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La revolución del coche autoconducido

Llegan antes de lo anticipado y cambiarán nuestras ciudades, aunque con ellos se perderán también empleos. Es un ejemplo claro del impacto de la automatización

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Es parte de la revolución de esta ola de automatización, la de los robots, que supone la integración de la digitalización, los grandes avances en Inteligencia Artificial, en big data y en sensores y dispositivos capaces de interactuar físicamente con su entorno. El automóvil -pronto autobuses y camiones y hasta barcos- auto-conducido (mejor que autónomo), es toda una revolución, pues en buena parte nuestra sociedad, nuestras ciudades, y gran parte de nuestra vida, se han construido en torno al coche o incluso antes a los vehículos tirados por caballos.

Hace diez años el coche auto-conducido parecía una quimera. Hace cinco años, se decía que tardaría entre 10 y 15 años en llegar. En la ciudad de Pittsburgh (Pennsylvania, EE UU), Uber ya ha puesto en funcionamiento experimental algunos. El propio alcalde, Bill Peduto, los estrenó. Sí, efectivamente, aún tienen accidentes. Pero sus capacidades mejoran muy rápidamente. Tanto que las autoridades gubernamentales en EEUU ya ha hecho públicas las primeras directrices –no aún regulaciones– en quince puntos en materia de seguridad y normalización para los fabricantes de este tipo de vehículos.

Algunos datos prospectivos de esta revolución: para 2025, la propiedad privada de automóviles habrá prácticamente desaparecido de las grandes ciudades de los países desarrollados, para empezar de EEUU, pionero en esta materia, según  John Zimmer co-fundador del servicio Lyft en aquel país. Sin llegar tan lejos, un estudio de Barclays preveía el año pasado que una vez que estos vehículos autoconducidos empiecen a generalizarse, las ventas de coches caerán en un 40% en 25 años, al menos en EEUU. Muchas familias que tienen varios se quedarán con un único vehículo en propiedad. Es un ejemplo más de cómo el sentido y la necesidad de la propiedad cambia profundamente, y en varios sentidos, en esta era  digital en que pasamos a la condición de “usuarios”.

Actualmente, un 96% del tiempo los coches están aparcados y solo un 4% en uso. Es verdad que no es necesario que los coches sean autoconducidos para cambiar tales cifras, como ya se demuestra con Car2go y otras empresas de alquiler similares. Pero con la generalización de los autoconducidos alquilables, en unos pocos lustros solo se requerirá un 5% de la flota actual de automóviles y, consecuentemente un 95% menos de espacio para aparcarla, con lo que se recuperarán importantes partes de la ciudad para otras funciones. Las emisiones de CO2 se reducirán de forma drástica, si esos coches autoconducidos son eléctricos y esa electricidad proviene de fuentes de energía sin carbono. De otro modo, mucho menos

En el terreno positivo está lo que estos coches –que se suman al transporte colectivo, que también se automatizará- pueden suponer para la caída en el precio de la movilidad, y lo que ganarán en esta capacidad los menores, los ancianos o los in- o descapacitados. Esta nueva tecnología, que será una realidad generalizada en diez años o menos, llega en unos momentos en que una parte importante de la juventud ha perdido interés en el automóvil. En EEUU, como en España, el número de milenials que se sacan el permiso de conducir se ha reducido de forma drástica, como la compra de automóviles por su parte, y no solo por la Gran Recesión y sus efectos. Es también una cuestión de actitud.

También hay aspectos negativos, que plantean cómo gestionar una transición, como ocurre en general con la digitalización, la automatización y la robotización. Para empezar, se perderán muchos puestos de trabajo –ahora se prefiere hablar de “tareas” ( tasks)– en servicios de taxi o similares, como Uber, pues sus conductores se volverán redundantes, como los parkings. La necesidad de menos vehículos (pues serán de multiusuarios y se calcula que cada uno podrá recorrer unos 250 kilómetros al día) hará que disminuya la producción de automóviles en las fábricas, con consecuencias también para el empleo (aunque este sector está cada vez más robotizado), y para la exportación, algo importante para España.

Zimmer afirma que el cambio al que vamos supone transformar todo el transporte, incluido el privado, en un servicio. Pero no todas las ciudades podrán permitírselo pues requerirá grandes inversiones por grupos privados (Tesla, Apple –que ha renovado su equipo para esta iniciativa llamada Proyecto Titan y está en conversaciones con McLaren al respecto-, Google, Amazon y Uber están en esta carrera). Además, los ayuntamientos verán mermados sus ingresos en impuestos de circulación, tasas de aparcamiento, y multas (se supone que los coches auto-conducidos no cometerán infracciones), con lo que tendrán que revisar a fondo su política fiscal en este terreno.

Y de nuevo emergerá, también en esto, la cuestión de la seguridad frente a los hackers y sus posibles disrupciones. Pues estos avances aumentan también la vulnerabilidad de nuestras sociedades. Pero son imparables.

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