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¿En qué momento del ciclo político estamos?

La situación de bloqueo en la que se encuentra la política española ha venido a interrumpir o, al menos, a dejar en suspenso la secuencia del cambio de ciclo político que comenzó a gestarse hace ocho años, sin que aún pueda atisbarse cuál será el desenlace.

Los líderes de los dos grandes partidos pueden estar más interesados en el debilitamiento de las fuerzas emergentes para volver a la política bipartidista, que en gestionar el multipartidismo. Desde ese planteamiento, unos terceros comicios, inevitablemente enfocados a los electores más fieles en un clima de intenso hartazgo político, podrían ser (para ellos) la opción menos desfavorable.

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Pedro Sánchez durante su réplica a Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados

Pedro Sánchez durante su réplica a Mariano Rajoy en el Congreso de los Diputados Jon Barandica

Finalizado agosto comienza de nuevo el curso político con un gobierno que lleva en funciones más de 250 días y con la percepción de que la política española se halla en un peligroso callejón sin salida por la incapacidad de las fuerzas políticas no ya para formar gobierno, sino para permitir la formación de uno. Ocho meses después de la celebración de las primeras elecciones generales que iban a suponer el inicio de una nueva era política, todas las expectativas de cambio han quedado diluidas sin que la repetición de los comicios se revele como el antídoto para despejar el camino hacia la formación de un nuevo gobierno. Así, entre las primeras elecciones generales de diciembre y las segundas de junio, lo único que parece haber cambiado es el protagonista (Mariano Rajoy en lugar de Pedro Sánchez como candidato a la investidura), ya que el guion, el elenco y la escenografía siguen siendo las mismas con Ciudadanos en el mismo papel de “flamante actor secundario” (aunque en esta segunda parte haya cambiado de pareja de baile).

En este tiempo de infructuosa búsqueda de gobierno, la excepcionalidad lo ha impregnado todo hasta el punto de que no parece que la actualidad política se haya visto interrumpida este verano, ni ahora comience un nuevo curso político que está marcado, además, por la crónica de otra (anunciada) investidura fallida. Sánchez fracasó a principios de marzo en su intento de obtener la confianza del Congreso para ser investido Presidente del gobierno y ahora Rajoy, salvo sorpresa de última hora, también lo hará.

La incógnita es si Rajoy u otro candidato volverá a intentarlo o si, por el contrario, la cuenta atrás de los dos meses para “encontrar” un Presidente del gobierno antes de ir a unos terceros comicios, se agotará sin que se celebre una nueva sesión de investidura (con o sin éxito). Una incógnita que ahora se espera que los resultados de los comicios vascos y gallegos del 25 de septiembre puedan contribuir a resolver, bien sea para allanar o bien sea para dar por descartadas, pero en todo caso aclarando, las opciones (viables) de gobernabilidad a nivel nacional. De este modo, tras la escenificación del bloqueo político con la fallida investidura de Rajoy, la política española volverá a quedar en suspenso prácticamente un mes, hasta la noche del 25 de septiembre en la que los partidos pondrán a prueba y calibrarán sus estrategias de cara a la formación del gobierno nacional.

Es cierto que las dificultades políticas que está atravesando España no son una anomalía en otros países europeos que conviven con el multipartidismo y entre los que destaca Bélgica por ser el país que (hasta ahora) ostenta el récord de haber estado más días (541 entre 2010 y 2011) sin gobierno. También se suele aludir al caso de Irlanda donde, tras las últimas elecciones generales celebradas el pasado febrero, hubo hasta tres investiduras fallidas antes de que se lograra formar gobierno.

No obstante, en España el factor diferencial lo encontramos en la frustración de las expectativas creadas dado que la inédita situación que vive la democracia española tiene lugar en el marco del tránsito hacia lo que se presumía que iba a ser una renovación de la forma de hacer política con la entrada de nuevos actores políticos y en un contexto multipartidista.

Desde las pasadas elecciones del 20-D, que estaban llamadas a ser el punto de inflexión de la democracia española, lejos de haberse producido una mayor satisfacción de la ciudadanía con la política, se observa todo lo contrario. De acuerdo con los datos del CIS, desde enero los ciudadanos valoran peor la situación política, que la económica (ver gráfico). El último barómetro correspondiente a julio, y cuyo trabajo de campo se realizó pocos días después de que tuvieran lugar las elecciones del 26 de junio, refleja que, mientras el 77% de los encuestados califica como mala o muy mala la situación política, el porcentaje de los que valoran negativamente la situación económica es del 64%. Además, el pesimismo político también se deja sentir en las expectativas futuras, pues a principios de julio los que creían que la situación política será aún peor dentro de un año (25,4%) superaban a los que respondían que ésta será mejor (16,7%). Por otro lado, desde el pasado febrero la “falta de gobierno” forma parte del listado de problemas que, a juicio de la ciudadanía, tiene España.

Gráfico. (Fuente: CIS)

Gráfico. (Fuente: CIS)

A todo ello habría que sumar el hecho de que ni la reciente renovación de liderazgos en algunos partidos como el PSOE o IU, ni la irrupción de nuevos líderes de la mano de los llamados partidos emergentes, han tenido un efecto taumatúrgico en lo que a la mejora de la imagen de la clase política se refiere. Tanto después de las elecciones de diciembre, como tras las elecciones de junio, encontramos, siguiendo los datos del CIS, que ningún político ha conseguido el aprobado de los ciudadanos. En la misma línea, se constata que “los políticos, los partidos políticos y la política” siguen siendo percibidos socialmente como un problema (el cuarto, tras el paro, la corrupción y los problemas de índole económica). Y la satisfacción con el funcionamiento de la democracia continúa en niveles bajos (4,84 de media en una escala de 0 a 10 donde 0 es completamente insatisfecho y 10 es complemente satisfecho en enero de 2016, frente al registro de 5,6 en enero de 2006).

Por tanto, no parece que la nueva era política esté conllevando una reconciliación de los ciudadanos con la política o, si se prefiere, de la política con la sociedad. Con el inicio de la crisis económica en 2008 se produjo un profundo deterioro de la confianza social primero en la clase política, después en los partidos y finalmente en la política. En los últimos ocho años hemos vivido una crisis política cuya secuencia no conviene olvidar. El primer damnificado fue el Partido Socialista que vio cómo en 2011 sufrió una inapelable debacle electoral, de la que aún no ha conseguido recuperarse. Posteriormente el PP, tras haberse beneficiado del hundimiento de los socialistas, comenzaría a sufrir, como partido gobernante, un visible deterioro de sus apoyos electorales. El agotamiento de los dos grandes partidos comenzaría a ser capitalizado a partir de las elecciones europeas de 2014 por las llamadas fuerzas emergentes (Podemos y Ciudadanos). Pero el punto de inflexión no llegaría hasta las elecciones autonómicas y locales de mayo de 2015 cuyos resultados condujeron a un inédito cambio en el mapa de la gobernabilidad a nivel autonómico y local; con la entrada de nuevas fuerzas políticas y plataformas electorales que o bien desbancaron del poder a los grandes partidos o bien se convirtieron en sus aliados necesarios para gobernar.

Con el nuevo y colorido mapa de gobiernos autonómicos y locales como telón de fondo, en la antesala de las elecciones generales del 20 de diciembre no se podía hablar de un clima social caracterizado por el entusiasmo, pero sí de una predominante percepción de que el nuevo tiempo político llegaría también a materializarse en la arena nacional. Sin embargo, la actual situación de bloqueo en la que se encuentra la política española ha venido a interrumpir o, al menos, a dejar en suspenso la secuencia del cambio de ciclo político que comenzó a gestarse, al calor de la crisis económica y social, hace ocho años. En este contexto, cabe plantearse en qué momento político estamos y cuál puede ser el desenlace.

El actual bloqueo se podría explicar por el predominio del ajuste de cuentas sobre la racionalidad política y por los desencuentros personales entre los actuales líderes del PP y del PSOE. Pero junto a esa lectura, cabría otra interpretación que pasaría por enmarcar los movimientos de los dos grandes partidos como parte de una estrategia orientada a resistir para volver a la política bipartidista, en lugar de gestionar y adaptarse a la política multipartidista.    

La combinación de las estrategias de las fuerzas emergentes en los últimos meses para ganar terreno y de los partidos tradicionales por resistir, junto a unos resultados electorales que siguen otorgando a populares y socialistas la condición de fuerzas más votadas, parecen haber conducido a una nueva reconfiguración del tablero político. Ahora los partidos tradicionales, y en especial el PSOE que, tras los segundos comicios, se ha visto fortalecido por el fracaso electoral de Podemos en su intento de lograr el sorpasso, parecen compartir el objetivo común de minimizar la competencia de las fuerzas emergentes.

Aunque podamos estar asistiendo a la teatralización del rechazo a una nueva repetición electoral, el escenario de unos terceros comicios podría ser la opción que los dirigentes populares y socialistas barajan como menos desfavorable.

Más allá del descrédito político y del daño a la imagen de la “marca España”, unos terceros comicios podrían ser sobre todo perjudiciales para las fuerzas emergentes, aunque por motivos diferentes. A Ciudadanos le podría pasar factura, como yo ocurrió en los segundos comicios, la apelación a concentrar el voto (útil) de los electores centristas en el PP. Por otra parte, Podemos tendría que revisar su estrategia de alianzas electorales en un momento en el que está más débil que antes.

Una  reciente encuesta realizada por Celeste-Tel apunta a que, ante una nueva repetición de los comicios, se producirían ahora unos resultados similares, con una ligera tendencia al alza del PP y con una elevada abstención electoral. El Partido Socialista se aseguraría la condición de segunda fuerza y principal partido de la oposición con Podemos, a la izquierda, más debilitado. Quizás en ese post-escenario, y descartada la opción de llegar a un acuerdo para gobernar con la formación morada y las fuerzas nacionalistas, los actuales dirigentes socialistas encontrarían más “rentable” que ahora permitir la formación de un gobierno del PP (con o sin Rajoy) en el supuesto de que se produjera una nueva situación de bloqueo en la que los populares esgrimirían un choque de legitimidades entre las urnas (ciudadanía/representados) y el Congreso (clase política/representantes).

En todo caso, el desenlace del momento político en el que nos encontramos sigue estando muy abierto. A las estrategias de los partidos se suman, cuando no contraponen, las estrategias personales de los líderes políticos para sobrevivir. En el cálculo de los costes estará la respuesta que den las fuerzas políticas a la parálisis actual. Hay que recordar que Convergencia acabó por prescindir de Artur Mas como el peaje necesario para poder seguir gobernando en Cataluña. Por otro lado, podría cuestionarse que, ante unos terceros comicios, se presentaran los mismos líderes.

Sería deseable que en sus estrategias políticas, los partidos también tuvieran en cuenta el coste del descrédito de la clase política y el efecto que éste podría tener en la confianza de los ciudadanos en el sistema político. Si la nueva política no parece estar dando los resultados esperados, ¿qué opciones les quedará a los electores? o ¿cuál será el recambio?

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