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INTERNACIONAL

ANÁLISIS

Cómo Trump ha ganado estas elecciones: un mensaje simple, fama y una rival impopular

Trump se dirigió a los corazones de los votantes, no a sus cerebros, en un país cuyo patriotismo nunca debe subestimarse

Durante una década, a millones de espectadores se les transmitió la noción de que Trump era un exitoso hombre de negocios, un jefe poderoso que podía exclamar: “¡Estás despedido!”

A muchos electores les gustó que Trump atacara a la casta del partido. Los ataques de Romney y de otros políticos contra Trump no hicieron más que encumbrarlo.

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EFE

La suya es  una de las victorias más sorprendentes de toda la historia de Estados Unidos. Este resultado ha sacudido a millones de estadounidenses y a personas del mundo entero. Se preguntan qué pasará a continuación y también: ¿Cómo lo ha conseguido?

Trump se ha convertido en el primer presentador de un reality de televisión y el primer candidato sin experiencia en política desde Dwight Eisenhower, que consigue ganar las primarias de uno de los dos grandes partidos políticos de Estados Unidos. También ha sido el primer candidato que se ha pasado los primeros meses de la campaña presidencial defendiéndose de denuncias de agresión sexual. Se ha enfrentado a la familia de un soldado muerto y a una Miss Universo. A sus 70 años, se convierte en el presidente más mayor de la historia de Estados Unidos.

Un mensaje simple

Trump copió y reformuló la promesa que en su día hizo Ronald Reagan: conseguir que Estados Unidos recupere su grandeza. Esta afirmación contiene un mensaje de optimismo y de pesimismo, de esperanza y de miedo. Con esta promesa, evoca una supuesta era dorada, tal vez la década de los cincuenta o la de los ochenta, sugiere que esa grandeza se ha perdido y promete recuperarla.

Tocó la fibra más sensible de los electores, a diferencia de Hillary Clinton, con un manifiesto publicado en su página web y otras propuestas etéreas.

Se dirigió a los corazones de los votantes, no a sus cerebros, en un país cuyo patriotismo nunca debe subestimarse.

El pasado septiembre, Chris Matthews, un presentador de MSNBC, dijo: “Gran parte del apoyo a Trump, un hombre que frecuentemente muestra sus defectos, tiene que ver con un sentimiento de país; el patriotismo de los ciudadanos y su sensación de que los políticos no han sabido defender los intereses de Estados Unidos. Tienen la sensación de que los líderes, la élite, no están impulsando las medidas adecuadas en torno a la inmigración, ni velan por nuestros intereses comerciales o los intereses de la clase trabajadora. Nos obligan a ir a guerras sin sentido. Sus hijos no van al frente pero nuestros hijos, sí”.

Celebridad

En 2003, Trump se convirtió en el presentador del reality The Apprentice (El aprendiz) en el que distintos candidatos competían para poder trabajar en su empresa. Durante una década, a millones de espectadores se les transmitió la noción de que Trump era un exitoso hombre de negocios, un jefe poderoso que podía exclamar: “¡Estás despedido!”.

Gwenda Blair, biógrafa de Trump, señala: “Durante diez años, para los espectadores estadounidenses Trump fue el jefe, el director general de un conglomerado de empresas, la persona que podía contratar y también despedir, el hombre que tenía soluciones para los problemas, el que todo lo sabía, un tipo autoritario y patriarcal”.

Este mensaje ha calado. Muchas personas le creen, están convencidas de que es de fiar. Esto debe ponerse en el contexto del fenómeno del auge de los reality, que han propiciado que el espectador acepte como real una situación que es pura ficción. Esto ha dado lugar a una nueva versión de lo que es real, que se acepten medias verdades”.

En un contexto en el que los medios de comunicación tienen un gran peso, Trump acumuló no solo dinero, sino también fama. En estas elecciones, este capital económico y mediático ha dado sus frutos.

Su rival

Trump se enfrentó a una rival, Hillary Clinton, que era más impopular que él. Es la esposa de un expresidente y se proponía suceder a un presidente demócrata que ha estado ocho años en la Casa Blanca. En un año en el que uno de los elementos clave ha sido la necesidad de cambio, Clinton es la pura reencarnación del establishment de siempre. La vulnerabilidad de Clinton ya quedó en evidencia cuando en las primarias tuvo que esforzarse para ganar a otro candidato demócrata, Bernie Sanders, un socialista de 74 años de Vermont. La campaña de Sanders se centró en denunciar una economía corrupta. En las regiones del país que han visto cómo sus fábricas se cerraban y cómo los salarios de los trabajadores bajaban, Trump lanzó un mensaje parecido al de Sanders y denunció los tratados internacionales de comercio y la globalización. 

Muchas personas que se sienten atrapadas en una viciosa espiral económica y que creen que sus hijos estarán todavía peor en le futuro han buscado una solución mágica, y Trump se la ha prometido. Como ha quedado demostrado con la victoria de otros candidatos populistas en otras partes del mundo, ahora mismo hay una tendencia mundial contra la que ni Clinton ni los demócratas pueden luchar.

