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¿Y ahora qué?

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La semana pasada en este mismo blog, Isaac Rosa publicaba un artículo sobre el avanzado estado de descomposición de nuestro régimen político y planteaba la urgencia de hacernos todos una pregunta ante este derrumbe acelerado: ¿Y luego qué? El siguiente texto es mi aportación personal a la cuestión y una respuesta diferente a la suya con la que me gustaría abrir un debate tanto con él como con vosotros.

Creo que Isaac acierta en el diagnóstico de los síntomas de la agonía de una era (corrupción, descrédito político, indignación en la calle, injusticia institucionalizada, desmantelamiento del Estado social…), pero no comparto su afirmación de que no tenemos preparado un recambio al modelo vigente. Discrepo de él cuando dice que el régimen se hunde más deprisa que nuestra construcción de soluciones, y mucho menos coincido con su temor a que podamos caer en el populismo de un Berlusconi como ocurrió en Italia cuando la corrupción acabó con la socialdemocracia y la democracia cristiana.

La alternativa ya existe, Isaac. ¿Qué crees que has estado haciendo en estos últimos años, tú entre tantos? No es visible. No es un partido político concreto. Es un cambio de conciencia y una conciencia de cambio. Ese cambio se ha producido y empieza a ser mayoritario. Alcanza a todos los estamentos, incluso en los más acomodados y conservadores como médicos y jueces. Y es el resultado no sólo de la podredumbre del sistema, también de toda esa protesta y propuesta ciudadana que parece que ha sido desoída pero en realidad ha ido calando como la lluvia fina y ha colaborado al colapso actual del sistema, ha ayudado a hacer visible la podredumbre de las estructuras, ha ido sumando voces críticas y está obligando al periodismo a hacer periodismo.

No es solo una impresión que he recabado en personas de ideología muy distinta de mi entorno más cercano, es una evidencia que reflejan las encuestas en periódicos de perfil diverso. La opinión pública está huyendo en masa de la política grande, como la llamaba el monarca en su discursito navideño. La desconfianza hacia los partidos mayoritarios y las grandes instituciones es casi del 100%. La corrupción no es mayor que hace décadas pero sí el hartazgo. Antes el bienestar nos anestesiaba. Sin anestesia y sin recursos, el robo duele como si te arrancaran un brazo.

Es cierto que los españoles han votado a ladrones y corruptos durante décadas y hasta recientemente. Sin embargo, también es verdad que estamos viendo en los últimos meses, años incluso, un lento pero inexorable cambio de mentalidad en la ciudadanía, un despertar de la conciencia política y el surgimiento de un tejido social activo que pelea por una democracia más representativa, participativa y responsable. Estamos doblando una esquina y dejando atrás una calle maloliente por la que cada vez menos personas quieren transitar. El edificio no lo están tirando solo desde dentro, Isaac. Son muchos los que han colaborado desde hace mucho tiempo y desde fuera para derribar su obsoleta y podrida estructura. No llega demasiado pronto el desmoronamiento, Isaac. A algunos se nos está haciendo muy largo porque ya vemos que existe el recambio.

Ahora solo hace falta que se desmorone el anterior edificio para construir el nuevo. Es el viejo edificio el que nos impide ver que ya hay cimientos para regenerar la casa. Pero lo más importante está hecho: la opinión pública quiere una casa nueva, más limpia, más cercana, más responsable, distinta. Puede que muchos no lo vean. Creo que el error es pensar que tenía que haber aparecido un partido que recogiese el descontento y lo articulase en una única voz. Puede que ese partido llegue pero no es necesario. Las alternativas existen ya dentro y fuera de la política institucional. Hay partidos y voces dentro de los partidos más pequeños que las están recogiendo. Y hay proyectos fuera que ya están actuando y que tendrán su protagonismo en la vida política venidera.

Hay partidos que pueden vehicular parte de ese discurso: IU y Equo por la izquierda, UPyD por la derecha y el centro, y otros partidos nacionalistas como CUP, Ezquerra, Ciutadans, Amaiur, BNG... No les queda más remedio que hacerlo. Lo harán porque la presión social les obligará a ello. Es su momento de armar mucho ruido, meter mucha presión a los grandes y servir de altavoz a la indignación de la calle que pide que rueden las cabezas de los culpables. Es su momento de dar pasos al frente, de agitar las calles y de conseguir que cambie un sistema electoral que penaliza a los más pequeños.

Es el momento. Los grandes partidos están colapsando. La cultura de la Transición agoniza. Creo que sería muy favorable para nuestra democracia que la demolición sea mayúscula, que se lleve a los mastodontes por delante y deje hueco a otras propuestas más frescas y menos contaminadas. Hace unos meses pedía desde aquí al señor Rubalcaba que se fuese para dejar sitio a un líder de la oposición más consistente que pusiese freno al exterminio que está llevando a cabo el Gobierno popular. Aquel artículo me generó un interesante debate en la red con otros internautas que, unido a circunstancias posteriores, me ha llevado a una conclusión distinta: creo que Rubalcaba debe seguir para terminar de hundir a un partido que no reacciona y dejar paso a otras opciones de izquierda, de verdadera izquierda. Y si el PSOE quiere unirse a esa izquierda tendrá que desmoronarse primero ante los ojos de todos.

Aunque nos cueste verlo, el hundimiento político y económico de nuestro país puede ser muy positivo. Nos obliga a una regeneración global. Puede que me equivoque o sea demasiado optimista pero creo que la ciudadanía está dispuesta a llevarla a cabo. Estamos preparados. Por eso creo que la pregunta que nos lanzaba Isaac Rosa debe plantearse no en futuro sino en presente. No es "¿y luego qué?", sino "¿y ahora qué?". Parafraseando a Montoro: que se hundan pronto que antes nos levantaremos nosotros.

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