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Esto también nos parecerá que ha pasado

La cicatería, en términos oficiales, es; y la generosidad oficial, como mucho y de vez en cuando, sucede

Antes que después, las nuevas avalanchas nos pillarán cansados, no habrá foto icónica que lo sea más que aquella, y los solitarios seguirán luchando por lo que es justo sintiendo que el viento ya de la urgencia social no les ayuda

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Cuántos cuentos ahora en torno a los refugiados. Cuentos reales, por cierto. Aventuras de familias cruzando tierras inhóspitas, el hostigamiento xenófobo, los cálidos recibimientos espontáneos, los que se quedaron, los que lo consiguieron. Información. Conmoción y culpa, brazos tendidos, recetas. Tantas desgarradoras historias, tanto corazón en tránsito.

Pero esto también pasará. O más bien, como ocurre con todo, se superpondrá, la gran tragedia del éxodo de este siglo se enquistará –en los países más cercanos a las guerras se ha engastado ya entre los otros problemas locales–, se asentará como un mal endémico al que se irán aplicando burocráticas soluciones cada vez más rutinarias; insuficiencias e injusticias. Creeremos que ha pasado, en el sentido de que sucedió, oh, sí, recordaré las imágenes, recordaré mi indignación, recordaré la afrenta que supuso la tibieza de nuestros gobernantes, el orgullo de ver las ciudades y a los ciudadanos clamar por la decencia. Y creeremos que ha pasado en el sentido de: bueno, ya está, ahora nos encontramos en otra fase, ante otras urgencias, se arregló. Sólo cuando rebrote, y lo hará, recordaremos que el mal de la historia ha llegado para quedarse. La guerra en Siria, también. No la atendimos a tiempo y ahora es más de todo eso.

Mirándolo con frialdad objetiva, el panorama no puede ser peor, y más vale que lo sepamos. En el mejor de los casos, la asimilación –bueno, eso está por verse: mejor digamos admisión–, la acogida a decenas de miles, a cientos de miles, en unos países más que en otros, se hará a costa de la llamada inmigración ilegal, a costa de los que huyen de la violencia económica. Veréis como se instala entre nosotros –por arriba, ya lo está– la idea de que no podemos compartir con inmigrantes lo que es para los refugiados, y de eso pasaremos a pensar que las vallas, los muros, las cuchillas, las balas de goma y la represión en general, en este caso, son una forma normal de enfrentar lo que seguiremos considerando un problema, más que una oportunidad. La cicatería del sistema se mantendrá. Porque la cicatería, en términos oficiales, es; y la generosidad oficial, como mucho y de vez en cuando, sucede.

Conflictos enquistados, tragedias solapadas, malas decisiones, o decisiones muy mejorables y, además, tardías, prédicas a grandes voces, actitudes pasivas… Todo ello se acumula fecha a fecha. Resulta previsible, viendo lo visto, que los próceres de traje oscuro que se reúnen en despachos lejanos apenas consigan avanzar. No hay palancas que trabajen al unísono, en esta Europa tan descompasada en sus egoísmos. No se puede permanecer para siempre tan lejos de lo real sin que se sepa cómo actuar cuando lo real regresa a pedir cuentas.

Así que en poco tiempo, o en mucho, pero lo más seguro antes que después, las nuevas avalanchas nos pillarán cansados, no habrá foto icónica que lo sea más que aquella, y los solitarios seguirán luchando por lo que es justo sintiendo que el viento ya de la urgencia social no les ayuda.

Sin embargo, se trata de no dejar de mover los pies y la conciencia para empujar la bola del mundo. Y de tratar de romper el silencio, los silencios. De los malos tratos a mujeres, de la desigualdad, de la inmigración –y de nuestra emigración–, de los refugiados. De lo que venga, de lo que ocurra.

La conciencia. Contra viento y marea. La conciencia nunca pasará.

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