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"No hay que luchar contra los robots, sino con ellos"

"La innovación se ha convertido en un mecanismo competitivo. No se habla de innovación en un sentido de progreso social", sostiene el fundador de Infonomia y Co-society

"La sensación de que es necesario hacer cosas nuevas es generalizada, porque, ya sea desde un punto de vista económico, social o político, el modelo actual no funciona"

"Dejemos de lado la innovación anecdótica de las apps y enfrentémonos a los problemas reales y graves de la sociedad. Estamos rodeados de ellos"

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Alfons Cornellá, expecialista en innovación

Alfons Cornellá, expecialista en innovación. Foto: Andrea Bosch

Seguramente abomina del término, pero, para entendernos, Alfons Cornella es un gurú de la innovación. Cuando se le pregunta a qué se dedica, lo resume diciendo que vive de hacer que se entiendan cosas que inicialmente parecen complejas. Como físico teórico que es, busca un modelo más o menos accesible y sencillo que ayude a explicar la estructura que hay detrás. Ha escrito una veintena larga de libros relacionados con ciencia, tecnología, internet y, el último, sobre cómo innovar en la educación. Llena auditorios con sus conferencias y ayuda a personas a mejorar sus organizaciones a través de la innovación de proyectos y de equipos. La sede del Institute of Next, donde se desarrolla esta entrevista, en el Poblenou de Barcelona, no solo está decorada como un taller: es un taller, lleno de herramientas y, sobre todo, de ideas. A a lo largo de la conversación no para de formularse preguntas, de sugerir, de atisbar. En plan esto es lo que hay.

Todo el tiempo oímos hablar de la importancia de la innovación. Tanto es así que lo repetimos de forma acrítica sin saber muy bien qué significa. ¿Qué hay de blablablá al respecto?

La sensación de que es necesario hacer cosas nuevas es generalizada, porque, ya sea desde un punto de vista económico, social, político o empresarial, el modelo actual no funciona. Así que tiene sentido apostar por la innovación.

¿Pero qué significa innovar? ¿Hacer cosas nuevas?

Innovar no es hacer cosas nuevas, sino hacer cosas nuevas que aporten valor. No es decir: "Se me ha ocurrido algo". Es: "Se me ha ocurrido, pero también sé cómo lograr que a alguien le interese, que alguien me lo compre y que lo utilice". En este sentido, la innovación es perpetua. No se trata de que ahora, de pronto, le demos mucha importancia. Cuando aparece un modo de cruzar el Atlántico en unas pocas horas y antes se tardaba semanas en hacerlo, cuando se introduce un procesador de textos que nos permite correcciones en lugar de tener que reescribir a mano, cuando se vuelve posible operar para curar una miopía... Siempre se han ido produciendo cambios. La innovación es un fenómeno de la Historia. Es lo que ha permitido a la humanidad ir avanzando.

En el pasado, sin embargo, la innovación parecía ligada a cambios que nos llevaban a adquirir más derechos sociales y democracia. Cada vez parece más un modo de obtener más beneficios...

Es cierto que la innovación se ha convertido en un mecanismo competitivo. No se habla de innovación en un sentido de progreso social. Recuerdo muy bien una portada de The Economist en la que aparecía un váter, con un título que decía: "¿Por qué no volvemos a inventar cosas tan útiles como esta?" Era un modo muy ilustrativo de castigar la innovación inútil, sobre todo en el campo digital. ¡Existen tantas aplicaciones que no sirven para gran cosa! Como el mercado se ha abierto al mundo, una empresa de un pueblo pequeño ya no compite con la empresa del pueblo de al lado, sino con un país del otro lado del mundo. Todos presionan a todos, y en este contexto, la innovación es un mecanismo de funcionamiento, sobre todo de las empresas, que proporciona opciones para competir en el mundo. Dejemos de lado la innovación anecdótica de las apps y enfrentémonos a los problemas reales y graves de la sociedad. Estamos rodeados de ellos. El váter sí que fue un invento importante. Supuso un cambio radical para el saneamiento de las ciudades. Hemos trivializado la palabra innovación inventando cosas que no necesariamente suponen una utilidad. La innovación es un mecanismo para minar problemas. El sistema educativo, la Administración de justicia, el propio sistema político... Muchos ámbitos de nuestra vida necesitan una transformación radical y eso requiere muchas mentes activas en marcha.

