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Por las víctimas del coronavirus y el dolor de sus familiares

Escribimos estas líneas y confiamos que lleguen a todas esas personas. Para que sepan que sí sabemos por lo que están pasando y nos importa. Que su dolor nos duele como nos duele la pérdida de ese ser a quien nosotros también queríamos

Foto: Milada Vigerova.

Foto: Milada Vigerova.

Escribimos estas líneas, madre e hija. Madre, Joana, psicóloga clínica con larga trayectoria profesional, y Ruth, hija, profesora de derecho con experiencia en la rehabilitación de víctimas en situaciones de conflicto armado y violaciones masivas de derechos humanos. Ambas tenemos la experiencia reciente del luto ajeno al estado de alarma por la muerte de Raúl, esposo de Joana y padre de Ruth, hace algo más de dos años, por infarto durante un paseo en la calle, a los pies de un naranjo sevillano.

A fecha de hoy son, solo en España, 15.238 las personas fallecidas por causa de la pandemia; se calcula que al menos 85.374 en el mundo entero. En las circunstancias más diversas. Algunos en sus casas. Muchos, en residencias de ancianos. La mayoría en hospitales regulares o improvisados para las circunstancias. Muchos de ellos mueren solos, sin una mano de un familiar que les caliente el corazón, sin un rostro cercano en el que constatar la inmensidad del dolor que su anticipada pérdida dejará, sin un adiós más que el que haya podido permitir la pantalla de un móvil, sin más compañía que la de otras personas con su misma suerte y angustia, sin más gesto que los que un personal sanitario heroico pero desbordado y también traumatizado, (¡que Dios les bendiga!), les haya podido regalar.

Ni en nuestro país, ni en otros muchos, el sistema tiene capacidad para la gestión a tiempo de los cadáveres y para la celebración de los rituales de despedida que tampoco permiten las normas de confinamiento social. Las morgues se colapsan. Los camiones militares trasladan cuerpos de una localidad a otra. Se improvisan espacios de conservación de cadáveres. Camiones frigoríficos y pistas de patinaje se convierten en lugares de almacenamiento, en los que algunos familiares buscan desesperadamente a los suyos. En algunos lugares del mundo los cadáveres yacen en las cunetas. En medio de una lucha contra reloj, el acceso a la incineración o al entierro se convierten en bienes escasos.

Para los que tienen la suerte de no contar con familiares ingresados o fallecidos, las cifras son el símbolo de la amenaza lejana y difusa que les rodea y el confinamiento, si pueden permitírselo, el escudo de protección. Para quienes tenemos a un familiar ingresado, la cifra se convierte en una amenaza concreta y real y en fuente de incesante angustia. Para quienes pierden a un ser querido, ese ser querido no es una cifra sino un ser único e irremplazable a quien no volverán a ver, con quien no volverán a conversar, a quien no volverán a abrazar. Y el hecho de que muchos de los fallecidos, aunque ni mucho menos todos, sean personas de edad avanzada es solo relativo consuelo, pues, a diferencia de la muerte que llega siempre al final de la vida o después de una batalla contra una larga enfermedad que permite a sus seres queridos un duelo anticipado, esta ha llegado de forma relativamente súbita y, sobre todo, en condiciones colectivamente traumáticas que no permiten ni el debido acompañamiento ni la debida despedida.

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Todo ello dificulta el duelo. Las fases de un duelo incluyen la negación o sensación de incredulidad, que son mayores cuanto menos esperada haya sido la muerte o más extraordinarias las circunstancias; el enfado o ira por un dolor que uno siente no merecido y que se traduce en la búsqueda de culpables a quienes responsabilizar, sobre todo, cuando se piensa que la muerte era de alguna forma evitable; la reelaboración que busca la compensación de la pérdida en otras formas de actividad y de experiencias que dotan de sentido a la vida -el trabajo, el cuidado, el cultivo de la espiritualidad- o cuanto menos distraen; el dolor emocional que se traduce en tristeza, ansiedad, a veces culpa, y que varía en función de elementos que incluyen la relación con el difunto, la forma en que la muerte se produjo y la posibilidad de despedida; y por último, la aceptación, que no el olvido. En este complejo proceso resultan determinantes el reconocimiento de los demás y su acompañamiento. Sin su reconocimiento y acogimiento nuestras emociones no se sienten validadas, lo cual se traduce en angustia. Sin su acompañamiento el dolor se hace más agudo porque uno siente que es de uno solo y no de todos los que querían al difunto sino también y, sobre todo, de quienes nos quieren a nosotros.

Por todo lo dicho es de esperar que los familiares experimenten duelos especialmente complicados. ¿Cuántos sentirán con dolor agudo que no pudieran estar allí para abrazarles o cerrarles los ojos? ¿Cuántos rabia por su mala suerte o contra aquellos que sienten que no supieron gestionar bien el riesgo o atender debidamente la enfermedad? ¿Cuántos culpa por la sospecha de que ellos mismos o alguno de sus actos pudieron ser fuente de contagio? ¿Cuántos se encuentran ahora con la dificultad de recuperar una cierta normalidad cuando no sólo la muerte inesperada de sus seres amados sino sus propias vidas confinadas les impiden salir de la sensación de irrealidad? ¿Cuántos se sentirán radicalmente solos al no poder compartir el momento de la incineración o el entierro con su red amplia de seres queridos, ni reunirse con regularidad para llorar con su familia extensa y amistades íntimas? ¿Cuántos impotentes al no poder ni siquiera acudir a los lugares de consuelo espiritual, como la iglesia para los creyentes, o a los profesionales de la salud del alma, como los psicólogos? ¿Y cuántos, sobre todo cuántos, sentirán que en medio del miedo, la ansiedad y la desprotección que están dejando la crisis sanitaria y la económica que viene de su mano, no hay espacio para que el dolor de su pérdida sea reconocido como único y singular?

Es por ello que escribimos estas líneas y confiamos que lleguen a todas esas personas. Para que sepan que sí sabemos por lo que están pasando y nos importa. Que su dolor nos duele como nos duele la pérdida de ese ser a quien nosotros también queríamos. Que cuando aplaudimos en los balcones nos acordamos también de ellos porque también a ellos las circunstancias les están exigiendo un grado máximo de entereza. Que aunque no podamos darles ahora los abrazos y los besos más que con voz y emoticonos, se los tenemos guardados y no caducan. Que sabemos que esto pasará y que sus vidas no contendrán solo pena y soledad. Y sobre todo, que confiamos en que esas muertes no hayan sido en vano y que de esta crisis y sus consecuencias surja una sociedad más humana, una sociedad que haga del cuidado de la vida y del prójimo su principal razón de ser.

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