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Euro no, euro sí y viceversa. Una propuesta

Si la izquierda aspira a impulsar un proceso de transformación más profundo, es fundamental pensar, además, sobre qué bases económicas habría de construirse aquél, independientemente de si es dentro o fuera del euro.

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Hace poco más de dos años, los economistas Michel Husson, Costas Lapavitsas y Özlem Onaran comenzaron un intenso debate acerca de si la salida del euro debería convertirse en el elemento central de la estrategia de la izquierda europea para enfrentarse a la crisis. El debate se ha extendido rápidamente y los argumentos a favor y en contra de la salida de la moneda única han sido profundizados y matizados. Sin embargo, la cuestión de las propuestas alternativas a emprender, ya sea dentro o fuera de la moneda única, apenas ha sido trabajada.

La puesta en marcha del euro significó la renuncia a dos instrumentos básicos de la política económica de los Estados: las políticas monetaria y cambiaria. Existen diversas posiciones acerca de lo que esa renuncia supuso, pero parece haber cierto consenso en cuál fue la dinámica macroeconómica general que siguió a la creación de la Unión Monetaria. La generación de grandes flujos de capital desde las economías centrales de la Unión Europea hacia las periféricas impulsó la formación de burbujas especulativas en detrimento de la capacidad competitiva de la industria nacional. Esto provocó un desequilibrio comercial creciente entre las economías centrales y las periféricas y, con él, un marcado incremento de la deuda privada. La socialización de ésta por medio de rescates bancarios ha desencadenado ahora crisis de deuda pública, poniendo en duda la viabilidad del proyecto de la moneda única.

Este peligro ha llevado a algunas instituciones y gobiernos europeos a plantear diversas medidas “extraordinarias”, como la compra de deuda pública en los mercados secundarios por parte del Banco Central Europeo; o las propuestas de emisión de “eurobonos” y de incrementar la coordinación fiscal al interior de la UE. Sin embargo, las políticas de ajuste exigidas por la “troika” para acceder a sus fondos de rescate financiero han hecho afirmar a algunos economistas que la salida del euro es la única manera de eludir las nefastas consecuencias que aquéllas están provocando. La simultánea declaración del impago de la deuda, así como la recuperación de la política monetaria y de la capacidad de devaluar la moneda harían posible, según ellos, la puesta en marcha de una política económica anti-crisis de carácter expansivo, poniendo las bases para una transformación más amplia.

Esta estrategia se enfrentaría a diversos problemas, relacionados con la dependencia exterior, tanto productiva, financiera y comercial, como monetaria, que seguiría existiendo. Además, salidas unilaterales del euro de diversos países podrían desencadenar una guerra de devaluaciones competitivas entre ellos. Todo ello ha llevado a otros autores, incluidos algunos miembros del partido griego Syriza, a cuestionar que dicha opción se pueda convertir en una solución para los problemas que afronta el sur de Europa. Frente a dicha estrategia, plantean la necesidad de una unión de las izquierdas europeas en torno a un programa de reivindicaciones compartidas que, según Onaran, podría incluir la resistencia contra las políticas de austeridad; una reforma del sistema fiscal progresiva; el establecimiento de controles de capital; la nacionalización y control democrático de los bancos; así como la auditoría ciudadana y, con ella, el impago de la parte ilegítima de la deuda.

Es cierto que la tarea más urgente que tiene la izquierda europea es frenar en seco la ultra-regresiva estrategia de salida de la crisis impuesta por la troika y nuestros gobiernos. Sin embargo, si la izquierda aspira, de verdad, como debería, a impulsar un proceso de transformación más profundo, es fundamental pensar, además, sobre qué bases económicas habría de construirse aquél, independientemente de si es dentro o fuera del euro. En este sentido, Armando Fernández Steinko afirma acertadamente que “[l]o principal es cómo, con qué y con quién crear una estructura económica y laboral con capacidad de financiar de forma perdurable un orden político y social justo, democrático y sostenible”.

