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Una mirada verde a los derechos de los animales

Desde el partido EQUO y el movimiento ecofeminista, la autora defiende que ecologismo y animalismo tienen objetivos complementarios, y hace a los verdes un llamamiento para incorporar en su proyecto político los derechos de los animales

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En la urgencia de defender a los animales está implícita nuestra urgencia de salvarnos a nosotras mismas. Foto: a-shuhani

En la urgencia de defender a los animales está implícita nuestra urgencia de salvarnos a nosotras mismas. Foto: a-shuhani

Gracias al ecofeminismo, el movimiento ecologista está cambiando su propio paradigma, basado fundamentalmente en la racionalidad científica de comienzos del pasado siglo, que llevaba a nuestras predecesoras a mirar los ecosistemas desde fuera, como si nuestra propia realidad biológica no fuera parte integrante de la vida en el planeta. Gracias al ecofeminismo ahora somos capaces de mirar con ternura, sabedoras de que las emociones son una parte irrenunciable de nuestro ser persona. Pensadoras como  Ariel Salleh o Tom Regan, que han incorporado a nuestro imaginario colectivo términos como 'deuda ecológica', también hacen un llamamiento a reclamar derechos para los animales. Esos seres que la ciencia ha demostrado que sienten pero cuyo lenguaje los seres humanos aún no alcanzamos a comprender.

Cuando  Petra Kelly hacía un llamamiento a ser tiernas y subversivas, no sé si tenía en la cabeza a las personas que trabajamos por los derechos de los animales, pero creo que pocos movimientos sociales son tan tiernos, al tiempo que subversivos, como este. Por eso, desde la ecología política, con un planteamiento holístico de la vida y de las relaciones que se desarrollan en este planeta finito, no queda más alternativa que trabajar por la defensa de la dignidad de la vida en su conjunto y en su individualidad.

Desde el Partido Verde europeo se reclama que el bienestar animal se incluya como una consideración inapelable en todos los acuerdos comerciales.

Ser verde pasa por preocuparse por el bienestar de los animales salvajes, conservando el equilibro de sus hábitats, y pasa por preocuparnos de los animales que forman parte de nuestras familias, enriqueciendo nuestro día a día con el afecto que nos regalan; pero también nos ocupamos y nos preocupamos por los animales de granja, cuyas vidas están tan condicionadas por el comercio y la productividad que es demasiado fácil olvidar que su dignidad y su bienestar debe ser defendido porque no son objetos de consumo.

Millones de animales viven unas vidas mucho más cortas de lo que su naturaleza biológica prevé, y mueren en condiciones brutales dentro de la cadena de la industria alimentaria. Y la realidad más oculta: la experimentación con animales -esa práctica cruel a la que deberíamos ser capaces de renunciar, gracias a las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías combinadas con el conocimiento acumulado- también es parte de nuestra tarea política.

Cada uno de los aspectos del maltrato animal está en relación con el sostenimiento de un modelo social violento, con estructuras jerárquicas que nos alejan de la democracia directa y de las relaciones emocionalmente equilibradas que deseamos mantener dentro de ese proyecto transformador que es ser verde y actuar como tal. La ternura desde la que partimos siempre emana de la Declaración Universal de Derechos Humanos, y se nutre para crecer de la  Carta de la Tierra y madura al sol de la Declaración de los Derechos de los Animales (no reconocida oficialmente), tres pilares para trabajar día a día por las personas, los animales y la naturaleza.

Es cierto que animalismo y ecologismo no son lo mismo, ni tienen los mismos objetivos; sin embargo, los objetivos son complementarios. El ecologismo se centra en la defensa de los sistemas, y el animalismo defiende la vida individual de quienes los pueblan. Hoy por hoy, los verdes damos un paso más y defendemos también la vida individual de cada árbol, porque tomamos conciencia de que este hogar que defendemos corre el riesgo de morir por asfixia, sin sombra fresca a la que pedir auxilio.

Es cierto que queremos alterar el orden, queremos cambiar el paradigma del 'hombre', ese varón que se autonombra dueño y gestor de la vida en el planeta, un paradigma asentado en la ignorancia y el desconocimiento. La ciencia nos abre los ojos, y la defensa de los derechos de los animales se apoya en el conocimiento biológico de nuestra animalidad y nos descubre que eso que llamamos humanidad, esa capacidad tan nuestra de sentir alegría y dolor, no es solo nuestra. La alegría y el dolor, el afecto y el miedo son binomios que se dan en toda vida.

Las legislaciones del mundo contemplan a los animales como objetos, nos obligan a decir "soy dueña de este cordero o de este perro", aunque en nuestro corazón sabemos que ni el vínculo afectivo, ni siquiera el comercial, debe estar basado en la ley de la propiedad. Por eso queremos cambiar la legislación, por eso somos un partido político para lograr leyes que regulen una relación de igual a igual con la naturaleza y con sus habitantes no humanos.

De los ecofeminismos, a veces con más ciencia, a veces con más magia (que la magia es muy necesaria para nutrir la narración de nuestras vidas humanas, y eso sí es algo que la ciencia nos muestra como una característica única de nuestra especie), aprendemos que ecologismo y animalismo son complementarios en este proyecto verde que nos ha nacido de la amígdala y de los lóbulos frontales, porque en esta urgencia de defender a los animales no podemos olvidar que está implícita nuestra urgencia de salvarnos a nosotras mismas.

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