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Borrados, barridos y berridos

Caso Kitchen

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La corrupción también tiene su gramática. No soy un experto en lingüística pero lo suficientemente aficionado para notar que hay tres verbos bilíteros, con be y erre, que brillan con fulgor en estos menesteres: borrar, barrer y berrear. No faltan en la sintaxis de toda la zahúrda corrupta.

Aprendimos en los colegios a borrar la pizarra con un instrumento de madera con un flequillo de fieltro; también a no echar borrones, pero los borrones, si eran de tinta, no había manera, salvo rasparlos con cuchillas de las tres letras. Pero en la materia de la que hablo, borrar ha llegado a ser un verbo relevante. Se borran las huellas, los expedientes, partes de sumarios, cintas, los discos duros... no con borrador de fieltro o goma con olor a nata, a martillazos si fuera menester. Se borra también al adversario, antes amigo y ahora quizá testigo, previo espionaje metódico; borrar, en estos tiempos de mangancias, vale tanto como desaparecer. Cesar también puede ser de la misma familia, como eliminar. Se borran algunos y algunas del partido y hasta de las fotos y las webs. Hay expertos. No hay sistema pseudodemocrático que no tenga expertos en borrar ni participio tan sonoro como borrado.

Al adversario político, en los sistemas democráticos defectuosos (si no fallidos) hay que barrerlo. Se suele decir "del mapa". La escoba es un arma imprescindible del corrupto y del corruptor. A veces la esgrimen aficionados pero, en casi todas las otras ocasiones, son los propios servicios profesionales corruptos del Estado al servicio de la corrupción, sea personal, partidaria o institucional, los que llevan el escobón de mando.

Los barrenderos de la corrupción son, además, pluriempleados y ejercen de sepultureros del sistema democrático; barren por encargo. Sus patronos son de la élite del poder y no suelen rebajarse con instrumentos físicos; para sus tareas siempre encuentran a sus caballerizos y sicarios.

A Fernández Díaz, el ministro del Interior, le tuvieron que hacer un barrido del despacho porque desde alguna instancia policial o de seguridad del Estado corrupta enfrentada le querían atribuir borrados ajenos impropios –con los suyos de él tenía bastante– así como con sus afinados. Un verbo, el de afinar, que brilla también lo suyo en esta gramática; la Kitchen, en realidad, no deja de ser una gran escoba para borrar la Gürtel, un electrodoméstico de los malvados y, claro, nada mejor que un buen barrido de lo borrado.

Hace poco nos hemos enterado de que, puestos a barrer, Mariano Rajoy había ordenado un barrido en la sede de la soberanía nacional, el Congreso, para averiguar si alguien estaba intentando averiguar sus borrados para barrerlo. Aunque para borrado el de su "AKA", M. Rajoy. Al parecer hay un señor en España que responde a ese, digamos, acrónimo extenso. Pero está también borrado el rastro de su gracia que por mucho que se ha barrido más se ha embarrado el campo para no saber quién pudiera ser el misterioso y ubicuo sujeto borrado. Que se lo digan a Lesmes o a Marchena, por citar solo a dos ilustres legistas  incapaces de leer debajo de lo borrado y barrido.

Entre borrados, barridos y embarrados, se recurre al berrido. Se berrea para ejercer el legítimo y sonoro derecho a la defensa de los corruptos.

Barrar es un hermano menor de esta gramática que el Diccionario de la RAE relaciona con embarrar, es decir, echar tanto barro, tanta mierda, en la arena política como para que no haya –tras el borrador y el barrendero– quien sea sea capaz de identificar una gracia tan corrupta como la de M. Rajoy.

Entre borrados, barridos y embarrados, se recurre al berrido. Se berrea para ejercer el legítimo y sonoro derecho a la defensa de los corruptos. Es una pena porque la berrea es una de las bandas sonoras más bellas de estos tiempos otoñales. Los ciervos, con sus gritos de amor, no se merecen ser identificados con los humanos pero berrear, humanamente hablando, es la respuesta defensiva ante la lógica preocupación inculpatoria y la tarea democrática de luchar contra la corrupción.

En el Congreso y el Senado, cuando surge el permanente debate sobre la corrupción, se berrea, se escuchan los berridos de sus señorías en celo. También en los debates y apariciones televisivas en donde berrear se ha convertido en una fuente suculenta de beneficios de audiencia. En sede parlamentaria desconozco cómo transcriben las sufridas taquígrafas los berridos parlamentarios. Con muchas consonantes, supongo, en donde no faltarán ni la be ni la erre.

Durante un tiempo se oían también los barritos de los elefantes desde la lejanía de las sabanas africanas, gritos de lamento –en Suiza no hay elefantes–, pero aunque poco escuchados, menos eran transcritos por los profetas de la Transición y sus taquígrafos y los medios que escuchan mucho los susurros a los caballos pero nada los barritos, aunque sí jalean los berridos; a los autores de sus partituras los conocen bien. Unos berridos que no son susurros a la democracia sino la berrea otoñal de sus enemigos más descarados.

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11 de octubre de 2020 - 22:04 h

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