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The Guardian en español

Sinjar, o lo que deja el Estado Islámico cuando se va

Imagen de archivo de una fosa común en una ciudad recuperada al Estado Islámico.

Emma Graham-Harrison

Sinjar —

Junto al montón de huesos blanqueados por el sol, de los mechones enmarañados de cabello humano y de las montañas de ropa descolorida, un folleto del ejército iraquí se agitaba con el viento. “¡Hemos venido a liberarles del Estado Islámico!”, decía. Para los enterrados en esa fosa común, llegó un par de años tarde.

A diez minutos en coche de allí, las ruinas de la ciudad de Sinjar. Calles enteras reducidas a escombros, signos con la religión de cada comerciante en las persianas de las tiendas (el EI hizo las marcas para que los guerrilleros supieran qué lugares saquear) y la amenaza de las bombas que quedaron sin detonar debajo de cualquier piedra o pedazo de metal.

Hace ya casi un año que Sinjar y sus alrededores, una región de la minoría yazidí, fueron liberados. Esta zona del norte iraquí se ha convertido en un símbolo de los sufrimientos vividos por la comunidad yazidí a manos del Ejército Islámico.

Pero desde la liberación no se ha hecho demasiado en materia de limpieza, no se ha reconstruido nada ni se ha hecho una investigación formal de las fosas comunes, aunque algunas de ellas están rodeadas ahora con alambradas o con cinta.

Tampoco se han restablecido los servicios públicos ni se ha pedido que regresen a los que escaparon en busca de refugio.

Casi un año después de la partida del EI, a la espera de que regrese la vida, una atmósfera fantasmal y de abandono aún recorre el lugar. En Sinjar hoy solo viven gatos, algunos soldados en actitud vigilante y los pocos comerciantes que los atienden. La destrucción es tan grande que algunos funcionarios consideran la posibilidad de dejar las ruinas como un monumento al sufrimiento de su gente.

Según el portavoz del gobierno local, Nasir Pasha Khalaf, “el 70% de la ciudad está destruido. Circula la idea de construir una nueva Sinjar y que ésta quede como un monumento conmemorativo”: “Limpiar y reconstruir la ciudad sería más caro que hacer otra desde cero”.

A medida que el grupo guerrillero pierde fuerza en Mosul y en sus bastiones aledaños, el lento ritmo con el que se recupera la ciudad es un sombrío aviso de los desafíos por delante; un recordatorio de que liberarse de los combatientes es solo el fin de la primera parte.

La destrucción social

El daño sufrido por las comunidades bajo el dominio del EI no fue físico solamente. Los guerrilleros destruyeron calles, hogares e iglesias, pero también la delicada red de relaciones políticas y personales que mantenía unida a una de las regiones con más diversidad religiosa de Irak.

Se ha quebrantado la confianza que alguna vez permitió a yazidíes y musulmanes oficiar de padrinos de sus respectivos hijos. Muchos refugiados acusan ahora a sus vecinos de unirse al EI para perseguirlos. Uno de los emires –comandantes– más importantes del grupo terrorista era vecino de la ciudad.

“Eran todos gente del lugar, nos golpeaban con cables, nos daban patadas y nos decían que debíamos convertirnos a su religión”, cuenta una mujer de Sinjar de casi 60 años, capturada y detenida por el EI casi un año. Para proteger a parientes aún prisioneros del EI, la mujer pide que no se revele su identidad. 

En la ciudad de Sinjar, la letra árabe equivalente a la Y en el frente de los edificios avisaba a los miembros del EI que se encontraban ante una propiedad yazidí, otra prueba de que los atacantes conocían a las familias que luego esclavizaron y masacraron.

Los agresores fueron particularmente crueles con un grupo al que denominaron “adoradores del diablo” por reverenciar a un ángel pavo real. Muchos refugiados yazidíes creen que les será muy difícil volver a vivir entre sus vecinos suníes mientras siga fresco el recuerdo de las atrocidades cometidas por el EI, en particular las fosas comunes desperdigadas por toda la región.

Un orden acabado

Los árabes también deben de andar con cuidado. En su caso, por los posibles castigos contra los que colaboraron o contra los que se sospecha que lo hicieron. Varios pueblos árabes en el camino a las montañas de Sinjar han quedado vacíos desde que los guerrilleros huyeran el año pasado. Ahora se encuentran en el mismo estado lamentable que los lugares víctimas de los ataques del EI.

