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En España necesitamos que se cree más dinero y se ponga a disposición de familias y empresas

Crear dinero puede provocar inflación, pero puede que no lo haga. La clave reside en la cantidad de dinero que se cree y también el momento en el que se haga

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Existe una idea terriblemente extendida entre economistas y no economistas que consiste en lo siguiente: crear dinero provoca inflación. O lo que es lo mismo: crear dinero hace que éste pierda valor y que cueste más comprar productos. A muchos incluso les viene a la cabeza fenómenos hiperinflacionarios en los que se cargan carretillas llenas de fajos de billetes que apenas sirven para comprar una barra de pan. Es impresionante lo extendida que está esta idea, y también la falta de crítica que tiene. Porque poner en cuestión este axioma, por poco que sea, supone inmediatamente ser tachado de ignorante o de loco.

Pero lo cierto es que esa famosa idea es parcialmente falsa o, cuanto menos, profundamente imprecisa. Crear dinero puede provocar inflación, pero puede que no lo haga. La clave reside en la cantidad de dinero que se cree y también el momento en el que se haga. Estaremos todos de acuerdo en que la creación de un único euro no provocará inflación y en que la creación de billones de euros sí lo hará. Por lo tanto, existirá un punto intermedio entre esos dos extremos en el que la creación de dinero pasará de ser irrelevante para los precios a provocar efectos sobre los mismos. Veamos cuál es ese punto intermedio.

La teoría económica convencional (concretamente el enfoque monetarista, responsable de la visión mayoritaria en la actualidad) que se enseña en las facultades y escuelas de economía sostiene lo siguiente: con más dinero en sus manos la gente iría más a comprar, y los vendedores verían la oportunidad perfecta para incrementar los precios de sus productos, ya que los clientes podrían permitirse mayores precios al tener mayor capacidad adquisitiva. De esta forma los vendedores se estarían aprovechando de la nueva situación ya que ingresarían más dinero que antes por cada producto vendido. Esto extendido a toda la economía tendría como resultado un incremento generalizado del nivel de precios (inflación). La cantidad de dinero sería superior a la cantidad de bienes y servicios a la venta, y cuando esto es así surge la inflación como un mecanismo que, a través de la pérdida del valor del dinero, acaba equiparando el mismo a la cantidad de producción.

Captura Eduardo Garzón 1

Éste es el cuento de siempre. Suena muy intuitivo, muy sencillo, y nos lo encontramos por doquier a través de toda la literatura, tanto especializada en economía como no especializada, (novelas, dibujos animados, cuentos, documentales, etc). Sin embargo, un análisis más profundo y riguroso del asunto permite matizar profundamente la conclusión señalada, por muy intuitiva que pueda parecer a primera vista. El enfoque monetarista ignora muchas cosas importantes y simplifica la realidad hasta tal punto que no nos sirve para entender qué ocurriría realmente con los precios si se incrementase la cantidad de dinero. Vamos a ver cuáles son sus fallas.

En primer lugar, este enfoque está presuponiendo que todo el dinero nuevo pasaría a gastarse. Craso error. Cuando una persona, familia o empresa pasa a recibir más dinero, no tiene por qué gastarlo todo; puede ocurrir que ese agente económico guarde una parte de todo ese dinero, ¡o que lo guarde todo! Esa decisión dependerá fundamentalmente del contexto económico: si estamos en recesión muchas personas tendrán miedo a que sus condiciones económicas empeoren en el futuro (pérdida de empleo, menores ventas, reducción de sueldo, aumento de impuestos, etc), por lo que no gastarán nada o sólo una parte muy reducida de todo el nuevo dinero obtenido. Y harán lo contrario en un contexto de perspectivas económicas favorables.

En segundo lugar, y ya situados en el momento en el que los receptores del dinero lo decidiesen utilizar comprando bienes y servicios, el citado enfoque olvida dos elementos clave: 1) la situación económica del vendedor y de su negocio, y 2) el nivel de competencia al que se enfrenta.

En cuanto al primer elemento, no ocurriría lo mismo si el vendedor en cuestión necesitase vender sus productos a toda costa que si su negocio estuviese pasando por un momento excelente. En el primer caso, es evidente que, frente a un nuevo cliente el vendedor procedería a venderle sus productos al mismo precio que tenían antes de entrar el cliente, no a uno superior (¡e incluso podría proponerle un descuento con tal de lograr la venta!). Lo que desea el vendedor en esa situación es vender sus productos y obtener ingresos como sea, no aprovecharse de que su cliente tenga más capacidad adquisitiva (algo que, por cierto, probablemente desconocería). Además, si el negocio no va bien, habrá productos en el almacén que no han podido ser vendidos, materias primas paralizadas, máquinas inactivas, herramientas inutilizadas e incluso trabajadores contratados por menos horas de trabajo de lo normal. Es decir, el negocio no estaría a plena capacidad porque no tendría sentido que se produjesen más bienes y servicios de los que pueden ser vendidos. En esta situación, la llegada de nuevos clientes sería recibida como agua de mayo, ya que el vendedor podría vender los productos que estaban almacenados, podría usar algunas de las materias primas que tenía abandonadas para nueva producción, podría poner a funcionar máquinas inactivas, podría utilizar herramientas que antes estaban inutilizadas, y podría incluso alargar los contratos en horas o contratar a más trabajadores.

