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¿Por qué ahora sólo están golpeando los islamistas y la ultraderecha?

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Posiblemente sea sólo una impresión provisional, que dentro de poco tiempo quedará borrada por acontecimientos de otra índole. Pero por el momento, y desde hace ya bastantes semanas, en la crónica europea de la política no institucional han dejado de destacar las noticias de movilizaciones sociales. Y, por el contrario, lo que mandan son los atentados islamistas "espontáneos", las manifestaciones de la derecha religiosa francesa, la presión de la ultraderecha en varios países o el estallido en los barrios marginados de Estocolmo.

El único elemento que vincula unos y otros hechos es justamente que sus protagonistas no son las grandes masas que están siendo golpeadas por la crisis económica y por las políticas de austeridad que aplican los gobiernos del continente. Ciertamente, la postergación económica parece estar en la base de los motines ocurridos en el barrio de Husby y en otros de la periferia de la capital sueca: en ellos la tasa de paro más que dobla la media del país y un informe de la OCDE publicado en mayo concluía que las diferencias de renta en Suecia están creciendo más que en todos los demás países europeos.

Pero los factores relacionados con la marginación de las minorías inmigrantes y el racismo creciente de la comunidad autóctona –denunciado hace ya bastante tiempo por el novelista Henning Mankell y por otros autores suecos– parecen causas más relevantes del estallido de violencia de los días pasados, que no han sido apagados del todo: el 85% de los habitantes de Husby ha nacido en Suecia, pero sus progenitores lo hicieron fuera de ese país, sobre todo en África y en Asia. La revuelta –que surgió como respuesta a una acción policial, al igual que la de la de los suburbios parisinos de 2005 y la de la periferia londinense de hace un año– parece haber sido, sobre todo, un acto de rechazo a la sociedad constituida por parte de una juventud de origen inmigrante que se siente marginada de ella.

Por lo poco que se va sabiendo sobre los dos autores del acuchillamiento de un soldado británico en Londres de la pasada semana, algo de eso hay también en este suceso. Ambos jóvenes tenían ciudadanía británica, pero habían nacido en Nigeria. Y es posible, según los primeros indicios, que el hombre que el sábado hirió, también con un cuchillo, a un soldado francés en la estación ferroviaria parisina de La Defense fuera de origen árabe.

Desde hace tiempo los expertos advierten que el malestar de las minorías inmigrantes en Europa, particularmente las de religión islámica, es una bomba de relojería social. Lo que es nuevo –aunque hay precedentes de hechos similares, al menos en Francia y en Bélgica, en donde un joven musulmán francés apuñaló hace un año a dos policías escogidos al azar–, son las acciones "espontáneas", realizadas por individuos radicalizados pero sin conexión con organización terrorista alguna.

Es muy posible que noticias de ese tipo se repitan en el futuro: varios periódicos franceses dan por seguro que el frustrado asesino de La Defense trató de emular a los exnigerianos de Londres y no hace falta ser un estudioso del tema para saber que en el interior de las colectividades musulmanas de nuestro continente podría haber muchos candidatos a protagonizar episodios similares.

Otro dato: el soldado asesinado en Londres y el herido en París pertenecían a unidades que habían combatido en Afganistán. Y uno de los autores del primer atentado afirmó ante la cámara del móvil de un testigo del mismo que la suya era "una acción de guerra", de esa misma guerra, que también se combate en la metrópoli del enemigo, como, por desgracia, los españoles sabemos desde el 11 de marzo de 2004.

La ultraderecha británica, cuyas perspectivas electorales parecen estar mejorando, no ha tardado mucho en salir a la calle para pedir mano dura contra las colectividades islámicas (sólo unos pocos días después de que el primer ministro conservador David Cameron anunciara un endurecimiento de las leyes que regulan la emigración y los derechos de los emigrantes). En Francia, demandas de ese tipo tienen un seguimiento que va bastante más allá del 13,6% de los votos que el ultraderechista Frente Nacional obtuvo en las legislativas de 2012. Y es muy posible, por no decir seguro, que esas actitudes sean compartidas por no pocos de los 200.000 manifestantes contra el matrimonio homosexual que el viernes pasado desfilaron por el centro de París, menos de la mitad de los que lo hicieron algunas semanas antes, cuando la ley aun no había sido aprobada por el Parlamento.

La violencia, como expresión de la desesperación de las minorías marginadas, es tan inquietante como la radicalización de amplios sectores de la derecha que se está produciendo en toda Europa, y también en España. Pero no menos preocupante es la pérdida de capacidad de movilización que parece aquejar en estos momentos a la izquierda del continente, incluyendo en ese concepto a los nuevos movimientos sociales. Pero con estas cosas nunca se sabe y tal vez dentro de unas semanas estemos hablando de lo contrario.

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