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La justicia es manca

La justicia en España no solo no es igual para todos, sino que resulta mucho mejor para unos que para otros

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El CGPJ mantendrá a Ruz hasta que concluya los casos Gürtel y Bárcenas

El juez Pablo Ruz. / Efe

Todos hemos oído alguna vez que la justicia para ser tal debe actuar como si fuese ciega. Así se garantiza que ni la condición, ni el nombre, ni la posición de aquellos a quienes enjuicia van a tener el menor impacto en sus veredictos. No sabemos si en España es ciega, aunque todos tenemos la impresión de que no solo no es ciega sino que ve de más. Lo único que sabemos seguro es que parece manca porque siempre lleva un brazo atado a la espalda.

La dureza de las penas solicitadas contra el plebeyo Urdangarin pone aún más en evidencia la levedad y gracia del tratamiento aplicados a la realeza y a la infanta Cristina. Igual que subraya el penoso estado de nuestra Justicia que llevemos días hablando del puesto del juez Pablo Ruz, de si sale –como al final ha sido– o no sale a concurso la misma plaza que se prorrogó en comisión de servicios cuando el juez aún no dictaba esos autos que hablan tan claro de la financiación ilegal del PP.

La yenka del CGPJ con el juez Ruz ha resultado un espectáculo casi tan enojoso como contemplar al fiscal general del Estado pasar por el forro de sus voluntades el criterio de los fiscales catalanes respecto a la querella contra Artur Mas. Estos son mis principios penales pero si no le gustan al Gobierno tengo otros, que diría Groucho Marx si fuera fiscal o juez, viviera en España y le hubiera nombrado el Gobierno.

Sostiene el ministro de Justicia, Rafael Catalá, que no sería un drama que Pablo Ruz dejase la Audiencia. Tiene mucha razón. Sería una fiesta para algunos, un resultado muy conveniente para los intereses de un Partido Popular que necesita desactivar la bomba de la Gürtel por cualquier medio necesario. No hay mejor artificiero que un juez a quien le toque ahora andar aprendiéndose y colocando los cables de una instrucción que el juez Ruz conoce y debería terminar por el bien de la justicia y por encima de cualquier otra consideración o urgencia.

Lo que seguro que no constituiría drama alguno es que el ministro Catalá dejase de ocupar esa cartera y al frente de la Justicia española se situase a alguien consciente del peligro inminente que supone que, en España, muchos estemos convencidos de que la justicia no solo no es igual para todos, sino que resulta mucho mejor para unos que para otros.

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