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Por listos

Pedro Sánchez y su jefe de gabinete, Iván Redondo.

El cordón sanitario que PSOE y Unidas Podemos buscaban trazar en torno al elefante verde que habita el hemiciclo no pudo ser. Resulta que el bicho se ha puesto demasiado rechoncho y ya no cabe bajo la alfombra.

Los cordones sanitarios han estado muy de moda este año. Varios de ellos llegaron poco después de anunciarse los resultados electorales a finales de 2018. Fueron los tiempos del “no” de Pedro Sánchez a Podemos y del “jamás” de Albert Rivera a todo el que no tuviera la bandera de España colgada en su balcón. El primero escuchaba a Iván Redondo, su flamante jefe de gabinete, quien señalaba la presunta fortaleza del PSOE en las encuestas; el segundo, como es habitual, sólo se escuchaba a sí mismo, quien tras el reciente hundimiento de su rival a la derecha quería ahora ser más pepista que el PP. El resto es historia. Ahora toca lidiar con las 52 consecuencias de otras elecciones anticipadas.

Pero no es que Redondo y Rivera fueran tontos a la hora de elegir estas estrategias. Después de todo, siempre fueron personas sagaces e inteligentes que supieron ver en los números y las gráficas, jamás en la coherencia ideológica, el camino hacia más escaños. Hombres racionales y atrevidos, similares a los descritos en 'The Best and The Brightest', la obra más conocida (y, muy apropiadamente, todavía sin traducción al español) de David Halbestram, célebre cronista de la guerra de Vietnam.

En su libro, publicado en 1972, Halbestram describe cómo el gabinete del Presidente John Fitzgerald Kennedy —y, tras su asesinato, el de Lyndon B. Johnson—, compuesto por la flor y nata de la élite estadounidense de la época, resultó clave a la hora de sumergir al país en una guerra cuyo número de víctimas mortales oscila entre uno y cuatro millones. Cómo hombres como Robert McNamara, McGeorge Bundy y Walt Rostov, considerados entonces unánimemente como los mejor capacitados para sus cargos, no lograron anticipar las terribles consecuencias de sus decisiones. Ellos no fueron los responsables originales del conflicto (la presencia de Estados Unidos en Vietnam se remontaba a Administraciones pasadas), pero sus acciones lo agrandaron hasta convertirlo en el monstruo que hoy conocemos.

La referencia a “los mejores y los más brillantes” trae consigo una fuerte dosis de ironía. No porque hombres como McNamara —ex presidente de la Ford Motor Company y quien ejerció durante los peores años de la guerra el puesto de Secretario de Defensa— no fueran inteligentes, sino porque sus acciones estaban guiadas en todo momento por una razón estrictamente instrumental. Esgrimían un positivismo rígido, tecnocrático, obsesionado con las cifras y las tendencias, ajeno a la historia del territorio sobre el que arrojaban napalm, al sentir popular, al sufrimiento humano, a todo aquello que no puede trasladarse en números o acompañarse por una unidad de medida. Esta ceguera fue la que los hundió, año a año, con mayor profundidad en el lodo del Mekong.

El monstruo que está creciendo en España y que ya no puede ocultarse en el hemiciclo se alimenta de esta misma razón instrumental. La de personajes que entre ceja y ceja tienen un pactómetro. Aquellos que consideran que el control parcial de un ayuntamiento o una comunidad autónoma bien merece echarle un par de huesos al bicho, o que una probabilidad de ganar escaños es digna de otro llamado a las urnas, aunque eso implique volver a sacarlo de la jaula y que campe a sus anchas.

Esta brillante ceguera de riveras y redondos es de sobra conocida por los que buscan darse un festín con ella. Poco después de la victoria de Donald Trump en las elecciones estadounidenses de 2016, Marc Tracy, reportero de The New York Times, se topó en un aeropuerto con el que había sido su jefe de campaña, Steve Bannon. El ideólogo nacionalista, que hoy en día no para de viajar a Europa para orientar a partidos de corte ultraderechista y xenófobo, llevaba un libro bajo el brazo: 'The Best and The Brightest'. “Estoy haciendo que todo el equipo lo lea”, le indicó al periodista.

Aquí, como allí tres años atrás, los sagaces estrategas ven los resultados electorales y se llevan las manos a la cabeza. De pronto todo son prisas. A pactar rápido esta vez. A darse abrazos. A levantar cordones sanitarios. Yo dejo la política. Yo señalo al otro. ¿Asumir responsabilidad? Eso nadie. Que no se note que la hemos liado parda. ¿Por tontos? Qué va. Por listos.

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Publicado el
3 de diciembre de 2019 - 22:30 h

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