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Más música. Mejores personas

La música es un elemento liberador e integrador en cualquier proceso social

Un proyecto lo demuestra en el corazón de Madrid

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Proyecto musicosocial DaLaNota, en Madrid. Fotografía de Ignacio Gil.

Proyecto musicosocial DaLaNota, en Madrid. Fotografía de Ignacio Gil.

Os propongo un experimento muy sencillo: ¿cuántas personas conocéis que han terminado el colegio sabiendo tocar un instrumento musical? Y de ellas ¿cuántas lo han utilizado después para tocar junto con otras personas? El poder movilizador de la música es bien conocido: no ha habido revolución sin una apasionante banda sonora. Es creada con esmero en todo tipo de campañas (de publicidad y electorales), y está presente en todas las culturas del planeta. Esto es precisamente lo más interesante: la música es un elemento integrador barato y eficaz.

¿Es esta una idea moderna? En absoluto. Como ya explicó y mostró el pedagogo Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), la escuela es un taller cuyas máquinas se mueven sin descanso, y donde los niños deben ser productores activos de su propio aprendizaje. En particular, el aprendizaje colectivo de la música es una vía natural de placer y de aprendizaje de valores como la tolerancia y el respeto a los demás. El sistema educativo español ha hecho caso omiso de este modelo que tristemente sigue resultando innovador: gracias a las frecuentes leyes educativas que nadan a contracorriente con el modelo social de ciudadanos sensibles e inteligentes que pretenden crear, y a los informes PISA (que miden cuantitativamente solo algunas de tantas asignaturas), entre otros.

El efecto potenciador de la música en el aprendizaje ha sido reiteradamente estudiado pero ignorado por las leyes educativas, especialmente su último tentáculo: la LOMCE. Del efecto catalizador social, aún tenemos más que aprender: Desde hace décadas, la presencia de proyectos musicosociales en América Latina ha mostrado la eficacia  económica y de estabilidad social en comunidades enteras cercanas a zonas de enraizado conflicto, barrios marginales, comunidades aisladas por las infraestructuras gubernamentales.  En Colombia, Venezuela, Costa Rica, Panamá, Chile… grandes organizaciones musicosociales funcionan a nivel nacional con financiación pública y otras pequeñas en comunidades más aisladas, con participación económica local.

En Latinoamérica existe una red encarga de investigar, desarrollar y difundir todas las actividades creadas por organizaciones que trabajan con la música  como herramienta del cambio social. Es la Red de Organizaciones Musicosociales en Latinoamérica, Plataforma REDOMI. Su proyecto en el corazón de Madrid, se llama DaLaNota. Hecho por y para las personas, acerca la enseñanza de la música interpretativa a 50 niños, que bien sea por las posibilidades brindadas en su centro escolar o su realidad familiar y socioeconómica, puede que jamás hubieran podido sostener un trombón, un violín o un contrabajo en sus manos, y vibrar al hacerlos sonar. Acuden cuatro tardes por semana a las instalaciones que presta un centro escolar público desinteresadamente. El resultado se ve desde el primer día: la semilla musical plantada en Octubre de 2015, no ha tardado en brotar dentro de sus pequeños cuerpos enérgicos y de sus familiares, cuyas vidas, dicen unánimemente, ha mejorado gracias a la práctica de la música.

Afortunadamente para todos, la innovación surge de iniciativas de las personas, que  crean los caminos, siempre un paso por delante de las instituciones. Y tú ¿cuántas veces has hecho sonar un instrumento? ¿A qué esperas?

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