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Una DUI en diferido, en régimen de simulación

Puigdemont ha logrado enfadar por igual a la CUP y al PP

Ante la suspensión de la DUI y la oferta de diálogo, el Gobierno no debería reaccionar con la intervención de la Autonomía

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El esperado discurso de Carles Puigdemont ha logrado un sorprendente consenso: enfadar por igual a la CUP y al PP, aunque fuese por diferentes motivos. Unos creen que no ha llegado. Los otros, que se pasó.

Para una parte del mundo independentista, el presidente del Govern de la Generalitat es hoy un traidor: un líder que se ha acobardado en el día para la historia, en el momento en que todo el mundo les miraba. La decepción es evidente porque Carles Puigdemont prometió algo que no ha podido sostener. Si esto era un juego del gallina –dos coches a toda velocidad frente a frente hasta que llegase el choque o se apartase uno de los dos– ha sido el Govern y su president quienes han pegado el volantazo.

Para el PP, y para gran parte del nacionalismo español, Puigdemont hace ya tiempo que cruzó definitivamente el Rubicón. Desde el Gobierno interpretan el ambivalente y confuso discurso del president como “inadmisible”, como “una declaración implícita de independencia”, como otra provocación. No van a aceptar esa llamada a la negociación porque no creen que haya algo que negociar. No tienen tampoco ningún incentivo para hacerlo porque se sienten vencedores: el independentismo está desilusionado, su líder está siendo cuestionado y hay grietas entre el Govern y la CUP.

¿Ha declarado o no ha declarado Carles Puigdemont la independencia de la República de Catalunya? El debate sobre qué ha pasado exactamente en el Parlament deja clara la enorme confusión. Unos dicen que la declaración no se ha producido. Otros, que la independencia de Catalunya solo ha durado ocho segundos: nuevo récord mundial. También los hay que argumentan que la DUI aún está en vigor porque Puigdemont la declaró y el Parlament aún no ha votado su suspensión.

Que exista esta discusión filosófica prueba que la temida DUI realmente no llegó. Las declaraciones de independencia no son ambivalentes ni confusas, ni tampoco se suelen celebrar con  caras largas y pitidos de los partidarios de la secesión.

Tras el freno a la declaración, los diputados independentistas refrendaron un documento que es el texto de la DUI que este martes Puigdemont en el Parlament ni declaró ni aprobó: un contundente compromiso con la república catalana de gran valor simbólico pero dudoso valor legal.

Mucha gente en Catalunya y también en España llevaban varios días pidiendo a Puigdemont una decisión así que diese una mínima oportunidad al diálogo y evitase el peor choque de trenes: la DUI y el 155. El presidente ha acabado escuchando a voces como la de Ada Colau, y además lo ha hecho de forma dolorosa para una parte del mundo independentista, que hoy está desmoralizado. El discurso no fue bueno y el retraso de una hora subrayó que lo ocurrido fue una improvisación, que no formaba parte del plan que unas horas antes tenía previsto Puigdemont.

La gran duda ahora es cómo responderá el Gobierno de Rajoy ante esta nueva situación; si caerán en el error de la sobreactuación ante un escenario muy distinto al esperado y que es, sin duda, mucho mejor. Ante el frenazo de Carles Puigdemont, ante la llamada al diálogo, ante las portadas de la prensa internacional que unánimemente resaltan que la DUI se ha suspendido, el Gobierno no debería contestar con la misma contundencia que había preparado para hoy.

Rajoy se equivocará de nuevo si ahora se excede en su reacción. También si cree que esta relativa victoria es la completa derrota del independentismo, o que este giro de Puigdemont es una muestra de debilidad que obliga a aumentar la presión. Esta crisis de Estado aún no está cerrada, y de nuevo puede empeorar si el Gobierno recurre al "a por ellos, oe". Tampoco está cerrado el problema político de fondo, que sigue muy lejos de una solución.

Hay más de dos millones de ciudadanos que se quieren marchar de esta España. Hay una inmensa mayoría de catalanes que, con razón, quieren votar. Hay un pacto entre España y Catalunya –el Estatut– que es papel mojado desde que el Constitucional lo recortó. Y si el movimiento independentista sigue creciendo ante la falta de una respuesta reformista del Estado capaz de convencer a los catalanes, solo quedarán dos opciones realistas a largo plazo: renunciar a la democracia o aceptar un referéndum pactado de autodeterminación.

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