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Expectativas e incertidumbre ante unas hipotéticas elecciones

Las expectativas sobre los posibles resultados de unas hipotéticas nuevas elecciones vuelve a informar los cálculos de los actores políticos ante la formación de gobierno, y pueden explicar por qué es tan difícil que PP y PSOE se pongan de acuerdo.

Una posible explicación de por qué los sondeos se equivocaron el 26J debería hacernos algo escépticos sobre la capacidad de las encuestas de anticipar cuáles serían los resultados en caso de unas nuevas elecciones.

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Aunque no se diga explícitamente, como tras el 20D, la especulación sobre los posibles resultados de unas hipotéticas nuevas elecciones vuelve a informar los cálculos de los actores políticos ante la formación de gobierno. Nadie quiere elecciones, pero el hecho es que para evitarlas varios partidos han de ponerse de acuerdo en algo: y como ese “algo” no es el mismo para todas las fuerzas políticas, y hay soluciones que los partidos prefieren evitar antes de ir a las urnas, a día de hoy no es del todo descartable que acabemos yendo a votar en diciembre.

Así, el Partido Popular prefiere unas terceras elecciones a descabalgar a su líder o ceder la presidencia del gobierno a otro partido. El PSOE prefiere unas terceras elecciones a apoyar una investidura de Rajoy. Ciudadanos prefiere unas terceras elecciones a un gobierno en el que esté Unidos Podemos y sus aliados, o que goce con las simpatías de los soberanistas catalanes. Y Unidos Podemos prefiere unas nuevas elecciones a un gobierno en el que esté el Partido Popular o Ciudadanos (hay quien especula sobre esto último, pero eso parecen indicar sus declaraciones a día de hoy).

La cuestión no es por tanto quién desea forzar unas nuevas elecciones (todos tienen una alternativa que las evita), sino si son capaces de ponerse de acuerdo en cuál es esa alternativa, dado que cada partido tiene su opción preferida.

Y es aquí donde inevitablemente entran las expectativas respecto a la repetición electoral: si un partido lo que quiere es llevar su programa a cabo y espera mejorar su posición de poder tras las nuevas elecciones, es razonable que sea algo más reacio a aceptar hoy soluciones que sean muy diferentes de su opción preferida para formar gobierno. Y de forma análoga, si un partido espera perder capacidad de influencia en una nueva legislatura, es razonable que esté más predispuesto a aceptar soluciones más alejadas a las de su primera preferencia.

Aunque tenemos muy pocos datos sobre el previsible comportamiento electoral de los españoles en caso de que se celebren unos terceros comicios, se va instalando en la opinión pública la conjetura de que los previsibles ganadores serían el PP y el PSOE, y los perdedores, Ciudadanos y Unidos Podemos. Las razones son bien conocidas. El Partido Popular tiene un electorado muy fiel y, como mostró el 26-J, potencialmente activable en esta situación de parálisis institucional e incertidumbre.

Por su parte, el PSOE podría llegar a los comicios como su principal alternativa viable, una vez alejado el fantasma del sorpasso y disipadas las dudas de una parte del electorado de izquierda sobre la predisposición de los socialistas a colaborar con en el PP para la formación de gobierno. Unidos Podemos y Ciudadanos, por su parte, es previsible que tengan problemas para movilizar a sus previamente ilusionados votantes, tras del impasse institucional en el que estamos instalados desde que entraron en el parlamento.

Esto podría explicar por qué es particularmente difícil en el contexto actual poner de acuerdo a PP y PSOE, a pesar de la insistencia de Ciudadanos: son los partidos con una menor presión para ceder respecto a sus soluciones “preferidas”: la del PP, investir a Rajoy, la del PSOE, investir un gobierno apoyado por “las fuerzas de cambio” y que excluya al PP. Y si estas expectativas respecto a lo que ocurriría en caso de haber terceras elecciones son compartidas por todos, Ciudadanos y Unidos Podemos deberían ser los más predispuestos a ceder, algo que igualmente podría dar aliento al intento de Sánchez de intentar un gobierno alternativo al del Rajoy.