Clinton tiene una larga carrera política a sus espaldas y cargaba con algunos lastres pesados, el más conocido, la investigación impulsada por el FBI en torno al uso que hizo Clinton como Secretaria de Estado de su correo electrónico personal. Se consideró que había sido “extremadamente descuidada” y esta cuestión ha estado presente durante prácticamente toda la campaña. A finales de octubre Clinton ha tenido que defenderse todavía con más fuerza ya que el FBI indicó que había descubierto que la cifra de correos enviados era mayor de lo que inicialmente se pensaba. Los historiadores tendrán que decidir cómo de importante fue el papel desempeñado por el director del FBI, James Comey, en unas elecciones en las que los puntos más débiles de Clinton como política han quedado al descubierto.

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La recuperación del Partido Republicano

Aparentemente, Trump declaró la guerra a su partido. Durante y también después de unas primarias que fueron traumáticas, no dudó en atacar a la familia Bush, al presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, a los excandidatos Mitt Romney y John McCain y a muchos otros destacados miembros del partido. La casta del partido hizo un frente común y en condiciones normales esto debería haber tenido un coste político y económico para Trump.

Sin embargo, a muchos electores les gustó que Trump atacara a la casta del partido. Se quejaron de que muchos congresistas no habían cumplido las promesas que les habían hecho. Lamentaron los años de estancamiento y de la incapacidad del gobierno para propiciar un cambio. Así que los ataques de Romney y de otros políticos contra Trump no hicieron más que encumbrarlo. Trump no tuvo que hacer nada más que presentarse como una persona ajena a la política que lucha en solitario contra la corrupción y contra un gobierno pasivo. 

Lo cierto es que el Comité Nacional Republicano siempre confió en él. El presidente del Comité, Reince Priebus, se apresuró a presentarlo como el candidato del partido y supo disculpar, justificar y dar la vuelta a todas sus salidas de tono. El jefe de estrategia y responsable de comunicación del Comité, Sean Spicer, se convirtió en un fiel defensor de la causa de Trump. De alguna manera, y a pesar de muchas señales de alarma, la maquinaria del partido siguió trabajando para conseguir una victoria que parecía imposible.

Antítesis

El censo demográfico parecía jugar en contra de Trump. Cuando Obama fue elegido en 2008, el 74% de los votantes eran blancos. En 2012, los blancos representaban el 71% de los votantes y en 2016, se preveía que los blancos iban a representar solo el 69%. Tras la derrota de Romney en 2012, un informe de “autopsia” del Partido Republicano recomendaba intentar captar el voto de las mujeres y de las minorías. Trump hizo todo lo contrario.

Lo cierto es que también se deben sopesar otros factores. Los demócratas han estado en la Casa Blanca ocho años. Clinton se hubiera convertido en la primera candidata en conseguir que un partido ganara unas terceras elecciones consecutivas desde la victoria de George HW Bush en 1988. Ni siquiera la popularidad de Obama ha conseguido cambiar el voto de los ciudadanos.

En enero, David Axelrod, uno de los arquitectos de las victorias de Obama, escribió en The New York Times que: “Las elecciones presidenciales son moldeadas por el estilo y la personalidad del presidente. Los votantes no suelen votar a alguien que se le parezca. Normalmente, quieren a alguien distinto que sea capaz de abordar los problemas que no ha sabido resolver el equipo saliente, alguien con unas virtudes que el presidente saliente no tiene”.

Agregó: “Para muchos republicanos, muchas de las virtudes que mostró Obama en las elecciones de 2008 y lo ayudaron a ganar, son defectos. La reflexión se percibe como vacilación. La paciencia, como debilidad. Su llamamiento a la tolerancia y a promover la creciente diversidad del país ha indignado a muchos republicanos, que perciben este cambio demográfico como una amenaza.

En el Partido Republicano, ¿Quién está más a las antípodas de Obama que Trump, con su discurso agresivo y su carácter autoritario?”.

Misoginia, racismo y nihilismo

Trump no tiene autocontrol. Con su comportamiento indignante y sus declaraciones ofensivas, insultó a las mujeres, a los afroamericanos, a los mexicanos, a los musulmanes, a las personas discapacitadas y, en general, a todo aquel que defienda los valores democráticos que establece la Constitución de Estados Unidos. En el contexto de unas elecciones normales no hubiese tenido ninguna posibilidad de ganar. Sin embargo, los medios de comunicación se hicieron eco de sus opiniones y fueron muchos los que le dieron la razón. Por otra parte, muchos ciudadanos no podían soportar la idea de tener a una mujer en la Casa Blanca. Otros demostraron que el racismo no es cosa del pasado y que, de hecho, desde la victoria del primer presidente afroamericano, ha ido en aumento en algunas zonas del país.

Según una encuesta reciente del Public Religion Research Institute, una mayoría de estadounidenses blancos, el 56%, entre los que se incluyen tres de cada cuatro protestantes evangélicos (74%) afirma que Estados Unidos ha ido a peor desde la década de los cincuenta.

Se trata de un voto de protesta que recuerda al resultado del referéndum sobre el Brexit. En una entrevista al programa de la NBC Meet the Press realizada en octubre, el cineasta Michael Moore indicó que: “A lo largo y ancho del medio oeste, en las zonas que tradicionalmente fueron industriales, muchas personas están furiosas. Para ellos, Donald Trump es como un cóctel Molotov humano y lo quieren lanzar contra la clase política. Creo que les gusta la idea de hacer estallar el sistema político por los aires”.

Traducido por Emma Reverter

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