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“Se presta muy poca atención a las especificidades de la migración de mujeres, a las violencias que se acumulan en sus cuerpos”

Romero, autor de la novela En mar abierto y del libro ilustrado Naiyiria, editados por Cambalache, trata de reconstruir íntegramente el proceso migratorio frente al relato descontextualizado que ofrecen los medios

Los dos libros se presentan esta semana en Cantabria: el lunes en DLibros, en Torrelavega, y el martes en La Libre, en Santander

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Eduardo Romero

Eduardo Romero presenta sus dos nuevos libros esta semana en Cantabria.

Eduardo Romero (Oviedo, 1977) es miembro del colectivo Cambalache de Asturias y autor de varios libros sobre política migratoria. Romero lleva más de una década implicado en movimientos y plataformas contra el racismo, los vuelos de deportación o los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros). Su experiencia personal la ha volcado ahora en la novela En mar abierto. De manera paralela Eduardo Romero ha publicado también Naiyiria, un cuento ilustrado por Amelia Celaya, con la migración y la explotación de las mujeres como eje de la narración. En los dos libros, editados por Cambalache, el autor narra los hechos desde la distancia y ofrece “frente a la mirada televisiva que muestra fotogramas de migrantes colgados de una valla, sin pasado y sin futuro, un relato íntegro de la migración, desde el lugar de origen hasta el de destino”. Los libros se presentarán este lunes en Torrelavega (DLibros, a las 20:00 horas) y el martes en Santander (La Libre, también a las 20:00 horas).

Tras varios ensayos sobre políticas de extranjería ha escrito esta novela en la que el lector se asoma a las vidas de personajes que sufren en primera persona el racismo y las políticas migratorias. ¿Considera que la ficción literaria puede ser una herramienta tan eficaz o más que un ensayo para sacar de la invisibilidad esta problemática?

No podía escribir esta historia mediante un ensayo. Cuando comencé a escribirla, no pensaba instrumentalmente en este libro: voy a escribir una novela para que me lean quienes nunca leerían un ensayo sobre política migratoria. No, no era ese mi pensamiento. Sentía la necesidad de investigar y contar la historia de un joven ahogado en una playa de Gijón tras una persecución policial; me atraía sumergirme en el mundo de las basuras y narrar la vida de los migrantes senegaleses que, en Oviedo, se encargan de colocar y de recoger los cubos en cada portal; quería encontrar la manera de narrar la historia de Jenny, mi amiga peruana que había llegado a España reclutada por la patronal hostelera para trabajar por unos meses, con la obligación de volverse luego a su país.

Ahora que he comenzado a presentar la novela, que puedo tomar un poco de distancia del proceso de escritura, que recibo las opiniones y las reacciones de quienes la han leído o de quienes escuchan la lectura en voz alta de algunos fragmentos, sí tengo la sensación de que la novela puede lograr eso que planteabas en la pregunta, acercar a las lectoras y lectores un mundo que forma parte de nuestro mundo, pero que muchas veces permanece soterrado.

A la mayor parte de los personajes de su libro los ha conocido personalmente. ¿Cómo ha afrontado este trabajo de novelar la vida de mujeres y hombres con los que, en ocasiones, ha llegado a tener una relación muy estrecha?

Esta novela de no ficción -o lo que quiera que sea este libro- se basa en las vidas de gentes que se han rozado con mi propia vida a lo largo de la última década. Por eso las experiencias compartidas son una de las fuentes de las que se alimenta este libro. Muchas de estas peripecias sucedieron antes de imaginarme que iba a escribir una novela. Pero, en un segundo momento, y ya con la novela en la cabeza, he ido en busca de personas que podían ayudarme, con su testimonio, a terminar de tejer el hilo narrativo que quería construir. Para contar la historia de Mandaw Diagne, por ejemplo, su primo, vendedor ambulante en mi ciudad, ha sido una persona clave. Para tejer la historia de Rachid, he tenido que buscar y encontrar a su novia de entonces y a otros muchos otros jóvenes marroquíes que compartieron con él una época, la de la llegada a Oviedo de adolescentes procedentes de Marruecos. En el caso de Jenny, sus propias palabras han sido la fuente principal de la narración.

En mar abierto está escrita en tercera persona aunque el narrador, ocasionalmente, interviene en primera persona como un protagonista que narra y participa en los hechos que suceden. Todo esto sitúa la novela, a veces, en un terreno próximo a la crónica periodística. ¿Buscaba de esta forma una carga adicional de credibilidad?

La voz más habitual en esta novela, la del narrador, es efectivamente una voz en tercera persona. Y añadiría que es una voz distanciada de los hechos que narra. Necesitaba establecer esa distancia. Ejercer, como si dijéramos, de cronista. Acumular escenas de la vida cotidiana de los personajes con mucho cuidado de no hacerlo desde una mirada ideológica hacia esas escenas; y también con mucho cuidado de no ejercer una mirada paternalista, idealizadora, victimista o colonial sobre quienes protagonizan la novela.

