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Respetables despreciables

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La democracia es otra “comunidad imaginada”; quizás la primera y esencial, después de los artilugios nacionales. Quienes formamos parte de la comunidad política concreta que surge en un proceso democrático nos reconocemos conciudadanos. El reconocimiento supone diversas realidades: quiénes somos los miembros de la comunidad (los nacionales y/o los ciudadanos), qué derechos nos son comunes, sobre qué bases nos vemos colectivamente (doctrinales, filosóficas, históricas…), cuáles son nuestras instituciones… El protocolo de constitución de una sociedad civil contempla muchos ítems. Uno de ellos, poco señalado pero muy importante, es el que habla de los supuestos asumidos. La “comunidad imaginada” es también (o sobre todo) una entidad que se sabe artificial, pero que se soporta sobre convenciones tan tenidas por naturales, lógicas, que son mentiras que nos permiten sobrevivir juntos, no asesinarnos sin ley ni concierto, naturalmente.

Las convenciones son sólidas y duran mientras los mimbres de la sociedad civil son vigorosos, mientras se mantienen vivas. Cuando entran en crisis se hacen ineficaces y todos los ciudadanos se dedican a destapar el engaño comúnmente aceptado durante la constitución de aquella sociedad. Las mentiras asumidas piadosamente se denuncian como descubrimiento por sus nuevos y jóvenes miembros o por aquellos otros que se fingen tales.

La convención primigenia de una democracia moderna, su civilizada mentira seminal (de origen), radica en que puedan ser iguales políticamente (en derechos) quienes no lo son social y económicamente (en recursos). La contradicción alimentó la pasión de los revolucionarios que en la historia contemporánea han sido, pero en nuestras democracias liberales el asunto se ha soslayado asumiendo que el remedio de la misma había resultado históricamente peor que la enfermedad. En consecuencia, todos los ciudadanos adultos de nuestras sociedades democráticas somos conscientes de que hay en el sistema un nivel de desigualdad intolerable, de corrupción estructural y de posibilidades de mangoneo reservadas a ciertas escalas sociales y de poder que cuestionarían la esencia teórica de la democracia, pero que con contención la siguen haciendo “el menos malo de todos los sistemas políticos”.

El problema surge cuando el tope de cinismo asumible se supera, cuando la mentira cívica constitucional no merece la pena que produce la realidad de sus agentes perversos actuando a sus anchas. Entonces el rey aparece desnudo, literalmente, y todo el mundo es consciente de que su carisma era puro artificio, una mentira infumable, inaguantable. Todo el mundo es consciente y lo proclama a los cuatro vientos.

Cuando los despreciables son también despreciados es cuando el ciudadano ya no hace suya la mentira de inicio; el asunto ya no vale la pena. Vale tan poco que incluso la democracia deja de ser defendida si el precio es seguir soportando a estos respetables despreciables


Con su majestad -como soberanía de otro tiempo pragmáticamente aceptada en algún instante- van en el mismo agua sucia otras respetabilidades. La respetabilidad es la esencia de un sistema desigual que sin embargo es capaz de mantenerse civilizadamente por su eficacia. Cuando la autoridad política o social o cultural o económica deja de ser respetable por sus actuaciones, se convierte a todas luces y ojos en despreciable. La autoridad frágil soportada en el mutuo engaño pragmático se resquebraja. El sistema aparece tal cual es, con la misma miseria del primer día, pero sin el barniz que todos le habíamos dado para asumirlo como soportable. Cuando el respetable se enajena el respeto por sus malas acciones, su autoridad ya no resiste, la deferencia no tiene razón alguna para mantenerse. Todo se va lógica y razonablemente al carajo. En esas estamos.

Los antaño respetables son hoy claramente despreciables. Antes también lo eran, porque se aprovechaban de la misma situación original de injusticia, ventaja y engaño. Pero ahora son, además de despreciables, despreciados. El ciudadano ya no hace suya la mentira de inicio; el asunto ya no vale la pena. Vale tan poco la pena que incluso la democracia deja de ser defendida si el precio es seguir soportando a los respetables despreciables. (Si recuerdan, este fenómeno se dio en América Latina hace una docena de años, cuando los ciudadanos empezaron a apoyar de nuevo a gobernantes populistas cuestionando el argumento de si antes que comer era mejor tener una democracia de las formales (de las nuestras). El problema es que ese viaje lo han hecho ya tantas veces los hermanos americanos que deberían saber que el aserto no encierra disyuntiva sino consecuencia.)

Es evidente que la corrupción no es la causa de los malos tiempos que vivimos; incluso ni siquiera la injusta estructura de origen de nuestras democracias liberales: cuando ha funcionado nuestra posición económica en el mundo, una y otra han sido mayoritariamente soportables, porque reportaba rendimientos. La comunidad imaginada era entonces ventajosa en la relación de bienes resultantes a cambio de las primigenias mentiras. La corrupción de los pillos y la injusticia estructural de que se valen los poderosos son solo las muestras de que este tipo de democracia ya no es soportable, que necesitamos otros relatos (y mitos, mentiras) fundantes. A ver si en el viaje no se resiente la esencia virginal de la democracia.

PS: Dedicado, todavía con sorpresa y con todo el dolor, al amigo Javier Septién, que se nos fue con el nuevo año; él, que tanto peleó por una democracia justa, de seres humanos dignos de respeto.

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