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Alimentación: derecho descolorido

Las necesidades alimentarias son casi iguales, el derecho a la alimentación es el mismo, pero las dietas expresan y perpetúan la desigualdad. 

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Foto GViciano - CC BY-SA 2.0

Foto GViciano - CC BY-SA 2.0

Hace 25 años, por estas fechas, mi mujer y yo estábamos preparando los últimos detalles para salir como cooperantes a República Dominicana. Muchos son los recuerdos que guardo de aquella experiencia, ya que fue una toma de contacto con una realidad muy diferente a la que estábamos acostumbrados. Uno de estos recuerdos tiene que ver con la comida, con la diferencia en la dieta.

Al llegar me llamó la atención que el menú más repetido, como si fuera parte de la identidad nacional (de hecho lo llaman la “bandera”), era un gran plato de arroz con una cucharada de judías o alguna otra legumbre y una tajadita de carne. Me sorprendió que la proporción de los alimentos que había en el plato fuera inversa a la nuestra. Para nosotros lo normal era un buen trozo de carne con algunos acompañamientos, entre los que podía estar el arroz.

En teoría, salvo determinados estados patológicos, los seres humanos tenemos una necesidad de energía alimentaria similar. Es imposible cuantificar esa necesidad de manera exacta y universal, porque depende de la edad, el sexo, el tipo de actividad, el clima, la altura, etc. Pero los valores son cercanos y se mueven en torno a las 2.200 kilocalorías al día.

Sin embargo, muchas personas no tienen una alimentación que alcance a aportarles la energía necesaria. Muchas de ellas tienen una dieta que está basada casi exclusivamente en un producto: maíz, arroz, mijo… Su repetitivo menú, como si fuera un mantra, rara vez sale de su tonalidad monocorde. Alguna vez, con suerte, está salpicado de algún condimento o de algún acompañamiento. Esto provoca que, incluso en los casos en que ese único alimento les proporcione las calorías necesarias, no les aporta el equilibrio de macronutrientes (junto a los hidratos de carbono, suficientes proteínas y grasas) y micronutrientes (vitaminas y minerales) que el organismo necesita para desarrollarse y funcionar adecuadamente. Estas carencias y desequilibrios provocan diferentes estados de malnutrición, que afectan a la mitad de la población mundial.

Las declaraciones y tratados de derechos humanos ampliamente refrendados por la mayoría de Estados nos dicen, no solo que toda persona tiene el derecho fundamental a estar protegida contra el hambre, sino también el derecho a una alimentación adecuada. Tristemente, ni es adecuada la alimentación de los más de 800 millones de personas que viven día a día la realidad del hambre, ni tampoco lo es la de los 2.000 millones que sufren carencia de micronutrientes, o los más de 1.500 millones que padecen sobrepeso y obesidad.

Mientras una parte de la población mundial, en cualquier país, también en el nuestro, tenemos la oportunidad de disfrutar de una alimentación adecuada y variada y contamos incluso con la ayuda de nutricionistas y dietistas, muchas otras personas, incluso en nuestro país, comen lo que pueden, sin los recursos necesarios para detenerse a pensar si esa alimentación es la más adecuada para ellas. Las necesidades alimentarias son casi iguales, el derecho a la alimentación es el mismo, pero las dietas expresan y perpetúan la desigualdad. 

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