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Elecciones vascas sin asesinatos, sin miedo

Durante años, las campañas electorales llevaban incluidas el asesinato como un ingrediente más que probable; la violencia terrorista copaba el debate político y el miedo era un ingrediente consustancial para muchos al ir a votar

Debería celebrarse esta normalidad, aunque sea para compensar la cantidad de años en los que los asesinatos anegaban las campañas electorales y los periodistas sabíamos que era cuestión de tiempo que se produjera un atentado

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Que estemos en campaña electoral en el País Vasco con la seguridad de que no habrá atentados, con los candidatos que antes llevaban escolta libres en sus movimientos y con una agenda política e informativa ya no monopolizada por el terror, es motivo de celebración y alivio.

Durante demasiados años, las campañas electorales llevaban incluidas el asesinato como uno de sus ingredientes más que probables; la violencia terrorista copaba el debate político y la agenda de los medios y el miedo era un ingrediente consustancial para muchos al ir a votar.

Llevamos cinco años desde que ETA (octubre 2011) reconoció su derrota al anunciar que no asesinaría más, y ya nadie parece reparar en este hecho de hoy, feliz e inédito hasta las anteriores autonómicas.

Debería celebrarse esta normalidad, aunque solo sea para compensar la cantidad de años en los que los asesinatos anegaban las campañas electorales y los periodistas sabíamos que era cuestión de tiempo que se produjera un atentado.

Sin embargo, no se comenta prácticamente esta feliz normalidad, como si no se le diera importancia, o como si se quisiera con ese silencio, más o menos consciente, olvidar a toda prisa los años de atentados programados. Hemos pasado del empacho de ETA a no citarla. Como si no hubiera existido. Vemos incluso cómo en las menguantes manifestaciones de apoyo a los presos terroristas que se han dado durante las fiestas de agosto, hay ya dos grupos enfrentados y que salen a la calle por separado. La eterna dialéctica de los traidores, inherente a la banda.

Estamos en el momento del relato. En el punto de contar lo que ha pasado, ahora que crece el tiempo desde el último crimen y desaparecen los miedos que a tantos bloquearon.

En esta línea, se acaba de publicar Patria, de Fernando Aramburu. Cuenta la historia de dos familias vascas, amigas, en la que hay una victima de ETA, en una, y un victimario, en la otra. Es un inmenso reportaje de lo pasado, como eran una crónica Los peces de la Amargura y Los años lentos, las dos novelas anteriores de Aramburu, escritas no sé si con vocación de trilogía, pero que la acaban de componer.

Hace unos días hicieron explotar un artefacto pendiente de la Guerra Civil, han pasado setenta años desde que alguien lo lanzó. Quedan aún muchos artefactos por contar, muchas historias que sirvan para explicar por qué en un momento de la historia reciente, un grupo de jóvenes decidió que asesinar a los previamente fabricados como enemigos era la forma fetén de estar en el mundo.

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