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Ruta mundana y literaria por la Granada de Lorca

Recorremos la ciudad natal del poeta, con sus libros bajo el brazo, para ver con otros ojos los míticos lugares de su vida y obra

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Ruta lorquiana, en Granada.

Ruta lorquiana, en Granada.

1. La ciudad de los gitanos.

Hay un Albaicín que se ve, y otro que tiembla. Hay uno que se sabe y otro que sólo se deja conocer sonámbulo. Federico García Lorca sabía esto muy bien a la hora de alumbrar la obra que le consagraría a nivel popular en el año 1928, el Romancero gitano, prefigurado ya en el Poema del cante jondo o Canciones.

Así como algunos sólo quisieron o pudieron ver en ese libro el retrato colorista de una Andalucía de primeros términos (Buñuel, por ejemplo, que le dio estopa fina), lo que el lector virgen puede encontrar es, por el contrario, un misterio invisible parpadeando en los faroles y las ventanas con candil: una Andalucía nocturna, silente, que no puede entenderse con la cabeza sino con “las últimas habitaciones de la sangre” que él mismo señalase. Tal es el Albaicín que el viajero puede hallar si toma su propio rumbo.

Si se asoma, en silencio, a las altas barandas por donde retumba el agua junto al Darro. Son las fuentes escondidas; “aquello que reluce / por los altos corredores”; o las plazuelas viejas en que la noche se pone íntima. Ciertos rincones del viejo barrio morisco remiten poderosamente a esos poemas de Lorca; pero sólo pueden, ya decimos, descubrirse. Igual que lo que ocultan. Pues también conviene no pasarse con los primeros términos ni el folclore: el Albaicín, el de verdad, sufre por detrás de la belleza blanca y solar de las callejas y los cármenes, de los restaurantes caros con vistas a la Alhambra; como los gitanos de Lorca sufren detrás de cada verso.

Es un Albaicín de toda la vida que sigue muriendo (se llama gentrificación) entre la especulación inmobiliaria y el oportunismo político de quienes pretenden vender un Al-Andalus de cartón-piedra a hígado y medio el té moruno. Aun así existe: existe esa ciudad de luna y arena que soñó Lorca. Tome el buen visitante sus libros e intérnese sin rumbo en todo ese universo que respira. Quizás encuentre al fantasma del Camborio soñando en alguna escalera, mientras “empieza el llanto de la guitarra”. ¿…Cuál guitarra? Habrá que buscarla en el silencio. O tras las paredes secretas de esos pícaros que, de día, les cobran a los guiris en las terrazas el impuesto revolucionario de vivir.

2. Camino del Sacromonte

Camino del Sacromonte, por cierto, quebrando a cierta altura la Cuesta del Chapiz, existe un lugar así llamado, El Camborio, muy alejado sin embargo del silencio y de la mística: un simpático local al que es asidua la muchachada Erasmus y otros elementos de indefinida estirpe. Pero en este recorrido (por supuesto…) debemos pasar de largo; seguir, quizás, hasta toparnos con algún tablao de vieja casta (por ejemplo La Chumbera); o internarnos a la izquierda, hacia el norte, subiendo los caminos que llevan a los pies de la iglesia de San Miguel.

En Bodas de sangre (estrenada en 1933), la tragedia que encumbraría a Lorca como dramaturgo, el mito y la tierra hierven a fuego lento hasta acabar quemando en un paraje de sueño que, si a algún lugar se parece, es a éste. Lorca juega con los arquetipos y los símbolos seminales para poner en pie una majestuosa fábula del amor prohibido cuyos protagonistas reales habitan en cuevas sin edad ni tiempo.

Hoy, las cuevas del Sacromonte resisten, literalmente, en un aparente limbo burocrático por el cual algunas pueden ser habitadas, según el Ayuntamiento, y otras no. Cada cierto tiempo, la autoridad competente trata de barrer la zona (con excavadoras) y echar a sus ocupantes, en general jóvenes amantes de la vida retirada y ecológica [no por ningún afán especulador, evidentemente, sino por su propia seguridad]. Pero, avanzando por los caminos, el eventual explorador puede encontrar cuevas de interior asombroso a cuyas entradas, en las noches de verano, se dan pequeños conciertos y comilonas populares con fines solidarios. Todo depende de la noche y del camino. Claro que, con fiesta o sin ella, siempre puede contemplarse, desde ahí arriba, todo un paraje alucinado a los pies, de la Alhambra a Sierra Nevada. A una altura que pareciera la propia guarida de la Luna.

3. “Por el arco de Elvira / voy a verte pasar, / para sentir tus muslos / y ponerme a llorar”.