¿Cuánto de seguros podemos estar de que, de haber unas terceras elecciones, los resultados corroboren estas expectativas? Por ahora tenemos pocos datos de encuesta (con todos sus problemas y limitaciones, siguen siendo sin duda la mejor fuente para hacer prospectiva electoral), pero creo que en este contexto la incertidumbre será alta.

Mi hipótesis favorita sobre por qué los sondeos se equivocaron el 26J tiene que ver con las diferentes tasas de respuesta a los sondeos de ciertos grupos de votantes. Para construir muestras, las casas de encuestas utilizan un método que se conoce como “estratificado”, que en esencia quiere decir que se tienen que asegurar que en la muestra final haya una proporción de jóvenes, viejos, mujeres, hombres, residentes en ciudades, pueblos, etc… similar al de la población en su conjunto. Si por alguna razón a los encuestadores les cuesta más, por ejemplo, que los jóvenes contesten y no logran cubrir la cuota correspondiente a ese grupo de edad, la empresa dedicará más tiempo a contactar con jóvenes con el fin de que la muestra final sea “representativa”.

En principio, esto no debería de ser ningún problema, siempre que los jóvenes que nos acaban contestando a la encuesta sean similares a los que colgaban el teléfono cuando les preguntaban si tenían cinco minutos para contestar una serie de preguntas sobre política. Pero, ¿y si no lo son? ¿Y si los jóvenes (por seguir con el ejemplo) que dejaron de responder encuestas eran más proclives a dejar de votar a su partido (llamémosle Podemos), y los que seguían contestando seguían siendo fieles a él? Las encuestas acabarían con una muestra sesgada de los antiguos votantes de Podemos: los más fieles, los más convencidos, los más politizados.

Un dato consistente con esta hipótesis: respecto a la encuesta preelectoral del CIS de diciembre de 2015, en la postelectoral de junio de 2016 había en los electorados de todos los partidos menos encuestados que declaraban que la política les interesaba "mucho" (algo lógico tras la frustración ante la imposibilidad de formar gobierno). Excepto en uno: Podemos.

¿Cómo es posible que Podemos tuviera un electorado más interesado en política en 2016 que en 2015? Quizá porque los votantes de Podemos que estaban respondiendo no eran representativos del electorado de Podemos el 20D. Quizá los menos ideologizados y politizados (recordemos que una importante fuente de votos a Podemos en 2015 fueron muchos antiguos abstencionistas y nuevos votantes) dejaron de responder a las encuestas, y fueron sustituidos por los que sí contestaban, mucho más convencidos de su opción partidista.

No es sorprendente, por tanto, que los sondeos dieran unas tasas de fidelidad altísimas al electorado de Podemos, que luego, claro, no se vieron refrendadas el 26J en las urnas. Esta hipótesis podría explicar también por qué el carísimo, desproporcionado y opaco sondeo a pie de urna pagado por las televisiones públicas se desvió espectacularmente del resultado final, a pesar de su enorme muestra.

Así pues, en un escenario como el actual donde hay grupos de votantes que pueden estar “desconectando” de la política mucho más que otros, y donde los partidos tienen composiciones demográficas extremadamente diferenciadas, resulta muy difícil conocer qué sesgos estamos introduciendo en las muestras al quedarnos con los ciudadanos que sí nos están respondiendo a los cuestionarios.

¿Quiero decir con eso que a PP y PSOE no les irá tan bien como anticipan? En absoluto. El problema de estos sesgos en el contexto actual es que resulta difícil conocer la dirección en la cual las encuestas pueden estar equivocándose: puede que los partidos pequeños resistan mejor de lo que digan las muestras, pero puede ser también que las ganancias de los grandes sean aún mayores que las que hoy imaginamos.

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