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En un giro de originalidad sin límites, Vox nos llama feministas feas

La princesa de Disney que adora Vox es Cenicienta, aquella mujer que encaja a la perfección en los cánones de belleza patriarcales, y que sólo puede salir de un estado de tiranía gracias a un hombre guapo, rico y con poder, que se encapricha de ella

Malas noticias para Vox: a las feministas, los juicios sobre nuestros físico nos dan la razón, nos elevan y nos cargan de motivos. Los miramos a ustedes desde arriba, y no porque nos creamos en la cima de la moralidad y la ética, sino porque ustedes se arrodillan solos ante nosotras

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"A nuestra princesa de la infancia, que era Cenicienta, la maltrataban su madrastra y hermanastras, que son todas esas feministas feas que les dicen a las mujeres españolas lo que tienen que hacer", gritaba ayer Jorge Buxadé, el candidato de Vox a las elecciones europeas.

La princesa de Disney que adora Vox es Cenicienta, o lo que es lo mismo, una mujer sumisa, con voz dulce y maneras gráciles. Aquella que lava y cocina sin decir nunca, por ejemplo: "no me apetece una mierda". Aquella que encaja a la perfección en los cánones de belleza patriarcales, y que sólo puede salir de un estado de tiranía gracias a un hombre guapo, rico y con poder, que se encapricha de ella.

Para entendernos, Jorge: con tu aspecto, Disney haría un personaje secundario, probablemente un sirviente del villano poderoso de turno. Ese que acaba harto de escobazos cada vez que no tiene éxito en las órdenes que se le dan. Por ejemplo, en La Bella y la Bestia usted sería Le Fou, el esbirro de Gastón.

Quizás no se haya dado cuenta del patrón que sigue Disney, de los físicos normativos que usa para representar a sus protagonistas, o para los malos malísimos, que son aquellos cuerpos más alejados de los cánones establecidos.

Usted, señor Buxadé, no tiene un físico nada normativo, pero eso no le supone ningún problema porque es usted un hombre, y el empoderamiento le viene desde la cuna. A usted, como hombre, nadie le ha machacado nunca para que su físico se acercara al del Príncipe Eric o al príncipe de la Cenicienta, o a John Smith. A usted, el patriarcado le ha enseñado que, como hombre, merece una Ariel, o una Bella, o una Cenicienta: mujeres sumisas, que hacen lo que sea por el amor de un hombre. Aunque sea un hombre como Bestia, que las encierra, las trata mal, las deja sin comer. 

Usted está en contra del feminismo porque están echando por tierra un sistema que le viene al pelo (not pun intended) para seguir ocupando un lugar privilegiado en la sociedad. Porque, ¿ha visto usted a alguna candidata que hable del físico de los hombres? Pues nosotras su discurso sobre nuestros físicos lo hemos escuchado ya muchas veces, por ponerle sólo unos ejemplos que demuestran su falta de originalidad: Bolsonaro le dijo a una diputada de izquierdas que no merecía ser violada porque era muy feaAntonio Burgos también se ha referido a menudo al aspecto de las mujeres que no son de su cuerda ultra, y David Pérez, del Partido Popular, usa métodos semejantes.

Es lógico que usted se crea con el derecho de opinar sobre el físico de una mujer, e incluso de generalizar sobre todas aquellas que ideológicamente están en sus antípodas. Es lógico porque le han hecho creer siempre que usted puede y que nosotras lo merecemos. Incluso cuando no sea verdad, aun cuando una mujer sea físicamente como el patriarcado ordena, usted sabe muy bien que llamarla fea es un as en la manga, una forma de bajarle los humitos, algo con lo que noquearla. A un hombre no se le ocurriría, claro, porque sabe perfectamente que no tendría mucho efecto que digamos. Lo sabe porque es usted hombre. 

Pero le traigo malas noticias: a las feministas, los juicios como el suyo nos dan la razón, nos elevan y nos cargan de motivos. Es usted el ejemplo de lo que denunciamos, otra tuerca más del sistema patriarcal, un tipo más al que miramos desde arriba, y no porque nos creamos en la cima de la moralidad y la ética, sino porque usted se arrodilla solo ante nosotras.

El feminismo enseña a las niñas y a las mujeres que esos tópicos machistas sobre Cenicientas buenas y hermanastras malas, princesas bonitas y solteronas despechadas, no nos representan como mujeres. Ninguna mujer del mundo encaja al 100% en el personaje animado de Cenicienta, ni tampoco en los de Griselda y Anastasia. Dependiendo del día y del ánimo podemos ser tan gráciles como una o tan odiosas como las otras, vernos guapísimas o feísimas. Todas las mujeres somos una mezcla del bien y del mal, de la generosidad y del egoísmo, de la paciencia y de la impaciencia. Es decir, las mujeres somos exactamente igual que los hombres: cambiantes dependiendo del momento, del humor, de lo que nos haya pasado ese día.

Y si usted se siente amenazado por las feministas es precisamente porque son mujeres que no se dejan controlar por hombres como usted ni por discursos como el suyo. El feminismo fortalece a las mujeres independientemente de su físico, y eso, ¿dónde lo dejaría a usted y a sus privilegios?

Parafraseando a Virginia Woolf, los hombres se han mirado históricamente en las mujeres como si fueran espejos que aumentan su valía y su tamaño. Y cuando estos espejos empiezan a rectificarse y dejan de arrojar una imagen del hombre más imponente de lo que es, a señores como usted no les queda más remedio que verse en su tamaño natural, y... cómo asusta esto, ¿verdad?

Pues bienvenido a un mundo lleno de mujeres rectas y firmes, que lo mirarán a usted de frente, de igual a igual; mujeres que al oír sus insultos lo verán más y más pequeño de lo que usted es. Porque la curvatura del espejo está empezando a funcionar a la inversa: ahora somos nosotras las que crecemos cuando nos topamos con espejos como usted, combados y deformados por la misoginia. 

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