El orden que había antes del EI probablemente se haya acabado para siempre. Ayudar a las comunidades muertas de miedo a construir un nuevo orden es el desafío que probablemente enfrentarán las autoridades de toda la meseta de Nínive alrededor de Mosul, uno de los lugares con más diversidad de Irak.

Hashd al-Shaabi, las fuerzas paramilitares chiíes autorizadas por el gobierno, anunciaron esta semana que 5.000 soldados se habían unido a la ofensiva por Mosul en una zona ubicada al sureste de Sinjar, cerca de la ciudad de Tel Afar. Además de provocar una dura reprimenda por parte del gobierno turco, la decisión reavivó los temores de que Irak no pueda controlar la misma tensión sectaria y religiosa que el EI aprovecha y empeora.

“Tel Afar es una ciudad completamente turca. Si Hashd al-Shaabi empieza a generar terrorismo, nuestra respuesta seguramente será otra”, dijo el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdoğan. 

Un gran obstáculo para la reconstrucción de Sinjar es que el frente de la batalla por Mosul se encuentra a solo unos kilómetros. Las calles de Sinjar están aún dentro del alcance de los morteros. Aunque falló, el EI lanzó hace poco dos audaces ataques suicidas sobre Sinjar, tal vez para distraer a las tropas que luchan por recuperar Mosul.

En uno de los ataques, que intentó derribar las defensas peshmergas, un escuadrón armado con bulldozer blindados, cruzó los terraplenes del camino sobre un puente improvisado y adosado a un vehículo. Los atacantes fueron detenidos, y un combatiente fue capturado a cierta distancia de la ciudad, pero la lucha sigue siendo desconcertante para muchos.

Sin confiar en nadie

“Volvimos por nuestras ovejas”, cuenta Laila, de 56 años, mientras prepara un cultivo de aceitunas en la casa vacía que ocupa con su hijo y su esposo, muy cerca de su anterior casa, ahora destruida. “Pero la situación de inseguridad está empeorando, creemos que tal vez tengamos que irnos de nuevo”.

El miedo y la desconfianza siguen también al otro lado de las enormes montañas de Jebel Sinjar, donde cientos de miles de personas escaparon del EI en agosto de 2014, y donde aún hoy viven más de 2.000 refugiados.

Los yazidíes son reacios a confiar sus vidas nuevamente a las fuerzas peshmerga de Kurdistán, que con el avance del EI abandonaron sus puestos y los dejaron a merced de las masacres y de la esclavitud sexual. Tienen solo un poco más de fe en el ejército iraquí.

“Queremos fuerzas internacionales”, se lee en un grafiti garabateado en la persiana de un negocio en la ciudad de Snuni, al otro lado de la montaña.

Aunque Snuni no fue tan dañado (el EI solo se quedó unos pocos meses), las repercusiones políticas de la lucha contra el grupo terrorista han impedido efectivamente su restauración.

Los combatientes kurdos sirios que intentaban hacer sentir su presencia en el área antes de que apareciera el EI fueron los primeros en tomar armas por los yazidíes. Generaron así un gran apoyo popular por parte de los pobladores, pero también el resentimiento del gobierno del Kurdistán Iraquí.

La rivalidad se convirtió en un auténtico enfrentamiento. Desde entonces, los dos grupos han reclutado a gran cantidad de yazidíes. Sus decenas de combatientes se enfrentan unos a otros en la montaña. La zona está plagada de puestos de control del rival, carteles con mártires y guardias con los nervios a flor de piel.

La confrontación parece haber impedido cualquier intento de restaurar la energía o el agua, de volver a abrir las escuelas o de animar a los cientos de miles de refugiados varados en campamentos a que regresen a sus hogares. Algunos yazidíes temen que el desmantelamiento de los servicios locales sea a propósito.

Según Saoud Fahad (24), dueño de una casa de cambio, “la gente volvería si hubiera servicios públicos, agua y electricidad”. Él regresó a su hogar a solo unos días de la marcha del EI. “Cuando vino el EI, nos fuimos a la montaña, pero apenas se fueron, volví y alquilé este negocio”, contó. “Creíamos que si nosotros íbamos, y todos los demás se iban, no habría más yazidíes en la montaña”.

“El califato sobrevivirá” se puede leer cerca del local de Fahad, en los grafitis borrosos pintados sobre unas antiguas oficinas del EI. Daesh ya no está. Sus políticas de odio y violencia son más difíciles de borrar.

Traducción de Francisco de Zárate

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