A Leonard Cohen estos versos de Lorca le “arruinaron la vida”, según confesara en un concierto en Nueva York en 1988, al presentar la conversión (magistral) de otro poema lorquiano en canción: Take this walz (Pequeño vals vienés). Cohen se topó a bocajarro con ese arco y esos muslos a los 15 años, en una librería de Montreal, y así fue investido aprendiz de discípulo de poeta. Ahora puede uno pasar por el arco de Elvira y ponerse a llorar, pero por otros motivos: la legendaria calle ya no es lo que fue. Aun así se la sigue honrando, se la reconoce.

Continúa bien surtida de la aristocracia del barrio: peregrinos de toda laya, buscavidas; beduinos que te ofrecen hierbas medicinales al oído, según la pinta que te vean; turistas desnortados, relaciones públicas; nostálgicos del Oeste tirando diligencias de cuatro ó cinco perros… También puede tapearse copiosamente según plan y estómago, en modo batalla (La Antigualla) o sibarita del mundo (Babel), en modo noctívago (Sonho) o bar de siempre (Boabdil). En sus aledaños, algunos garitos clásicos (Enano Rojo, Patapalo, Tantra…) todavía custodian el esplendor de la noche hasta que el toque de queda del biberón municipal (en torno a las 2 ó 3 a.m.) obliga a buscar otras plazas. Una sola advertencia (o contraindicación): evite usted en lo posible, juicioso lector, esa calle en las horas centrales de los fines de semana. Se rumorea que todos los solteros y solteras cesantes de España quedan en Elvira, de “¡despedida!”, para practicar bailes regionales y humillarse voluntaria y jovialmente en público. Acontecimientos que no sabemos si acaban en bodas de sangre o –peor– en hipoteca, pero que al transeúnte no avisado pueden también arruinarle la vida, y no como a Cohen: puede suceder que con la confusión acabe usted, a la mañana siguiente, preguntándose cómo ha acabado en Alcorcón, casándose con no sé quién y vestida (o vestido) de Isabel Pantoja. Se han dado casos.

4. El Tamarit

“He cerrado mi balcón / porque no quiero oír el llanto, / pero por detrás de los grises muros / no se oye otra cosa que el llanto”. Lorca cerraba su balcón en la Huerta de San Vicente para no oír el llanto, pero seguía escuchándolo; así que no podía hacer otra cosa que volver al balcón, abrir la puerta de nuevo, escucharlo (escribirlo) de par en par. En el parque que lleva su nombre, lindando ya con la vega, la vieja casa del poeta sigue casi como la dejaron, y así puede visitarse. No es un museo estricto sensu, pero ahí está ese balcón, en la planta de arriba, frente a la cama y la mesa de sus insomnios.

El diván del Tamarit, uno de sus poemarios más íntimos, es un secreto compendio del deseo (o más bien de su frustración) alumbrado en ese entorno que le da título, junto a la vecina huerta del Tamarit. Fue aquí, también, donde se vieron algunas de las escenas anunciadoras de la infamia que se avecinaba en julio de 1936 (señoritos con pistola asaltando la casa, intimidando a su padre, empujando a Lorca por las escaleras). Después de aquello se decidiría que Federico pasara a esconderse con la familia de su amigo Luis Rosales, en la calle Angulo (aledaña a Plaza Trinidad). Allí pasó días febriles antes de que una cuadrilla de falangistas, dirigidas por un indocumentado con ansias de medalla, se llevara al escritor ante las protestas de las mujeres. Nada pudieron hacer ya los Rosales por rescatarle: a los pocos días del arresto, una vieja criada volvió al cuartel para llevarle comida, y alguien le informó de que ya no estaba allí.

5. Parque García Lorca

La carretera que une Víznar con Alfacar–dos pequeños pueblos de la Vega, a apenas 20 km. de Granada– puede ser un plácido paseo a pie, hasta llegar al Parque García Lorca, construido en 1986 para honrar el lugar (aproximado) en el que siempre se ha creído sepultado al poeta, fusilado cincuenta años antes junto con Dióscoro Galindo, Francisco Galadí y Joaquín Arcollas. Aún no sabemos si está en ese paraje lo que quede de él, ni si estuvo alguna vez. Da lo mismo, para lo que nos ocupa.

Es un hermoso lugar, solitario, muy próximo a la Fuente Grande (o de las lágrimas), como un templo al aire libre que honra la memoria del escritor y de los miles de asesinados por la represión franquista que se calcula abonan esa tierra. Un santuario en el que, cada 18 de agosto, se ofrenda una ceremonia múltiple de poesía y música. Pero cualquier momento es bueno para caminar hasta allí, respirar esos senderos; sentarse a la sombra y leer, por ejemplo, ese poema en que, con 21 años, Lorca temblaba ya de terror y de belleza: “Mi corazón reposa junto a la fuente fría”.

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