Con Naiyiria también tratamos de sacar a la luz a las mujeres y niñas que migran y cruzan la frontera sur, así como sus estrategias de supervivencia y resistencia. Se presta muy poca atención a las especificidades de esta migración de mujeres, a las violencias que se acumulan en sus cuerpos.

Sin embargo, en ocasiones necesitaba interrumpir el relato -la voz en tercera persona- y colocarme dentro de los hechos que se narran. Romper el distanciamiento para explicitar que, efectivamente, yo mismo -y en realidad también quienes estén leyendo la novela- formamos parte de esta historia, la historia de ciertos territorios sociales a los que la literatura quizás no presta habitualmente demasiada atención. Pero que están ahí.

Una de las grandes virtudes de la novela (y así lo destacó Santiago Alba Rico en la presentación en Oviedo) es que pone en primer lugar la literatura y en segundo lugar la política y así la historia gana en eficacia porque dicen los hechos más que quien los narra. ¿Ha sido difícil ese ejercicio de contención a la hora de trasladar sus opiniones?

Estoy acostumbrado a escribir ensayos. Sin embargo, tenía muy claro que ahora quería escribir en otro tono y que el proceso creativo iba a ser muy diferente. No, no he tenido que reprimirme para evitar dar mi opinión sobre los hechos narrados. Las escenas que dibujo hablan por sí mismas. Quienes las lean sacarán de ellas sus propias conclusiones.

Ha explicado en algunas ocasiones que aunque usted es el autor de la novela, en realidad, es el resultado de un trabajo colectivo. ¿Podría explicarlo?

La novela es una creación colectiva por varias razones. En el libro muchas personas se han convertido en personajes. Y, aunque a veces se desdibuje la identificación entre persona real y personaje, el hecho es que los testimonios de mucha gente han sido material imprescindible para construir esta historia. Durante el proceso de escritura, además, he compartido fragmentos de la novela con mucha gente, a través de la lectura en voz alta. A veces leía fragmentos a personas que los protagonizaban. Otras veces los compartía con miembros del colectivo Cambalache, al que pertenezco, o con otras personas con las que guardo una estrecha complicidad literaria. La retroalimentación a partir de estas lecturas ha sido también muy importante. Por último, tener tiempo para escribir es un privilegio. Yo lo he tenido porque personas de mi colectivo me han liberado a mí de tareas mucho menos reconocidas y públicas que escribir novelas.

Otro tema que está muy presente tanto en la novela como en Naiyiria es el del feminismo y la explotación de las mujeres.

Escribí Naiyiria desde las entrañas, a partir de compartir experiencias muy intensas con varias mujeres nigerianas. Leyendo ahora el relato, me doy cuenta de que permite abordar varias cuestiones a las que hemos dado muchas vueltas en mi colectivo: por un lado, la dificultad que se da para tejer vínculos entre redes antirracistas como la nuestra y mujeres que habitan espacios invisibilizados e inaccesibles. Es el caso de las mujeres que trabajan de internas o en los clubes. Tejer relaciones con ellas es mucho más difícil que hacerlo con colectivos de migrantes como los manteros. Con Naiyiria también tratamos de sacar a la luz a las mujeres y niñas que migran y cruzan la frontera sur, así como sus estrategias de supervivencia y resistencia. Se presta muy poca atención a las especificidades de esta migración de mujeres, a las violencias que se acumulan en sus cuerpos. Organizaciones como Women´s Link han elaborado y publicado informes muy valiosos sobre las mujeres nigerianas en tránsito por Argelia y Marruecos hacia España. Naiyiria pretende hacer justo lo contrario que hace la mirada televisiva sobre las migraciones. Frente a la radical descontextualización del proceso migratorio -se nos presentan fotogramas de migrantes colgados de una valla, sin pasado y sin futuro-, tratamos de reconstruir íntegramente la migración, desde el lugar de origen hasta el de destino. En este caso concreto, se hace necesario establecer relaciones entre el papel de las grandes petroleras que vierten ingentes cantidades de crudo sobre el Delta del Níger y el desplazamiento forzado de la gente.

En el caso de En mar abierto, ha ocurrido algo curioso durante su creación. Las dos principales historias que formaban parte del proyecto de novela estaban protagonizadas por hombres. Los adolescentes marroquíes y los jóvenes senegaleses. Sin embargo, Jenny acabó irrumpiendo en la historia. Y no sólo eso. A medida que escribía la historia de Rachid, Mandaw o Simo, iban apareciendo mujeres que “exigían” su presencia en la novela. Sin Carmen, la vecina del vendedor ambulante, sin Laura, Andrea y Leila, las jóvenes que interactúan con los chicos marroquíes, no habría encontrado la manera de contar lo que quería contar.

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