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Tengo un calzador y tiesto para usted (ficción)

Desde un anuncio que aparece con frecuencia en mi televisor, y que rebotan las redes sociales, se anuncia y me anuncia: quiero darle las gracias, dice

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Este es un relato negro (presentado con nulo éxito al Premio de Asesinos Insatisfechos: eran tantos) y nada de lo que en él se sugiere tiene relación con la realidad de este país. Ni siquiera con la irrealidad.

Se inicia así.

En una de las estanterías de mi casa, entre libros, como es natural, reposa un bello objeto que me regalaron hace tiempo. Se trata de un calzador de acero inoxidable, en forma de zapato femenino con tacón de aguja, de diseño etéreo pero de masa contundente: fuerte, potente y fácil de agarrar para calzarte sin tomar asiento y especialmente indicado, también, para utilizarlo como arma defensiva, tanto si quieres darle al posible intruso que te viola la intimidad en la sien con el femenino tacón, como si deseas hundirle la cúpula de los sesos con el talón, o hacerle callar metiéndole la punta por la boca.

Contemplarlo me tranquiliza. Cuando suena el timbre a horas intempestivas, lo cojo de pasada, camino de la puerta, y su peso y tamaño me reconfortan. Abro, saludo, pongamos que, por ejemplo, le digo a la pareja imberbe que me asalta que no, que no quiero cambiar de compañía de gas o de sabandija eléctrica, que gracias pero ya basta, que no soy una dama fácil de convencer, que no me tutee, que no necesito cualquier compañía (ni humana ni de servicios) para paliar mi pretendida soledad. Mientras hablo, acaricio con la mano, que mantengo a la espalda, ese perfecto objeto de depurado diseño Blahnik, y elijo mentalmente el extremo con el que lo sujetaré en el momento oportuno, decisión directamente derivada del paso previo, que ha sido escoger con qué punta del zapato de acero les atizaré, y en dónde.

Cuando se trata de mi casa me convierto en una asesina en serio.

Eso lo desconoce el hombre que hoy llama a mi puerta. Ha entrado solo en el ascensor, los guardaespaldas han subido a pie y permanecen atentos en el descansillo de abajo, no sea que su presencia vaya a condicionar la reacción del inquilino a quien la visita le ha tocado en suerte. Mientras me dirijo al vestíbulo, con el calzador colgando relajadamente de mi mano derecha, pienso que el individuo que ha estado varios años gobernándome para mi disgusto, también desconoce que dispongo de un doble balcón lo bastante amplio para albergar diversas plantas, que brotan en sus respectivos tiestos. Si hoy estuviera de humor, se las enseñaría. Pero me temo que no es el caso, que no las va a ver.

Sé quién es porque desde un anuncio que aparece con frecuencia en mi televisor, y que rebotan las redes sociales, se anuncia y me anuncia: quiero darle las gracias, dice.

Le mataré antes de que formule la primera palabra.

Si su plan fuera decirme: soy un cínico mentiroso involucrado hasta el cuello en los manejos de la caja B de mi partido, soy el responsable principal del retroceso social de este país, soy un enterrador compulsivo, soy un mediocre que encontró en el poder para el que fui señalado a dedo una forma de destacar en la vida. Si añadiera: no vengo a pedir perdón, es que soy tan chulo que encima le pido el voto.

Entonces, posiblemente, le invitaría a entrar, sólo al vestíbulo, y le preguntaría: ¿Por qué? ¿Qué le hemos hecho? ¿Por qué tenemos que pagar los ciudadanos su falta de integridad y su camuflaje entre los poderes fácticos?

Pero me va a dar las gracias y yo se las voy a dar, a mi manera. Directamente, sin mediar palabra y con el tacón de aguja. En la sien. No es muy cabezón, de modo que existe la posibilidad de que la punta asome por el otro lado.

Abro la puerta, sonrío satisfecha. ¿Gardenio o buganvilla?, me pregunto. La buganvilla, mejor la buganvilla, decido, pues me han dicho que agradece los abonos muy corruptos, cuanto más mejor. Y en el gardenio ya descansan los restos, mucho menos putrefactos, de un par de testigos de Jehová.

Fin.

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