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A Albert Rivera

¿No sabe que tiene las gafas sucias?

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Se queja usted, señor Rivera, de que el PSOE no quiere pactar con el PP y de que el PP no quiere pactar con el PSOE. Afirma que “así no se puede. Hay que actuar con gafas del siglo XXI”.

Me pregunto qué demonios serán las gafas del siglo XXI y, cuanto más leo lo que dice, más me convenzo que son las mismas gafas que utiliza Podemos, y no son de este siglo, sino del pasado; ya que vienen directamente de Gonzalo Fernández de la Mora y su muy célebre (aunque no tan leído) ensayo titulado El crepúsculo de las ideologías. Ni izquierdas ni derechas, transversalidad, desinterés por la política y los partidos (a los que usted llama “marcas”), la chiripitifláutica “centralidad del tablero político”, etc.

En esta espesa sopa de antipolítica sin ideología en la que chapucean Ciudadanos y Podemos, usted ahora añade un inesperado pellizco de sal: la juventud, divino tesoro. Por un lado dice que la nueva política sólo la pueden hacer “aquellos que han nacido en democracia”, por otro asegura que, con otros partidos, “nuestra afinidad puede ser más por razones generacionales que políticas” y presume de que usted puede pactar con el PSOE, con el PP, con Podemos y con el sursuncorda; da lo mismo ocho que ochenta; eso sí, siempre que sean jóvenes.

Su análisis de la política es generacional, es decir, orteguiano y empeñado en hablar de cualquier cosa con tal de evitar expresiones tan malsonantes como la de “clase social”. Sin embargo, le recomiendo leer de nuevo La deshumanización del arte y lo que allí dice Ortega sobre el culto a la juventud y al deporte: son intrínsecamente fascistas.

“La gente no solo vota los programas, sino también las actitudes y ahí estamos nosotros”, ha dicho también. Claro que están ahí, ustedes y Podemos, lo importante es ser joven y simpático, están en la apariencia, en el marketing, en no entrar jamás en el fondo de la cuestión, en nadar y guardar la ropa.

No nos dé gato por liebre: una cosa es estar en contra del bipartidismo y otra, muy distinta, en contra de la política y de la ideología.

El problema es que, como decía Althusser, “la ideología no tiene exterior”. Suelo explicarlo con este ejemplo: cuando me ve trabajando, mi novia me regaña porque no comprende cómo puedo ver algo con las gafas tan sucias. Intento explicarle que no puedo ver la suciedad, porque no veo las gafas, sino que veo a través de ellas.

Mi pregunta para usted es: ¿no se da cuenta de cómo lleva las gafas?

Le recomiendo que se las quite y mire los cristales, allí encontrará su ideología. Y no es otra que la de la clase dominante, la que siempre se tiene por transparente, porque la ideología, para el poder, es una desgracia que siempre les pasa a los otros, ¿verdad?, que son los que están envenenados y lo ven todo con anteojeras y prejuicios.

Asegura usted que “no queremos ser Grecia” y que “España no puede ser Grecia”. Esa es su ideología, mire qué sucias tiene las gafas. ¿Tanto miedo le da la insurrección? ¿Tanto miedo le da que haya quien no agache la cabeza? ¿Tanto teme que la dignidad sea contagiosa?

Para mí, en cambio, en esta decadente Europa capitalista, Grecia es uno de las pocas actitudes dignas.

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