirido del mundo rural para lograr unos cultivos mucho más productivos y sostenibles. Pero también promueve otra forma de alimentarnos.

Actualmente, casi tres cuartas partes de la superficie cultivada en la UE se destina a la elaboración de piensos para abastecer a la ganadería intensiva. Si reorientamos nuestra alimentación hacia una dieta basada en la proteína de origen vegetal y el consumo moderado de carne procedente de ganadería extensiva, donde los animales viven en campo abierto y se alimentan de pastos silvestres, lograríamos abastecernos de alimentos más beneficiosos para nuestra salud y la del planeta.

En ese sentido esta misma semana se ha presentado el informe Los 50 alimentos del futuro, elaborado por un comité de expertos de la Universidad de Washington y la organización conservacionista WWF para la marca Knorr, donde se señala que el reduccionismo alimenticio es la peor amenaza para el futuro de la alimentación humana, especialmente ante el reto del cambio climático.

Actualmente el 75% de nuestros alimentos procede de una docena de especies vegetales y cinco especies animales. En cambio existen hasta 50.000 variedades vegetales que podrían servirnos de alimento de las que solo utilizamos 150. De hecho, más de la mitad de las calorías consumidas por la población mundial provienen de tan solo tres cultivos: el arroz, el trigo y el maíz.

Estamos, como señalaba la pancarta de la joven estudiante de #FridaysForFuture o #YouthForClimate, comiéndonos literalmente el futuro de nuestros hijos. Y para evitarlo debemos empezar a comer de otra manera pues, como señala el estudio de Knorr, depender de pocos alimentos no es bueno ni para las personas ni para el planeta.

Algas, raíces, brotes, tubérculos, hongos, cereales, frutos secos. Debemos cultivar más variedades vegetales, mejor adaptadas a cada territorio y a cada clima, a la vez que reducimos el consumo de carne, que debería convertirse en la guarnición de nuestros platos de verduras y hortalizas. Debemos comer más ligero para que el clima no se nos haga bola.

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