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Canta, Chiaki

Una noche en las santas calles del Madrid de la movida.

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Manuel Agujetas.

Manuel Agujetas.

El gitano se dirige a las tres parejas que ocupan sendas mesas y no han dejado de hablar, y les dice:

—Señores, yo soy el Agujetas, y a mí me dan veinte mil duros por cantar. 

A las parejas no les impresiona ni poco ni mucho, y siguen a lo suyo. Manuel se gira de nuevo hacia nosotros y vuelve a cantar. Le contesta Gitanillo de Bronce; jaleamos a ambos el Piños, un exboxeador menudo que ahora regenta el bar de la calle Espíritu Santo esquina San Andrés donde nos encontramos, uno o dos parroquianos más, un japonés y un servidor.

Agujetas ha entrado al bar, serían las ocho de la tarde de un día laborable de 1980, año arriba, año abajo, cuando estaba tomando mi primer vino, abiertas las expectativas para la noche. Viene con Gitanillo, otro cantaor primo suyo; tienen cierta amistad con el Piños, y vaso va, vaso viene, empiezan a cantar, uno empujando al otro. Manuel arranca bajito, cantiñea como sin querer; Gitanillo larga desde el principio una voz potente. Cantan letras chuscas y el japonés acompaña nuestras risas, me pregunto si solo por simpatía o es que entiende el español.

Va pasando el tiempo, lo chusco va quedando atrás, Gitanillo mantiene su tono, pero Agujetas se va calentando, viniéndose arriba como si no pudiera evitarlo. De Manuel Agujetas, que canta con los callos en las manos que adquirió en la fragua de su padre, Agujetas el Viejo, se han dicho muchas de las cosas más bárbaras del flamenco, donde las barbaridades no escasean. Es famoso lo que Lorca escribió de Silverio: «Su grito fue terrible. Los viejos dicen que se erizaban los cabellos y se abría el azogue de los espejos». De Agujetas, Manuel Ríos Ruiz dijo que tiene el tiempo atrapado en su garganta, pero oírle en directo hace que las hipérboles parezcan intentos fallidos, tan tímidos como impotentes, de describir lo que no cabe en ningún sitio. El crítico yanqui Brook Zern, que no puede recurrir al azogue para explicarse, hace lo que puede en Duende on Hudson Street: «Agujetas salió y cantó, si se puede usar esta palabra. Más parecía un aullido primario bien modulado […],  lo he oído describir como inhumano y ciertamente tiene una cualidad puramente animal; al mismo tiempo es el sonido más humano que he oído nunca». The New York Times es más parco: «Si tiene usted algún interés en el vacío, Manuel Agujetas es su hombre».

Agujetas no solo canta, también habla. Dice de sí mismo que tiene menos papeles que un conejo de monte (no sabe leer), pero nadie pasa por alto sus afirmaciones, algunas bastante incómodas. Por ejemplo, siendo cantaor con duende por excelencia, dice que el duende no existe, «lo que hay es que saber cantar». U oscuramente reveladoras: «Una vez, en Japón, al salir del metro veo un cartel con mi afoto, de una actuación que iba a dar yo allí. Salí corriendo y le pegué veinte puñalás». Jondo.

Agujetas gasta un modo de hablar frecuente en algunos sitios del sur, algo así como: «Pepe entra en el bar y le dice a Enrique… ¡Pepe! … ¡a Enrique! en el bar, entra y le dice, dice…». Es poco económico, pero garantiza la transmisión del mensaje con una eficacia que puede superar el ruido ambiente, la falta de atención e incluso los efectos de una ingesta exagerada de líquidos embriagadores: el oyente se entera, quieras que no, de que el bueno de Pepe ha ido donde Enrique en el bar y le ha dicho, dice…

Agujetas usa este modo de hablar cuando explica que su mujer es «japonesa de Japón» (se refiere a su segunda mujer, la primera era americana de América). Lo subraya, no está señalando que haya japoneses de Japón frente a japoneses de Béjar o de Calatayud. Pero esta noche en Madrid todavía no concoce a Ikeda Kanako, su mujer japonesa, ni tiene la dentadura aurífera con que aparecerá en la película Flamenco, de Saura, rodada quince años más tarde. («Pero ahora me los voy a poner blancos. Me da miedo que cuando muera me los quieran arrancar»).

Dejamos el bar del Piños, muchos tragos más tarde, y recalamos en San Vicente Ferrer, en La Manuela, un local con el nombre de pila de la Malasaña que nombra al barrio, donde por las tardes actuaban un locuaz Gran Wyoming y un silencioso Reverendo ante diez o doce personas, a veces menos. En el tránsito hemos perdido al Piños y a los parroquianos; quedamos los gitanos, el japonés y yo.

Gitanillo de Bronce estaba muy molesto con alguna pirula que había hecho un tal Zarvaó, al parecer primo de ambos. El caso es que a aquellas alturas de la noche Gitanillo insistía en quejarse de Zarvaó y Manuel estaba visiblemente incómodo, aquello se salía del ámbito de la juerga en que estábamos metidos. Y para resolver la situación se dirige al japonés y ordena:

—Canta, Chiaki.

Y Chiaki, que no había abierto la boca más que para reírse en unas cuantas ocasiones, parecía haber estado atesorando aire en el pecho durante toda la noche, esperando este momento, porque sin la más mínima pausa abarrota La Manuela con una siguiriya.

¿Hay gitanos fragüeros japoneses de Japón? La carcajada de Manuel ante mi cara de asombro es lo último que recuerdo de aquella noche.

Hoy, hasta donde sabemos, Gitanillo de Bronce regenta una floristería en Rota. Manuel Agujetas murió en Jerez la última navidad. Chiaki Horikoshi fue comisario de la Cumbre Flamenca de Japón en 2012 y murió en Madrid, el lunes de la semana pasada, cuando se documentaba sobre las cuevas de Altamira.

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