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Trump atiza el choque global de las clases medias

El nacionalismo económico de la nueva Administración va a resultar desestabilizador para algunos países y para el mundo

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Donald Trump, el evangelista de los enojados

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump. EFE

El primer objetivo, la primera obsesión de un presidente que entra en la Casa Blanca es intentar cambiar la realidad (esencialmente a su gusto y al de los que le han elegido, más allá de cambiar la realidad percibida con noticias o datos falseados) pues en eso consiste la política bien entendida. La segunda es lograr su reelección cuatro años después, y, a medio mandato, evitar perder dentro de dos años la mayoría republicana con que cuenta en las dos cámaras del Congreso, como le pasó a su predecesor.

En cierto sentido, puede tener éxito a corto plazo (Wall Street apuesta por ello), a costa de aumentar la deuda y del déficit (pero poco le importa), con menos impuestos (sobre todo para empresas y los más ricos) y más gastos en defensa y en una necesaria obra pública que cree más empleo. Este último era el plan de Obama que el Congreso no le dejó aplicar. ¿Se lo dejará a Trump? Con límites e insistiendo en acuerdos público-privados.

Pero a la vez, con las medidas proteccionistas y anti-inmigración unilaterales que va desgranando, puede atizar el choque global de las clases medias y trabajadoras: las de EEUU (y de otras economías maduras) que han venido a menos con la globalización y la automatización, y las de las economías emergentes o en desarrollo que quieren seguir emergiendo. Lo cual, a través de su traducción política, también en dictaduras, puede llevar a situaciones peligrosas y desestabilizadoras.

Trump puede trastocar las cadenas globales de valor que están en la base de la globalización. Y frenar así el desarrollo de países enteros que se han beneficiado de la deslocalización de mano de obra y de la tecnología que acompaña este fenómeno (como en su día nos beneficiamos en España). Obligar a repatriar tareas no es garantía de que así se reducirá el déficit comercial (de hecho, su discurso proteccionista se dirige esencialmente a los países con los que EE UU mantiene tal desequilibrio y poco habla de que la nueva fortaleza del dólar va en su contra) ni que repatriará mucho empleo, pues muchas de las tareas que pueden volver las desempeñarán máquinas (y se necesitarán menos personas para operar estos robots).

Según The New York Times, EEUU manufactura un 85% más que hace 30 años, en 1987, con dos terceras partes menos de empleos. Sin embargo, la Doctrina Comercial de Trump, tal como ha explicado Wilbur Ross, su propuesto secretario en este campo es que acuerdos que suscriba su país "deben aumentar la tasa de crecimiento de la economía, reducir el déficit comercial y reforzar la base industrial [manufacturera] de EEUU". Es decir, puro nacionalismo económico.

Pero esa es la base de su elección: las clases medias y trabajadoras –sobre todo aunque no sólo–, los varones blancos en la "América Profunda", que han perdido con la globalización (y con la automatización), y que, efectivamente, habían sido olvidados por mucho demócrata y también mucho republicano. Pero por tales medidas las clases medias y trabajadoras en otros países, empezando por México, pero también China y otras, además de por los robots propios o ajenos, se pueden ver seriamente afectadas por una reducción de sus exportaciones, o de sus trabajadores emigrados a EEUU, cuando sus remesas –como las de los inmigrantes en Europa hacia África– son una fuente importante de ingresos para el país. México puede desestabilizarse por dentro y generarse una involución en sus reformas internas, además de provocar, pese al muro que piensa ampliar y las medidas contra las ciudades que acojan a inmigrantes sin papeles, una avalancha de emigración hacia el Norte.

Podemos vivir, no un choque de civilizaciones en el sentido de Huntington –aunque la supresión temporal del español de la página web de la Casa Blanca es significativa–, no una lucha de clases en el sentido marxista, sino un choque de clases a nivel global que puede resultar muy desestabilizador. De hecho, este doble fenómeno de desclasamiento/reclasamiento lleva tiempo en marcha. No hace mucho, millares de jóvenes se manifestaban en París exigiendo "vivir como nuestros padres". Casi a la vez, se producían en Brasil manifestaciones de integrantes de las nuevas clases medias pidiendo no retroceder en sus avances. Lo que hace Trump es atizar este enfrentamiento indirecto, olvidando, además, las lecciones de los años 30 del siglo pasado.

La manera de evitar este choque es rehuir del proteccionismo –al que tiende Trump– al menos por los demás, compensar a los perdedores de la globalización y la automatización en los países desarrollados y seguir apostando por el crecimiento de las economías emergentes en las que han salido miles de millones de personas de la pobreza y muchas se han incorporado a las clases medias, aunque queden algo más que bolsas de pobreza en África y buena parte de Asia.

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