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Trabajadores encerrados, pero no derrotados

Doscientos trabajadores del Instituto Foral de Bienestar Social continúan su encierro iniciado el pasado 16 de diciembre para denunciar la actitud "autoritaria y déspota" de la gerencia de la Diputación que gestiona sus centros de trabajo. 

Los afectados declaran que se imponen "por decreto" decisiones sin contar con la opinión de la plantilla y sin dar opción alguna a la negociación.

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Trabajadoras del encierro diseñan una parcarta.

Trabajadoras del encierro diseñan una parcarta.

"Vivimos, con diferencia, el peor momento de toda nuestra trayectoria laboral en los centros de Bienestar Social". Así resumen los trabajadores encerrados en la residencia de la tercera edad de Txagorritxu- unos doscientos- el conflicto en el que se han visto inmersos tras las últimas decisiones  referentes al calendario laboral y al sistema de rotaciones implantadas "por decreto" desde gerencia. Y lo confiesan apenados técnicos que rondan la jubilación.

En los dos años y medio de gestión del Partido Popular al frente de la Diputación alavesa han sido muchos los desencuentros entre los trabajadores del área social y la Institución foral pero ninguno de este calibre. Los afectados confiesan que la pena es doble, porque les pesan, por un lado, las decisiones "impuestas sin contar con la opinión de profesionales de larga trayectoria en el sector, "como somos gran mayoría de nosotros, y por otro, las formas en que se nos trata". Para describir la actitud que la Diputada Marta Alaña mantiene hacia ellos y sus reivindicaciones rememoran el gesto que les dedicó al pasar de largo frente a una de sus protestas. "Cuando abandonaba el recinto donde nos manifestábamos, se giró después de haber mostrado total indiferencia ante nuestra presencia, nos envío un beso, dio la media vuelta y se fue. Ese imagen refleja su talante y nula disposición a dialogar con los trabajadores del departamento que dirige", relata Isabel Moreno, la representante sindical de CCOO.

En la primera reunión de los trabajadores mantenida con su superiores desde el inicio del encierro, celebrada esta semana, las posturas se distanciaron aún más. "Fue muy duro. Nosotros acudimos en busca de un acercamiento y comprobamos por sus reacciones, que estaban aún más enrocados en sus decisiones. Algunos de los trabajadores presentes, que no están acostumbrados como los integrantes de la junta de personal a hablar frente a frente con dirección, se levantaron de la mesa, entre asustados e indignados, ante las respuesta recibida y abandonaron la sala boquiabiertos", revela Moreno. Ese conversación ha sido casi la única mantenida con la titular del departamento que se niega a recibirles a pesar de todos los intentos protagonizados por los trabajadores para forzar los contactos. Sí se ha reunido esta semana,  en compañía de otros cuatro directivos del área, con algunos de los familiares de los usuarios de los servicios sociales para trasladarles su versión sobre el conflicto. “Fue en le despacho de la Casa de la Provincia y rodeada de hasta cinco cargos del departamento. Toda una puesta en escena para impresionar a estos ciudadanos anónimos a los que sí recibe mientras rechaza hablar con sus subalternos", lamenta Moreno. 

Desgaste físico y psicológico

Los trabajadores de Bienestar Social aspiran a poder decidir el sistema de trabajo a aplicar para desempeñar con corrección sus tareas y coherente además con el Plan de Atención Individualizada diseñado por el Gobierno vasco. "Lo que pretenden instaurar va en contra de esas recomendaciones del plan, una metodología en la que nos instruyen en nuestras horas de formación y que es contraria al sistema de rotaciones o cambios frecuentes de personal que exigen ahora. Esto es totalmente perjudicial para los usuarios. Se aboga por la permanencia del personal en los mismos puestos por el bien de las personas que atendemos. Cualquier guía de cuidados gerontológicos desaconseja esas variaciones periódicas de cuidadores porque desconcierta a los usuarios", explicaban las enfermeras y auxiliares concentradas en la protesta. 

A esto se añaden las dificultades para conciliar vida familiar y laboral que conllevan los nuevos calendarios laborales establecidos y la obligación de dejar cerradas a 31 de diciembre del año anterior las vacaciones y los días de libranza que les corresponden. "Trabajamos tres fines de semana y libramos uno. Casi no vemos a nuestras familias y ahora encima nos quieren obligar a cuadrar la vacaciones y días libres con semejante antelación. Es muy difícil coincidir con la pareja y los hijos. Nuestra vida personal se ve muy afectada", denuncian. "Nos preguntamos además qué gana la empresa con estos cambios. Creemos que nada. Es incomprensible el porqué lo hacen. Han  generado problemas donde no los había".

Tras 24 días de encierro, que compaginan con el cumplimiento de sus turnos laborales, el desgaste físico y psicológico se evidencia en sus semblantes. Se abrigan por las noches en sacos de dormir y reponen cada día las provisiones de una despensa improvisada baja las butacas del recibidor de la residencia de Txagorritxu. "Por aquí han desfilado sobrinos, padres, madres y demás familiares porque sino no había forma de verlos en Navidades", cuentan los trabajadores encerrados que reconocen estar cansados, algo desanimados pero no derrotados. Sus convicciones siguen intactas tras este primer asalto. "Estamos haciendo lo que debemos, no tenemos duda. Aunque ellos nos digan, en un intento de debilitarnos, que arrastramos a compañeros en desacuerdo, a los que se refieren como 'una mayoría silenciosa' que no nos sigue, nosotros no flaqueamos". 

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