eldiario.es

Menú

eldiarionorte Navarra eldiarionorte Navarra

La vida en la calle: cuando cada caso “es un mundo”

Dos educadores de la fundación Xilema, Patxi Martínez y Esther Villar, explican su experiencia con los casos que atienden de personas ‘sin techo’ en Pamplona.

En la actualidad, en torno a 15 personas viven en cajeros o bajo un puente en la capital navarra.

“Están en la calle, entran en un centro de atención o en una comunidad terapéutica, salen, vuelven a consumir, vuelven a estar en la calle…”, cuentan para explicar esta complejidad.

- PUBLICIDAD -
Foto: Europa Press

Una persona pide ayuda en la calle / Foto: E.P.

“A menudo la gente no sabe las historias que hay detrás de una persona que está en la calle. Y nos preguntan por qué no hacemos algo. Ahora me acuerdo, por ejemplo, de un hombre que vive bajo un puente en Pamplona. Se quedó en los huesos y fuimos con él al hospital, después pasó por el albergue, lo expulsaron por consumir y, al final, ha vuelto a vivir bajo el puente. Ahora lo visitamos a diario. Y, en este caso, es una persona empadronada en la ciudad”.

Este es uno de los diversos casos de vulnerabilidad extrema que se producen en la capital navarra. Patxi Martínez y Esther Villar los conocen de cerca, porque son los educadores de calle que, desde la fundación Xilema, que gestiona para el Ayuntamiento de Pamplona el Centro de Atención a Personas sin Hogar, recorren la capital navarra para identificar personas que viven en la calle. O, como ellos afirman, en la “calle, calle”. Porque, a menudo, hay personas que pueden pedir ayuda pero que, al menos, tienen medios para pasar la noche en una habitación, con alquileres que rondan los 170 o 180 euros al mes. Eso en el caso de que tengan algún tipo de ingreso, generalmente la Renta de Inclusión Social o la Renta Activa de Inserción. Pero también hay quien pasa las noches sin un hogar; habitualmente, en cajeros (en barrios tan dispares como San Juan o el Casco Viejo) o, como en el caso mencionado, bajo un puente.

Martínez acumula ya 15 años de experiencia en este trabajo, tres de ellos en la calle, mientras que Villar lleva uno. Hablan de forma directa, exponiendo la realidad que ven a diario y que, en ocasiones, puede no ser políticamente correcta. Por ejemplo, tras algunos casos de personas que piden ayuda en la calle intuyen que hay una red organizada que recauda dinero a través de las limosnas, también afirman que no siempre se puede ayudar a personas que no se dejan ayudar e insisten en que, en este tipo de situaciones de necesidad grave, “cada caso es un mundo”.

En la actualidad, calculan que unas 15 personas viven de esta forma en Pamplona. Martínez y Villar matizan, no obstante, que habría que preguntarse si eso es vivir o “sobrevivir”. La cifra, por cierto, suele aumentar durante el verano (en invierno, si la temperatura baja de tres grados, se activa la llamada Ola de frío y se dan facilidades para dormir en el albergue) y también han visto cómo el número de atendidos ha aumentado con la crisis, aunque ahora se ha estabilizado, y también perciben un descenso en la edad (incluso casos de veinteañeros, a menudo procedentes de “familias desestructuradas”) de quien decide vivir en la calle. El perfil más habitual es el de un hombre de entre 35 y 55 años, que a menudo ha roto sus vínculos con familiares y amigos.

La labor de esta pareja de educadores de calle es una de las tres patas del Centro de Atención a Personas sin Hogar, que atiende a personas itinerantes que van de ciudad en ciudad y de albergue en albergue (con este programa, pasan unas 140 personas al mes por el centro, ubicado en la zona de Trinitarios de Pamplona); los servicios centrados en empadronados, por otro lado, se dirigen a personas que residen en la capital navarra desde hace dos años, que tienen por tanto derecho a acceder a más servicios sociales (ahora, son alrededor de doce personas); y, por último, también está el mencionado programa de educadores.

Consumos y problemas de salud mental

La cuestión del padrón es clave, insiste Martínez. A través de él, de las unidades de barrio y del Ayuntamiento, se puede acceder a más servicios y, por tanto, los educadores a menudo dirigen a las personas atendidas a su lugar de origen, que es donde en teoría podrían acceder a más ayuda. Pero, en algunos casos, es precisamente a su lugar de nacimiento a donde personas en constante huida no quieren volver.

La complejidad de los atendidos se debe a que, a menudo, su situación de vivir en la calle viene acompañada por adicciones, por problemas de salud mental, falta de medicación o, a la inversa, combinación de fármacos con alcohol. Estos representantes de la fundación Xilema echan de menos, incluso, que la capital navarra cuente con un centro de atención dual, que permita atender casos más complejos. No obstante, también insisten en que hay personas que llevaban una vida normalizada y que, tras una separación o haber perdido el trabajo, se han visto sin nada. Así que advierten: “Nos puede pasar a cualquiera”.

Martínez y Villar se dirigen así al resto de la población. A las personas que se cruzan por la calle con los sin techo. Al hablar de la necesidad de sensibilizar a la gente, se preguntan si “la caridad” es la respuesta que necesitan estas personas en situación de exclusión grave, que si tienen unos ingresos constantes están tentados, aseguran, a evitar las normas, los horarios o los tratamientos en centros de atención. Ambos educadores reconocen que reflexiones como estas no están exentas de dureza, pero matizan que se han acostumbrado a que, en este tipo de servicios, las personas atendidas forman parte de un círculo, un ir y venir que a los educadores les genera “mucha frustración”: “Están en la calle, entran en un centro de atención o en una comunidad terapéutica, salen, vuelven a consumir, vuelven a estar en la calle…”, cuenta Martínez. De ahí que hablen de casos a menudo “cronificados”. Y reconoce que sí, que a menudo hay personas atendidas que les mienten, pero se pregunta quién no lo haría en una situación de necesidad tan límite.

“Nosotros intentamos empezar por algo. Darles un vale de comida, de ducha, para el lavado de ropa, que bajen al centro… Es un punto por el que empezar, un enganche”, explica Villar. Mientras habla, en un pequeño despacho del comedor municipal, ubicado en la calle Navarrería en el Casco Viejo de Pamplona, llaman constantemente a la puerta. Son las 13:00 horas y empieza el horario de comidas. Para muchos de los comensales, hablar con los educadores, asegura Martínez, es una forma de desahogo: “Vienen y nos cuentan qué les pasa. O les acompañamos a una cita médica o a hablar con un trabajador social. Puede parecer poco pero también es mucho”. Para las personas afectadas, aseguran, es solo un breve descanso de la vida en la calle. En la calle, calle.

- PUBLICIDAD -

Comentar

Enviar comentario

Enviar Comentario

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha