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La vida ‘civil’ para un expresidente

Mientras que un 5% de los presidentes y primeros ministros proviene del sector de los negocios, un 20% de los ex presidentes y ex primeros ministros se van al sector de los negocios.

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Tony Blair dejó Downing Street y empezó a trabajar para JP Morgan Chase por algo más de dos millones de libras al año. George W. Bush se une al grupo Carlyle. Uno de los anteriores primeros ministros canadienses, Brian Mulroney, empezó a trabajar para Ogilvy Renault. En Australia, Bob Hawke- que llevó al partido laborista a un record histórico de tres victorias seguidas- después de su paso por la política vendía terrenos a inversores chinos. A nivel patrio, Aznar se incorporó al imperio de News International de Rupert Murdoch, mientras que Felipe González fue consejero en Gas Natural.

El profesor de la universidad Federico II de Nápoles Fortunato Musella ha recopilado las trayectorias de 290 primeros ministros y 151 presidentes después de dejar sus cargos. Lo ha hecho recogiendo datos de 441 líderes durante el periodo 1989-2011 en 78 democracias, cubriendo todo el mundo.

Es interesante el contraste con las trayectorias previas. La ruta hacia el poder que siguen los políticos es interesante. Ya a finales de los setenta, Dogan había estudiado las carreras de más de 1000 ministros y su conclusión fue que no sólo muchos de ellos habían pasado mucho tiempo en el Parlamento, sino que habían dedicado una parte muy sustantiva de su tiempo en actividades políticas o parapolíticas (eg. trabajando para otros ministros). El camino para llegar a ser presidente solía pasar por varios cargos y responsabilidades anteriores hasta llegar a la cúspide. Esto hacía que a) los presidentes de gobierno fueran personas mayores; b) apenas hubieran externos al juego político: prácticamente todos habían pasado por actividades institucionales y/o políticas. En este contexto, era extrañ que hubiera personas que venían del mundo de los negocios.

Así las cosas, los datos de Musella sobre las carreras una vez dejado el poder muestran que el 85% de los primeros ministros vienen de posiciones institucionales. Tan solo un 5% viene del mundo de los negocios, aproximadamente un 4% de puestos en partidos políticos o en el ejército y menos de un 1% de los medios de comunicación. Uno de los casos más sonados es Berlusconi: de los negocios al gobierno de Italia. En pocas palabras, en general para ser presidente en democracias lo normal es que primero se haya tenido experiencia institucional.

Un cambio interesante del trabajo que muestra el contraste con el pasado es la edad de los presidentes: cada vez son más jóvenes. Con independencia del sector del que provengan, más del 40% de los presidentes y primeros ministros lo hacen antes de cumplir los 50. Barack Obama entró en la Casa Blanca con 40 años; en España, Zapatero dejó el gobierno con 51, los mismos que Aznar. Nota: el benjamín de los líderes europeos actuales es el estonio Taavi Roivas, que fue nombrado primer ministro con apenas 35 años y había ejercido antes como ministro de asuntos sociales durante casi dos años).

Aunque comparado con los presidentes de otros tiempos, entren en el cargo antes, no quiere decir que su duración sea menor. En promedio, la duración de los mandatos está en algo más de cuatro años y medio (casi 6 en sistemas presidenciales y 4 en parlamentarios), por lo tanto, la gran mayoría deja su puesto antes de cumplir los 60. Y se descubren patrones interesantes: los líderes más longevos se dan en África (7,5 años), seguido de Norteamérica (casi 6); en cambio los líderes que menos duran están en Europa (menos de 4 años)

Como se ve, una vez se retiran, tanto los presidentes como los primeros ministros todavía tienen por delante unos cuantos años de actividad laboral. Y la pregunta es, por tanto, a qué se dedican después de sus años dedicados al servicio público. Lo que muestran los datos es que casi el 42% continúa en posiciones políticas o relacionadas con esta. Algunos de ellos vuelven al poder como la presidenta de Chile, Michelle Bachelet; mientras que otros se incorporan a instituciones como el ex primer ministro noruego Jens Stoltenberg que se incorporó a la OTAN en sustitución del también ex primer ministro noruego Anders Fogh Rasmussen. En segundo lugar, hay un 24% que decide retirarse: haber sido presidente o primer ministro es la cúspide de su carrera y, después de sus mandatos, se retiran. Casi un 10% termina procesado por corrupción y en el último grupo están aquellos que retornan a sus anteriores profesiones: tomaron la responsabilidad durante un tiempo y después vuelven a sus quehaceres anteriores.

El tercer grupo, y aquí viene la sorpresa, es que casi un 20% entra en empresas o inicia una nueva carrera, normalmente ganando cantidades de dinero considerables. No deja de ser curioso que el porcentaje de ex primer ministros interesados por los negocios se multiplique por cuatro comparado con el origen (recuérdese que tan solo un 5% de ellos proviene del sector de los negocios). Sería interesante averiguar por qué, en el nivel más alto, el mundo de los negocios atrae a tan pocas personas a las política mientras que, una vez los primeros ministros terminan sus labores se sienten tan atraídos por la empresa. Sin duda, el factor de la retribución debe contar: al fin y al cabo, y esto que escribo es impopular, los presidentes –en especial el español- ganan muy poco dinero en comparación con la responsabilidad que tienen.

Los hallazgos de Musella no deben incrementar el cinismo de nuestras sociedades. En primer lugar, es importante saber qué sucede específicamente en la vida de los anteriores representantes. En segundo lugar, este tipo de información es vital para a) analizar todo lo referido a las puertas giratorias; b) qué decisiones tomar para con los anteriores representantes. Las opciones más intervencionistas pasarían por largos periodos de inhabilitación. Pudiendo ser una opción, la pregunta que cabe responder es si, como sociedad, está bien que no se aproveche el capital de los anteriores primeros ministros. Las opciones menos intervencionistas probablemente sugieran una regulación laxa, como mucho. Si bien es difícil demostrar que el jefe del ejecutivo en el país X tomó una decisión concreta para beneficiar a la empresa Y, teniendo en cuenta que luego esa empresa le recompensaría en futuros consejos de administración, vemos en demasiadas ocasiones algunas pasarelas entre altos cargos y altos funcionarios de lo público y empresas privadas

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