Sombreando el futuro
Hacemos por sombrear el futuro, de la misma forma que el más alto de los árboles sombrea la vieja casa donde vivía el abuelo. Aquella casa era de piedra y fue el mismo abuelo quien plantó ese árbol, lo regó, lo cuidó y cuando él se hizo anciano, el árbol, al que tanto había mimado, le quitó la luz y el sol, pero el abuelo fue incapaz de arrancar sus raíces, de cortar sus ramas y lo dejó crecer y creció hasta sombrear su propia existencia y el árbol sobrevivió, y hoy cuando revivo ese rincón de mi paisaje, veo al árbol, inmenso, pero soy tan incapaz como el abuelo de cortar sus raíces o podar sus ramas.
Vivimos permitiendo que sombreen nuestro futuro, porque somos esclavos de nuestros deseos, rehenes de nuestras pasiones y fieles amantes de nuestros desamores.
El abuelo me enseñó muchas cosas, me enseñó cómo callar, cómo escuchar, cómo andar, cómo reír, incluso me dijo de qué forma debía querer y también la manera más exacta de disimular el odio. Me enseñó a calentar la casa, a dibujar los afectos, a soñar, a pensar e incluso a llorar.
Y sin saberlo me enseñó lo más importante. “¿Por qué no mata el abuelo al árbol?”, me lo preguntaba a menudo mientras el abuelo vivía, y encontré la respuesta cuando el abuelo me pidió que le diéramos cobijo bajo aquella sombra. “¿Pero si lo odias?”, le pregunté. “No –me dijo- ¿Cómo has podido pensar eso? ¿Odiar al árbol? Al árbol nunca: odio su sombra, sus inmensas ramas, el crujir de su madera, su forma irrespetuosa de crecer, su lozanía mientras yo envejezco. Odio todo eso, pero al árbol no”.
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