La demanda de productos es lo que siempre va determinando el nivel de actividad del negocio. Si el nivel de actividad del negocio es bajo, inferior al que podría tener, recibir nuevos clientes es una bendición que estimula las ventas sin provocar ningún tipo de incremento en los precios. Los vendedores quieren vender, y utilizar las máquinas que tienen a su disposición porque les costó dinero, tiempo y esfuerzo comprarlas y mantenerlas, y la forma de poner a funcionar las máquinas es contando con más manos. En esta situación es preferible aumentar la capacidad de producción del negocio a incrementar los precios, amén si el nivel de competencia es muy elevado (ya que un aumento de los precios podría provocar huidas de los clientes). En cambio, cuando el nivel de actividad del negocio es muy elevado y está cerca o sobrepasa su capacidad máxima (ya no hay más máquinas inactivas que poner a funcionar, o herramientas apartadas que utilizar, o más necesidad de mano de obra, etc), entonces incrementar el precio puede ser la mejor opción, ya que no hay más margen para aprovechar las capacidades del negocio y merece la pena correr el riesgo de que algunos compradores pudieran pasar a preferir los productos de la competencia (que serían entonces más baratos).

El problema esencial del enfoque monetarista es que presupone que todos los negocios están a pleno rendimiento (tienen todas las máquinas funcionando, todos los empleados trabajando en todo momento, ningún producto en el almacén sin vender, todos los utensilios de trabajo usándose, etc…), pero evidentemente basta con echar un vistazo a cualquier negocio para percatarse de que esto no tiene nada que ver con lo que ocurre ahí fuera. En el mundo real los restaurantes no están a rebosar en todo momento, los hoteles no tienen todas las habitaciones completas en cualquier época del año, las fábricas de automóviles no están a pleno rendimiento, las tiendas de ropa no están llenas a cualquier hora, los servicios de reprografía no tienen interminables colas de clientes esperando a ser atendidos en cualquier momento del día, todas las personas que quieren y pueden trabajar no lo están haciendo, etc, etc.

Lo que se acaba de exponer no es ni más ni menos que el enfoque postkeynesiano, que es mucho más realista que el enfoque monetarista: cuando la capacidad utilizada del negocio es bastante inferior a la capacidad total, un incremento del dinero y por lo tanto de la capacidad adquisitiva de los potenciales clientes tiende a provocar un incremento de la capacidad utilizada y por lo tanto de la producción pero sin que el vendedor aumente los precios (siempre que el nivel de competencia sea razonable). En cambio, cuando la capacidad utilizada del negocio se aproxime mucho a la capacidad total, un incremento del dinero y por lo tanto de la capacidad adquisitiva de los potenciales clientes tiende a provocar un incremento de los precios. En ese momento la cantidad de dinero empezaría a ser demasiada para la cantidad de productos a la venta, ergo veríamos aparecer tensiones inflacionistas.

Captura Eduardo Garzón 2

¿Y qué ocurre actualmente en España? Pues que se utiliza sólo el 77,9% de la capacidad instalada en la industria mientras que en otros países como Alemania o Francia ese porcentaje es del 85,2% y del 83,9%, respectivamente. Por otro lado, diversas encuestas revelan que el principal problema de las empresas y de los autónomos en España es que no tienen suficientes clientes, quedando el resto de principales muy distantes del primero, poniendo de manifiesto que esos negocios no están utilizando toda la capacidad que tienen instalada, por lo que producirían más si tuviesen más clientes.

En resumen, los efectos de la aparición de nuevo dinero sobre los precios dependerán fundamentalmente de la fase del ciclo económico en el que se encuentre la economía en cuestión: si el contexto es de recesión o estancamiento, por un lado los agentes económicos no gastarán todo el nuevo dinero que obtengan, y por otro lado la capacidad utilizada de los negocios será reducida, ergo el aumento de la capacidad adquisitiva tenderá a impulsar al alza la producción sin que haya incremento de los precios (aunque siempre dependerá del grado de competencia). En cambio, si el contexto es de expansión económica, por un lado los agentes económicos gastarán la mayor parte del nuevo dinero que obtengan, y por otro lado la capacidad utilizada de los negocios será elevada, ergo los vendedores podrían aprovechar la situación para incrementar los precios de sus productos.

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