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Sufrimiento

Vivimos tiempos de un feroz populismo punitivo, lo que se pide a gritos es el castigo. Griñán es un hombre honesto, con una incapacidad congénita para la confabulación y el cinismo

Griñán, el gran damnificado

Griñán, el gran damnificado EFE

El periodismo y la política son dos profesiones que discurren en paralelo, cotidianamente engarzadas por la rutina del espacio común. Se quiera o no, y aunque se hagan persistentes ejercicios de distanciamiento y desapego, la relación es estrecha: muchas conversaciones, muchas horas, mucha vida compartida. Me refiero, por supuesto, a las personas, no a la relación del poder político y los medios de comunicación, sobre cuyos intereses mercantiles coincidentes, retroalimentación perniciosa, o efectos fatales en la democracia misma se han escrito vastos tratados, y los que vendrán. Hablo del componente humano, de la simpatía, la coincidencia, la admiración, el vínculo, el respeto y el afecto. Todo este preámbulo para explicar que lo primero que se me ha venido a la mente al conocer la terrible sentencia de los ERE es la consternación y el dolor de José Antonio Griñán, Pepe Griñán, un hombre bueno. Mi amigo.

Hace tiempo que dejé el ejercicio diario de la información --o mejor dicho: él me dejó a mí como consecuencia de un ERE devastador en el periódico donde trabajé 24 años, la mayor parte de cronista política-- y, por lo tanto, abandoné la pelea interior sostenida que todo periodista debe hacer consigo mismo para no dejarse llevar por sentimientos y afinidades al narrar la actualidad. Aunque la conversión en amistad de mi relación con Pepe Griñán es posterior a su salida de la política, y la mía de la información diaria, aún conservo el reflejo de dibujar una raya gruesa, colocar una muralla de por medio y guardar la ropa. Pero no lo voy a hacer: en este artículo --es el más personal que he escrito y que, presumiblemente, escribiré-- me confieso conmocionada porque conozco de cerca su rectitud inquebrantable, cómo vive y de lo que vive.

Sé de su incapacidad congénita para el cinismo y la confabulación fantasiosa que le atribuyen y, sobre todo, sé de su enorme sufrimiento. De cómo en estos años de tormento judicial ha tratado de seguir hacia adelante por él y su familia con un coraje metódico compuesto de hábitos de lectura, escritura y estudio. A veces desasistido del abrigo político de sus propios compañeros, esclavos de las conveniencias electorales, y hostigado por el oportunismo procaz de algunos de sus adversarios. Sé de la gigantesca perplejidad de un hombre íntegro y de profundas convicciones engullido por un proceso que le señala como corrupto, asimilado a los delincuentes que se forraron con las arcas públicas. Sé de la decencia e integridad de Pepe Griñán y de esta inmerecida expiación.      

No soy experta en Derecho y renuncio a comentar la sentencia, aunque creo que objetivamente me asiste la razón si digo que la ciencia jurídica es capaz de justificar una cosa y la contraria, como comprobamos a menudo en los fallos de sus señorías al saltar de un tribunal a otro. Estuve, por ejemplo, en desacuerdo con la primera sentencia de los violadores de los Sanfermines, conocidos como La Manada, que, por cierto, ilustres entendidos se apresuraron a defender con esa lógica irrefutable de leguleyos que sólo ellos saben esgrimir. Y me alegré con la segunda, que la enmendó por completo y sostiene justamente lo opuesto. Los intereses políticos son en esta ocasión abrumadores, pero no hay que perder la esperanza de que otros magistrados alumbren cordura.

He dado una vuelta por Twitter y he salido despavorida ante la avalancha de invectivas y groserías; Albert Rivera ha resucitado de su muerte política para tirar la piedra que tenía guardada y se ha vuelto a disolver en el limbo; y me he quedado atónita ante la declaración ¿institucional? del presidente de la Junta Moreno Bonilla, tan innecesaria como aprovechada, de la que únicamente he entendido el mantra desvergüenza. Entonces he vuelto a pensar en Pepe Griñán, en este triste colofón a una vida sin tacha de servicio público, en su dolor y en su sufrimiento y he recordado las palabras de Concepción Arenal: "Pocas cosas desmoralizan más que la injusticia hecha en nombre de la autoridad y de la ley". Vivimos tiempos de un feroz populismo punitivo, lo que se pide a gritos es castigo. Esto lo añado yo.

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