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Vivan las cadenas

El rey Juan Carlos a bordo del 'Bribón' en el Club Naútico de Sanxenxo en su último día de regatas este domingo en Sanxenxo.

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Se suponía que Juan Carlos I era un rey sin corte. No le hacía falta, porque a cambio sigue disfrutando de cohorte: la turbamulta de tiralevitas, de vasallos y súbditos que renuncian de grado a su condición de ciudadanía es de tal calibre que bulle en su derredor una gleba pija de ganapanes, regatistas, empresarios del taco, gacetilleros trovadores y gente del común, que le echan más cuenta al “Hola” que al BOE, sin que nunca sepan suscribirse al “Adiós”.

“Vivan las cadenas”, gritaban los diputados absolutistas en las Cortes de Cádiz, cuando firmaron en Valencia el Manifiesto de los Persas para que Fernando VII aboliera las libertades que ellos mismos, a regañadientes, habían contribuido a redactar. Ahora, más de dos siglos después, oímos el mismo grito: desde las declaraciones de los partidos que se dicen constitucionalistas cuando creen más en lo Real que en la realidad de este país de mil leches, hasta los escribas y fariseos del periodismo monegasco, o los medio muertos de hambre que rechazan el ingreso mínimo vital, las subidas del salario mínimo interprofesional o las bajas por reglas chungas, a cambio de que Macarena Olona gobierne en Andalucía o Isabel Díaz Ayuso desgobierne donde guste. Los de por Dios, la patria y el rey, ahora gritan Sálvame de Luxe.

Vuelve, como MCarthur a Filipinas, mientras Felipe VI sigue sin ser definitivamente el rey de España, porque la sombra de su padre le persigue como perseguía el fantasma de Rebeca a Joan Fontaine en aquel legendario título de Alfred Hitchcock

De entre todos esos masocas sin el glamour del cuero negro, no son los peores quienes fueron condes o marqueses por obra y gracia del dictador fascista Francisco Franco: a fin de cuentas, el heroico cazador del oso Mitrofán y de mujeres de bandera desciende tanto de la Guerra de Sucesión o del Estoril de su padre como del palacio de El Pardo, el Camelot particular del matarife que se alzó por la república y terminó acuñando una monarquía personal e intransferible, de sangre azul falange, una particular nobleza de las Jons, con el piscosauer del carlismo y de la tecnocracia del Opus, siempre victorioso por Dios y por España.   

Lo peor, en cambio, fueron y aún parecen serlo, los juancarlistas de izquierdas que por un miedo hasta cierto punto lógico al ruido de sables entronizaron por su cuenta a un rey que inauguró la transición pidiéndole un bizum al Sha de Persia para combatir a socialistas y comunistas que pretendían derrocarle y ganarle las elecciones a su partido de la UCD. Durante décadas, esos neo-monárquicos con la boca chica pregonaban la república en privado, a la manera en que José María Aznar hablaba catalán. En lo público, todo fueron, en cambio, campechanías, parabienes, chistes cómplices, reverencias y besamanos, jijijis jijajas, qué ángel más grande, como cuando ahora responde si los periodistas preguntan si va a dar explicaciones.

El emérito no volvió a su reino con el alma marchita, sino en todo su esplendor bronceado, con su nostalgia de “Bribón”, su camarilla de aduladores, sus ayudas de cámara, sus comisiones nada obreras, su democracia en Abu Dabi, sus intermediaciones, sus multas contra El Jueves, su actitud de safari y de échame un cable, CNI, porque esa rubia se me está poniendo brava.  

Vuelve, como MCarthur a Filipinas, mientras Felipe VI sigue sin ser definitivamente el rey de España, porque la sombra de su padre le persigue como perseguía el fantasma de Rebeca a Joan Fontaine en aquel legendario título de Alfred Hitchcock. Juan Carlos ha regresado a la mansión de Manderley y, como en esa película, su Casa Real puede salir ardiendo. Lo peor, sin embargo, es que cabe que el fuego devore también a la España de las libertades, la de los derechos sociales y los servicios públicos, la de las autonomías y el matrimonio gay, la de la ley del aborto y la del mirabrás de “a mí que me importa que un rey me culpe, si el pueblo es grande y me abona”.

Ganas dan, muchas ganas, de que Riego se presente de nuevo ante las urnas de la historia por la circunscripción de Las Cabezas de San Juan

Cualquier día, de tanto defender la inamovible Constitución del 78, acabarán con ella. Como acabaron con la del 12 o con la del 31, por la vía de la fuerza, dinamitadas por quienes tendrían que haberlas protegido y que prefirieron ser serviles antes que ser coherentes con el espíritu de su letra.

Solo quedarán entonces, de nuevo, pragmáticas reales pero poco verosímiles, encuestas hidalgas, sátrapas de a caballo y combois de a peseta, flagelantes de ocasión, cilicios legales para un pueblo que quiere mortificarse ahora por mor de sus pecados democráticos y, ya que no puede elegir por sufragio universal a Su Alteza, prefiere elegir sus propios grilletes, de la mano de una hueste de bufonas y amazonos, que a cambio de seguir inclinando su genuflexión ante un déspota poco ilustrado, habrá logrado que el pueblo soberano se arrodille ante su caspa y le entregue incluso el Gobierno de una Andalucía cuya desaparición, en el fondo, prometen. Ganas dan, muchas ganas, de que Riego se presente de nuevo ante las urnas de la historia por la circunscripción de Las Cabezas de San Juan. Aunque tampoco sirva de mucho, aunque más temprano que tarde, el péndulo nos traiga otrosí santas alianzas, cien mil hijos de San Luis, herrumbrosas cadenas mediáticas de retraso y barbarie.

Amarrados al duro banco de esta galera burguesa, nosotros y nuestros descendientes, veremos pasar liberales y liberticidas, curas trabucaires, gudaris y requetés, moderados y conservadores, federalistas y defenestrados, monjas alférez y registradores de la propiedad. Y seguirá la misma dinastía, la de siempre, la de esta vieja tribu de cerrado y sacristía, la de por los siglos de los siglos, la de aquellos que creen que el único poder legítimo es el de la sangre o de esa otra aristocracia, la del dinero, cuyo palacio es el Ibex y su Baqueira, el Dow Jones. Esto es Bostwana y nosotros, majestad, seguiremos siendo sus elefantes. 

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