Con la salud no se apuesta
Es bastante probable que conozcas a alguien que haya sufrido una adicción. Quizá incluso tengas cerca a una persona que ha experimentado las consecuencias de un trastorno por juego de apuestas, popularmente conocido como 'ludopatía'. Si es así, está persona habrá lidiado con la rabia y la tristeza, lo cual significa que seguramente habrá experimentado un cuadro sintomático que también conlleva aislamiento o soledad.
Con datos de 2025, la 'Encuesta sobre uso de drogas en Enseñanzas Secundarias en España' (ESTUDES) señala que un 5% de la población entre 14 a 18 años puede llegar a desarrollar juego problemático, lo cual no solo llama la atención por las graves consecuencias que puede causar el juego de azar y quienes lo promueven, sino porque estamos hablando de menores de edad, esto es: población vulnerable que no debería, y legalmente no podría apostar, y que seguro marcará su vida para siempre.
Hoy, 29 de octubre, Día Sin Juegos de Azar, es una oportunidad para hablar de una realidad que va mucho más allá de las pérdidas económicas, que aborda la visión de un problema de salud pública, de una enfermedad que dinamita todos los planos de la vida, convirtiendo los días en aislamiento, válvula de escape e incapacidad de afrontamiento hacia los devenires vitales. El juego de apuestas es una de las adicciones sin sustancia más dañinas, un atentado hacia la salud de quienes la padecen, un tsunami para familiares y amistades que aumenta cada vez más: en Aragón se destinan más de 150 millones de euros al año al juego y las apuestas, y detrás de cada euro, una historia, un dolor en múltiples formatos, la misma cara de la moneda, desde máquinas tragaperras, bingos, compra y venta de activos financieros, apuestas deportivas o las ya popularizadas en el mundo de los videojuego, cajas botín, y detrás de cada cifra otra vida que se fragmenta, siempre a favor de la banca, la única que siempre gana.
En un momento donde lo instantáneo, lo viral y donde hemos cambiado las tardes de infusiones y charlas por los directos en redes sociales o las videollamadas, el sector de las apuestas hace su agosto día a día, luz a luz, estímulo a estímulo y engañifa a través de cientos de mensajes directos a quien necesita engancharse a algo más allá que la realidad de la vida.
A quienes se llenan los bolsillos les viene fetén este giro social, y es que no estamos hablando únicamente de una cuestión individual, volvemos a recalcar que las consecuencias siguen siendo devastadoras hacia la salud social. Como una onda expansiva, el problema puede alcanzar a la pareja, a los hijos, a las amistades y al resto de gente que completan el plano social de cualquier persona. Aparecen las mentiras, la pérdida de confianza, las discusiones, las deudas y en definitiva el sufrimiento emocional, porque quienes padecen una enfermedad como está, una adicción comportamental sufren y hacen sufrir. En ocasiones, las personas cercanas terminan asumiendo las consecuencias económicas y psicológicas de una conducta que no han elegido, que ha llegado tras un largo proceso de caída de la cual es muy difícil recuperarse sin ayuda profesional.
La propia Organización Mundial de la Salud advierte de que los daños relacionados con los juegos de apuestas afectan también a terceros y pueden comprometer la estabilidad económica, las relaciones personales y la salud mental. Por ello es lógico que desde sociedades como SESPAS (Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria) pidan desde lo legal y político hasta lo social, adoptar una perspectiva de salud pública en la regulación del juego de apuestas Porque el impacto no puede medirse únicamente contando a las personas que cumplen criterios diagnósticos, se extrapola de lo puramente académico y clínico.
Sería banal un día reivindicativo de sensibilización como hoy, si realmente no existiera un sufrimiento emocional ligado a las apuestas. La prevención juega pues el papel decisivo para hacer frente a una sociedad que cada vez se gamblifica más para tintar de inofensivo y confundir de accesibilidad con inocuidad.
Vivimos en un contexto en el que estas actividades se han integrado en conversaciones cotidianas, retransmisiones deportivas, plataformas digitales y estrategias publicitarias, en videojuegos, canales de mensajería instantánea y en las prácticas más cotidianas. El acceso es inmediato y, en el entorno online, puede producirse prácticamente a cualquier hora y desde cualquier lugar. La exposición y la normalización merecen una reflexión especial cuando hablamos de adolescentes y jóvenes.
No basta con pedir responsabilidad individual a quien apuesta. La prevención requiere información rigurosa, educación, detección temprana, atención accesible y medidas de protección que reduzcan los riesgos. También exige examinar críticamente las estrategias de comercialización y la disponibilidad de estos productos, y es que sí: de nuevo cabe recalcarse que el producto es nocivo para la salud.
Este 29 de octubre no se trata de señalar a quienes sufren un trastorno, sino a quienes no lo impiden, día de preguntarnos qué estamos haciendo para evitar que más personas lleguen a desarrollarlo y para reducir los daños que ya existen y que evidentemente los responsables tienen el rostro muy largo y la ética muy corta.
Porque un euro, un simple euro, propulsor en muchas ocasiones del inicio de una adicción, no siempre es solamente un euro. Porque una apuesta no afecta necesariamente a una única persona. Y porque detrás de cada cifra puede haber una vida que se deteriora, una familia que sufre y una red de relaciones que intenta sostenerse.
Hablar de juego de apuestas es apelar a la salud, a la prevención y a la responsabilidad colectiva, desde una perspectiva científica, sin trampas ni vendehumos, desde la evidencia científica. No esperemos a que el problema sea visible para empezar a tomarlo en serio: con la salud no se apuesta.
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