Entre esas transformaciones en marcha destacan las que afectan al trabajo. Parecemos estar atrapados entre autónomos y robots. ¿Qué visión tiene al respecto?

Sinceramente, no tenemos ni idea de lo que va a ocurrir. Y quien diga que lo sabe tampoco tiene ni idea de cómo serán los próximos 20 años. Todo es especulación. Puede que la promesa de las máquinas inteligentes sea excesiva, pues podríamos encontrarnos con que las podamos aplicar solo en tareas programables, muy procedimentales, muy rudimentarias. O puede, en cambio, que se produzca una expansión de la inteligencia artificial que haga que los diagnósticos ya no los realicen los médicos, sino máquinas. La incógnita sobre el futuro es enorme. Ahora bien: sea lo que sea lo que venga, será una multiplicación de humanos por máquinas.

¿Y eso qué quiere decir exactamente?

No hay que luchar contra los robots, sino con ellos. La lucha contra los robots no tiene sentido. Sin tu mente y tus manos, la grabadora no sirve. Pero al revés, tampoco. De igual modo que una llave inglesa te permite hacer cosas que no puedes con las manos. El futuro de seres humanos multiplicados por máquinas parece irrefutable.

Como siempre, el mundo se divide entre los fans entusiastas y los horrorizados.

Creo que la lectura de que el humanismo de las ideas está haciendo sobre las implicaciones de la automatización no tiene en cuenta que somos una especie tecnológica, en el sentido de que utilizamos herramientas para hacer cosas. Es verdad que ahora las máquinas tienen un componente de inteligencia añadido. Pero tengo la convicción de que el futuro pasa por aprender a trabajar con las máquinas.

Eso suena a reto mayúsculo, pensando en el conjunto de la sociedad. Suena a que no todo el mundo se podrá subir al carro. Suena a más polarización laboral.

Hay gente que sabe mucho y otra gente que sabe poco. Y un espacio en el medio. La mayoría de la gente está hoy en el centro, pero se está produciendo un split, un espacio cada vez mayor, con personas a ambos lados. Las primeras, superformadas en el conocimiento más sofisticado. Las segundas, en la ignorancia absoluta. En el siglo XX podías ser un buen profesional e ir tirando con tu formación mediana. Pero en el mundo que viene, para estar en el primer lado, se necesitarán conocimientos más elaborados. Habrá que estar aprendiendo constantemente. Y si uno se queda al otro lado, le puede resultar muy difícil conseguir un trabajo. Porque hoy, los nuevos metros que se ponen en operación circulan sin conductor. Es posible que muchas personas abdiquen de aprender, o no tengan la oportunidad. Y lo tendrán complicado.

Estamos programados para trabajar. Pero tal vez vayamos a otro tipo de sociedad.

Pues eso. ¿Y si nos hemos comido la cabeza durante dos siglos convenciéndonos de que la principal función del ser humano es trabajar y resultara que no? ¿Y si resultara que podemos dedicar mucho más tiempo al ocio en otro sistema social y económico? Aprender a disfrutar del ocio será uno de nuestros grandes retos. Y por ocio no me refiero a matar el tiempo o dar de comer a las palomas. Estoy hablando de un ocio no pasivo, de aprovechar el tiempo para hacer cosas creativas y útiles. Estoy hablando de la muerte del trabajo considerado como un curro.

En todo caso, a día de hoy, no tener un trabajo aboca a la exclusión y a la desprotección social, aunque ya no garantice salir de la pobreza.

Totalmente. La verdad es que nadie puede decir que tiene resueltas las incógnitas laborales que se abren. Puede que me equivoque, pero temo que la promesa que se nos formula de que todos tenemos capacidad de realizar una tarea creativa que aporte a la humanidad es ilusoria. Habrá gente que deberá seguir trabajando para la inclusión económica y trabajará de lo que pueda.