Para lograrlo se podría tomar como referencia la propuesta de creación de un sistema monetario tendente a promover relaciones equilibradas entre países, hecha en 1944 por John M. Keynes. El economista inglés pensaba que las economías superavitarias eran igual de responsables de los desequilibrios comerciales internacionales que las deficitarias. Por ello, creía necesario que se adoptasen mecanismos que supusiesen la corresponsabilización de las primeras en la corrección de los saldos negativos de las segundas. Es decir, una concepción opuesta a la de los planes de ajuste impuestos por el FMI en África y América Latina para enfrentar la crisis de la deuda de los años ochenta, y también a aquélla con la que ahora se tratan de justificar las medidas exigidas por la troika a la periferia de Europa, medidas que están comenzando a generar aquí las mismas “décadas pérdidas” sufridas antes allí.

Para evitar desequilibrios y posteriores ajustes como los que han acompañado a esas diferentes crisis, Keynes proponía, en primer lugar, la creación de una moneda internacional cuya oferta se pudiese ampliar o reducir con el objetivo de estimular el crecimiento; en segundo lugar, la puesta en marcha de una cámara internacional de pagos donde las operaciones comerciales de cada país se compensasen por su importe total; y, finalmente, el establecimiento de un mecanismo de reequilibrio interno (basado en el cobro de intereses sobre los saldos que cada país mantuviese en la cámara por encima de una cuota máxima) para asegurar que todos los países desarrollasen una balanza comercial equilibrada.

A pesar de que la propuesta puede parecer técnicamente compleja, en realidad podría adoptarse sin ningún problema si existe voluntad de ello. Así lo hicieron los países de la ALBA, que desde 2009 han dado forma a un Sistema Unitario de Compensación Regional de Pagos ( SUCRE). Siguiendo los principios del “Plan Keynes”, estos países han introducido una novedad fundamental en la propuesta: la creación de un “Fondo de reservas y convergencia comercial” que irá captando los saldos comerciales de las economías superavitarias que superen un máximo para reinvertirlos en proyectos productivos en los países deficitarios, promoviendo así una convergencia económica real. Aunque lentamente, este sistema ha avanzado durante los últimos años, mostrando que es posible transformar la lógica de la competencia y el ajuste en la de la cooperación, la redistribución y la complementariedad.

Un proceso de integración como el presentado permitiría a los países del sur de Europa dar respuesta a algunos de los problemas más importantes que una salida unilateral del euro plantea, entre ellos, reducir las dependencias productiva, comercial, financiera y monetaria externas y evitar las devaluaciones competitivas. Lo podría hacer, además, promoviendo la expansión económica, en vez de la austeridad, como solución a la crisis. Más aún, si el sistema propuesto se viese acompañado por medidas de control democrático de la economía (como la socialización del aparato financiero y la recuperación de sus sectores estratégicos) también podría convertirse en una herramienta para alterar la estructura productiva y los principios de organización económica de los países que formasen parte de él.

Para poder impulsar cambios tan profundos haría falta, claro, la formación de sujetos políticos suficientemente fuertes, así como una coordinación de las luchas de la izquierda europea. Ambas realidades parecen muy lejanas actualmente. Sin embargo, esto no invalida la necesidad de dar forma a lo que sería la base económica de una alternativa política. No en vano, la necesidad de ponerla en marcha podría sobrevenir si uno o más países se enfrentasen de manera abierta a las políticas de austeridad impuestas en respuesta a la crisis de la deuda y se viesen obligados, o decidiesen, abandonar la moneda única. No obstante, más allá del potencial transformador para los países de la zona euro, este proyecto no debiera limitarse a una dimensión continental. De hecho, sólo sobre la base de un proyecto de carácter realmente internacionalista y cooperativo sería posible empezar a pensar en un proceso de transformación social perdurable en el tiempo.

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