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De un toma y toma a un toma y daca

Quizá ha llegado un punto donde los economistas deben dar un paso atrás, y los psicólogos positivos un paso adelante. Quizá este es el momento en que los nuevos diseños institucionales deban ser informados por otras teorías y modelos que no sean derivados de la teoría de juegos, que no asuman que somos egoístas y calculadores.

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Los bancos de tiempo son una de las formas de intercambio local más extendidas. Su funcionamiento es simple: un individuo le presta un servicio a otro, ganando crédito en horas, que puede usar después para obtener servicios prestados por otros miembros del banco. Todos los servicios valen lo mismo: se cambia una hora por una hora. No hay intercambio de dinero. Los bancos de tiempo funcionan bajo una serie de principios: reconocer que todos tienen activos y habilidades que ofrecer; redefinir el concepto de trabajo para incluir el cuidado y servicio entre vecinos; fomentar la reciprocidad y el intercambio más que la dependencia; fomentar el aprendizaje y la puesta en común de habilidades, involucrando a las personas en la comunidad.

Cuando le cuentas a cualquiera cómo funciona un banco de tiempo, lo primero que te dice es ¡menudo chollo! ¿Puedo pedir cosas sin pagar por ellas? Seguro que la gente se aprovecha. Pues no. Resulta que la gente no se aprovecha

La rama que estudia los intercambios sociales ha estudiado con profusión los free riders, los oportunistas, los que toman del sistema y no dan. Si hay oportunistas, los sistemas basados en la reciprocidad se desmoronan. Como en todo sistema de intercambio en el que se prevé que habrá oportunistas, su diseño debe incluir un sistema de normas e incentivos para evitarlos o para minimizar su impacto.

Así lo han hecho también los bancos de tiempo, limitando el crédito negativo que uno puede tener. Sin embargo, los gestores dicen que no es un problema; la incidencia del oportunismo es muy pequeña. La gente ni siquiera sabe cómo está su saldo. El problema fundamental por el que no hay intercambios es que la gente quiere dar, pero no quiere pedir. O en argot, es una falta de reciprocidad inversa lo que hace que no haya más intercambios.

Esto desconcierta a los economistas neoliberales. ¿Cómo puede darse un sistema de intercambio donde la gente dé y no pida, un sistema donde la gente no se aproveche? ¿Es que no están formados por seres racionales, maximizadores de su utilidad personal, egoístas, orientados a un horizonte temporal de corto plazo?

Propone el sociólogo una explicación. El poder depende de las posiciones de las personas en una red. Por ser el poder relacional, al pedir, el sujeto se coloca en una situación de dependencia, otorgando poder a otros sobre él. Porque no quiere perder poder, no pide. Además, en los bancos de tiempo no hay estatus, porque se basan en la igualdad: todos los servicios y habilidades se valoran igual, independiente del nivel de cualificación, independientemente de su valor en el mercado. Como no hay estatus, el sujeto no puede usar el servicio para diferenciarse de los demás y por eso no pide.

El psicólogo avanza otra: la gente quiere dar, porque el ser humano está programado para esto. O, al menos, también para esto. Esta es una verdad sencilla, pero que no se nos puede olvidar: que el ser humano es poliédrico. Como vivimos en un sistema que se apoya en una dimensión de nuestro ser -el ser egoístas, maximizadores racionales de la utilidad– esta dimensión está hiperdesarrollada. Es como una profecía auto-cumplida, a lo bestia, porque ha permeado todas las relaciones humanas: como trato a la gente como egoísta, al final la gente se comporta de modo egoísta.

Pero hete aquí que los psicólogos, y especialmente en la psicología positiva, dicen que eso es solo una parte de la foto. Según la teoría de la autodeterminación, de Ryan yDeci, tenemos tres necesidad innatas: la de sentirnos capaces, competentes; la de ser libres para elegir; la de relacionarnos con los demás. Si las satisfacemos somos felices. Dar servicios en un banco de tiempo satisface las tres. Dando, pues, somos felices. No nos hace falta pedir.

Y esta explicación parece la más plausible, según los resultados que hemos encontrado en la primera encuesta a usuarios de bancos de tiempo nacionales, donde les preguntábamos por qué se unían a los bancos de tiempo. Y la respuesta es porque quieren participar en redes de ayuda mutua. Quieren colaborar. Que la gente está harta de que sólo valga lo que su dinero puede comprar y harta también de que para lo demás, mastercard. Quieren volver al pueblo, a la familia extendida. Quieren fiarse del vecino. Quieren lo que este sistema más ha destruido: el capital social. Por eso entran al banco de tiempo, para crear estos lazos con los otros, para demostrar que otra economía es posible. Pero también para aprender nuevas habilidades y para sentirse libres, independientes.

Pero si los usuarios no piden, este modelo alternativo no funciona. Pedir no es ser dependiente; de la imagen de dependencia quieren huir los bancos de tiempo. Pedir es darle a otro la oportunidad de ser competente, de relacionarse, de ser autónomo. De ser feliz. Para que los bancos de tiempo puedan funcionar, tenemos que dejar que otros tengan esa experiencia de dar, la misma que tan feliz nos hace a nosotros.

Y lo aprendido sobre bancos de tiempo –y generalizando, lo aprendido sobre modelos de intercambio basados en la reciprocidad– lleva a poner en cuestión la piedra angular de nuestro sistema: que para funcionar haya que poner un precio a las cosas. O peor, como ha encontrado Michael Sandel, si ponemos precio a ciertas cosas, se estropean. La progresiva mercantilización de las relaciones sociales las ha destruido.

Quizá ha llegado un punto donde los economistas deben dar un paso atrás, y los psicólogos positivos un paso adelante. Quizá este es el momento en que los nuevos diseños institucionales deban ser informados por otras teorías y modelos que no sean derivados de la teoría de juegos, que no asuman que somos egoístas y calculadores. Quizá en vez de diseñar complicados sistemas normativos para darle en la cabeza al free rider en cuanto asome la cabeza, a lo mejor tenemos que crear una sociedad donde la gente se convenza de que no merece la pena ser el aprovechado. Porque se es más feliz siendo el que da, que el que pide.

A lo mejor es el momento de empezar con el plan C, el de crear capital social. Y solo cuando hayamos recuperado este cimiento sólido construir los otros capitales.

En estrecha relación con el artículo, el próximo 16 de enero, a las 19.00 horas, se presenta un dossier de Economistas sin Fronteras sobre "Economía en colaboración", donde se discute el potencial y los problemas de los sistemas basados en la reciprocidad. En la Universidad Pontificia Comillas, Alberto Aguilera, 23. Entrada libre.


Este artículo refleja exclusivamente la opinión de su autora.

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