Antes hablaba de la necesidad de formarse de manera permanente. ¡Pero tampoco sabemos en qué! ¿Ir empalmando carreras y másteres?

Cuando se habla de formación permanente no nos referimos a una formación que empaquete conocimientos en bloques de cuatro años, como las carreras universitarias. Hablamos de competencias transversales. Hablamos de una visión del mundo.

¿Para eso dónde hay que apuntarse?

Como símil, podemos decir que, más que literatura, habrá que aprender sintaxis. Aprender a usar herramientas, a hablar, a construir, a utilizar herramientas, a hacer proyectos... más que un conocimiento acumulado. La educación de hoy debe cambiar radicalmente. Hoy una persona puede haber invertido muchas horas en una universidad en aprender un software que en breve tendrá que desaprender porque aparecerá otro. Cada seis meses aparece un nuevo software. Lo importante será la capacidad de aprender y desaprender un software o cualquier otro instrumento con rapidez. Pero claro. Somos personas, no máquinas de quitar y poner. Necesitamos un modelo del mundo, una base humanista, tecnológica, matemática, instrumental.

Muchas voces resurgen en defensa de los estudios de Humanidades.

La solución para la educación no es el humanismo en el sentido tradicional de estudiar unas disciplinas concretas. El destino de la educación es formar humanos, en el sentido de estimular al máximo los aspectos de un ser humano que no son replicables por parte de una máquina. Justamente he escrito ahora un libro sobre las transformaciones que requiere la educación en un mundo marcado por las máquinas inteligentes. Y la solución, fácil de decir y no tan sencillo de hacer, es reforzar la capacidad creativa, la empatía, la improvisación, la inspiración. El cerebro humano tiene características de conectividad no programadas que dan resultados no esperados. Hoy el cerebro humano es el único en el universo conocido que puede generar una idea de forma no programada. Esta característica de los humanos es nuestra salvación.

¿Cómo gestionar todo esto? Precisamente en un momento de desconfianza creciente entre la ciudadanía respecto de las instituciones.

Vivimos en una gran paradoja: la democracia, como se suele entender, que se limita a que la población vote cada cierto tiempo y ya está; interesa más a quienes pueden manipular a la sociedad que a quienes no pueden. Quiero decir que, si tienes capacidad y mecanismos para manipular los medios de comunicación y la población, te interesa la democracia. Por eso, de algún modo el modelo de democracia tal como se entiende hoy entra en crisis. Están empezando a aparecer ideas nuevas, como la delegación de voto en personas que específicamente conozcan el tema sobre el que se vote en cada ocasión.

¿Cómo dice?

Existe un modelo muy elaborado llamado epistocracia según el cual una persona puede llegar a delegar el voto en otra a quien le supone un criterio mejor formado que el suyo.

¿No se trataría de elevar el nivel de formación de la población?

Se trata de tener criterio y criterio no se puede tener en todos los temas. Si te piden que votes sobre, pongamos por caso, el tranvía de la Diagonal de Barcelona, la transformación tiene un impacto importante económico, ambiental, urbanístico. No se puede votar porque te caiga bien o mal quien mande. Hay cuestiones técnicas que pesan y que requieren conocimiento. Yo he estudiado sobre múltiples temas en mi vida, pero en una votación sobre las decisiones que deben tomarse para resolverse el problema no me siento capaz de decir cuáles deben adoptarse. Pero hay personas que han pasado años estudiando la cuestión desde distintos ángulos.

¿No sería el fin de la democracia?

Yo no estoy diciendo nada de eso. Ni estoy defendiendo que haya que relevar la democracia por otro modelo. Lo que estoy diciendo es que, en esta etapa de la historia, surgen modelos que ni siquiera nos habríamos imaginado hace un tiempo. Necesitamos ser atrevidos y ampliar nuestro ancho de banda, pensar de forma más creativa.

Lo curioso es que son tiempos en los que a todos nos gusta opinar de todo.

