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“La vida aquí no es la que imaginan en África”

Javier Ramajo

Mahmoud tiene 29 años. Con 20, como tantos otros, decidió partir de su pueblo, en Senegal, a miles de kilómetros de Europa, e iniciar una aventura con final incierto. Una vida mejor, como aspiración. El mismo objetivo por el que emprenden cientos de subsaharianos su viaje. Ahora, establecido en Sevilla y formándose en Lucena (Córdoba) para ser carpintero, Mahmoud echa la vista atrás con la mirada en la familia que dejó y los amigos que se quedaron en el camino. Pero también mira hacia adelante “gracias” a las personas que le han ayudado a instalarse en España para forjarse un porvenir diferente al que estaba predestinado, el que nunca podrán vivir muchos de sus parientes o amigos de la niñez que decidieron quedarse o no pudieron salir. Él, consecuente, va más allá y ha querido contar su historia en un libro, publicado en francés, trasladando desde su propia experiencia que la vida en el Viejo Continente no es la misma que imaginan sus compatriotas. “Esto no es como en África creen”. Los espejismos no son del desierto, están más allá del Estrecho, la antesala de los sueños.

Pasó por Costa de Marfil, Mali, Libia, Argelia, Marruecos (la “ruta larga”, dice),...hasta alcanzar la valla de Ceuta. Tres años de tránsito. Era septiembre de 2005, cuando la diáspora subsahariana empujaba y en los informativos de media Europa se relataban los suburbios de París y los atentados de Londres. Mahmoud pudo saltar pero Salif, su mejor amigo de la infancia con el que decidió emprender viaje, se quedó en la penúltima estación. “Estaba en el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) y vi por televisión cómo le subían al avión para deportarle a Senegal”, narra Mahmoud, el tercer hijo de una amplia familia africana. Su pueblo, Temanto, es una aldea de la provincia de Casamance prácticamente incomunicada y muy cercana a la frontera con Guinea-Bissau y Guinea-Conakry, donde la gente vive exclusivamente de trabajar la tierra y vender los productos en los omnipresentes mercados ambulantes. Mahmoud recorría diariamente a pie varios kilómetros para ir al colegio, caminando sobre los arrozales de la zona. “Qué frío”, recuerda con un temblor en el cuerpo.

La “solidaridad” de una pareja sevillana a la que conoció al alcanzar España le llevó a la capital andaluza, donde comenzó a recibir clases de español y a “buscarse la vida” con la orientación de asociaciones como Sevilla Acoge. Su primer empleo fue en la Feria de Abril, montando una caseta, y después trabajó como camarero en un bar de la Alameda de Hércules, también en la capital hispalense. Unos amigos (la palabra que más utiliza Mahmoud) que trabajaban montando muebles en IKEA le sugirieron que se formara en la materia que a él más le motivaba: la carpintería.

Y en ello está. Cumple su tercer año de formación profesional en Lucena en busca de un título oficial “para entrar en el mercado laboral”. Su futuro lo asocia a Sevilla, “seguro”, mientras a su familia, tan lejos pero cerca a través deL teléfono (en un país como Senegal no es infrecuente que los vecinos de cualquier poblado tengan móvil), les dice que “todo sigue siendo complicado” y que sigue “sobreviviendo”. Él no quiere cerrar las puertas a nadie pero, para los que quieran emigrar, “que sepan lo que se van a encontrar y que tengan una idea más clara”. Porque “la vida aquí no es la que imaginan en África”, insiste Mahmoud.

Con ese objetivo,Mahmoud ha servido de testimonio principal para el libro 'Partir et raconter''Partir et raconter' ('Dem ak xabaar', en lenguaje Wolof, uno de los muchos dialectos senegaleses), del escritor y periodista marsellés Bruno Le Dantec. Es lo que quiere trasladar a los subsaharianos que están pensando salir de su país (“Ir y contar” sería la traducción al español). Él ha tenido suerte. No así tantos otros. Como Salif, que intentó cambiar el destino pero que ha continuado con la vida que su lugar de nacimiento le tenía preparada, con su mujer y numerosos hijos en Thiès, más cerca de Dakar, la capital del país.

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