El fenómeno que hay detrás del problema, que es lo que a mí me interesa, es por qué las personas no consideramos necesario aprender sobre la cuestión sobre la que votamos. Y la razón por la que eso ocurre es porque damos por hecho que nuestro voto es minúsculo, que nuestro voto no servirá de gran cosa, que en el fondo no cambiará nada. No nos ponemos a investigar porque creemos que nuestro voto es inútil. Así que votamos por si me caen bien o me caen mal. El resultado, multiplicado por millones de personas, es un voto irracional y poco instruido. El voto es de una trascendental importancia, pero se hace de forma muy poco instruida. Si ves que alguien sufre un ataque en la calle no te atreves a tratarlo, llamas a una ambulancia. Al final lo que más abunda son los fans o los hooligans políticos, más que personas instruidas con criterio.

En todo caso, la ciudadanía tiende a sentirse poco representada.

Porque no vota a sus representantes, sino a construcciones ideológicas que no necesariamente responden a sus necesidades. Hay un debate muy interesante sobre la participación ciudadana. Vemos que donde la gente obtiene soluciones reales a sus problemas es a través de las ciudades.

¿Por una cuestión de dimensión?

En parte, sí. Pero no solo. Los modelos del mundo son similares. En la ciudad, conoces a la gente, conoces a la gente a la que votas. El poder pasa de grandes estructuras a estructuras próximas a la gente. Además, las ciudades son más fáciles de reorientar, y de convertir en polo de atracción de inversiones y talento.

¿Sobre qué escribiría hoy un visionario como Julio Verne?

No podemos saberlo con seguridad, pero seguramente Julio Verne hoy tendría en cuenta algunas cuestiones: cómo repensar la movilidad, cómo conectar el cerebro a Internet y cómo descontaminar la atmósfera.

En sus conferencias menciona la agricultura como un sector de futuro, cuando a priori a uno no se le ocurre. ¿Por qué?

La agricultura es un sector con gran potencial. Por una parte, una tercera parte de los alimentos que se producen se pierden en la cadena alimentaria, luego es cierto que existe un importante derroche. Pero por la otra, incluso si no se produjera ese derroche, el incremento de la población que se está produciendo obligará a producir más. Además, nos guste o no, existe una correlación directa entre el desarrollo económico de países que llamamos emergentes y el consumo de proteína animal. Debemos poner en cuestión si tiene sentido el mundo al que vamos, con una población de 9.000 millones de personas en 2050 que consumen cosas como vacuno, que no es precisamente ecológico...

¿Y en su opinión le parece que tiene sentido?

Yo no lo sé, no me posiciono. Lo que digo es que he ido por el mundo y esto es lo que he visto: que muchas grandes corporaciones y fondos se interesan por la producción de alimentos que no son sustituibles. Podríamos dejar de usar el teléfono móvil, aunque nos costara, pero no podríamos dejar de comer. Veo un interés creciente de los inversores en invertir en tierras donde poder cultivar. La producción de alimentos atrae a muchos inversores.

¿De la crisis se sale a través de proyectos pequeños, de iniciativas muy ‘micro’?

Donde se producen las ideas más interesantes es en las empresas más pequeñas. Es más fácil innovar en un entorno pequeño y exploratorio. Hay un componente de pasión importante, así como de riesgo. Y, además, en ellas se da otro elemento: si hablas con muchos de los millenials, a diferencia de la generación anterior, tienen ganas de no depender de nadie desde el punto de vista laboral. Pero, como comentábamos antes, otra cosa distinta es lograr que esas ideas se traduzcan en ideas aceptadas por el mercado. Creo que esto no se está produciendo.

¿Se innova más en las grandes?

Las empresas grandes es muy difícil que innoven. Tienen protocolos que impiden la exploración de cosas nuevas, que impiden el riesgo. Los mecanismos de reconocimiento, retribución y recompensa en las grandes organizaciones están muy basados en no mover demasiado las cosas respecto de cómo están ahora. Pero empresas grandes que tengan la innovación dentro de su mecanismo de funcionamiento no hay tantas. Hay Facebook, Google y cuatro más. Sin embargo, las grandes sí que tienen algo clave: mercado. Lo que sería ideal sería un maridaje o una coordinación entre empresas pequeñas que tienen ideas y empresas grandes que tienen mercado.

[Esta entrevista ha sido publicada en el número 58 de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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